Con un matón de patio y bravucón multimillonario, rodeado de una corte de fanáticos, al frente de la primera potencia militar del mundo nada bueno cabía esperar. Así la administración Trump, hoy por hoy, se ha convertido en el mayor peligro para el planeta.
Por el momento Trump I ha secuestrado a un villano como Nicolás Maduro pero, quiérase o no, jefe de estado de un país extranjero violando todos los tratados internacionales habidos y por haber. Para colmo asegurando que el régimen seguirá en pie bajo su estricta tutela, dando un puntapié a la democracia y quedando meridianamente claro que lo único que le importa de Venezuela es el oro negro oculto bajo el lago Maracaibo.
Nada más llegar al despacho oval ya había decidido cambiar el nombre del Golfo de México por el de Golfo de América y había puesto a las claras su interés para que Canadá fuera un estado más de la Unión.
Emplazado en un continuo despropósito ha amenazado de forma reiterada con anexionarse Groenlandia, por las buenas o por las malas, para controlar la rutas del Ártico y de paso quedarse con las enormes riquezas de su subsuelo. Eso mientras la Unión Europea se va a por uvas a pesar de que la gigantesca isla sea territorio de Dinamarca, uno de sus socios.
Y ahora ha embarbascado también a todo el planeta atacando sin venir a cuento a Irán, con la peregrina excusa de las armas de destrucción masiva ¿les suena a algo? Y eso que decía, después de haber bombardeado el país el pasado verano, haber destruido toda posibilidad de que el reino de los ayatolás pudiera fabricar alguna.
Si la cosa no era para echarse a temblar peor lo es ahora que, habiendo metido al mundo en el entuerto, la única justificación que da el tipo –en su caso más que reconocible-, es que era una cuestión de intuición y que así se lo había recomendado su yerno. Sí, el mismo que va haciendo “negocietes”, allá donde Trump I lanza sus amenazas sino militares, arancelarias o ambas cosas a la vez.
Nada de los analistas militares o de la CIA como antaño. Al menos Colin Powell se inventó aquellos dibujos animados con los que imaginaba a Sadam Hussein haciendo pinitos con bombas atómicas. Que ya sabíamos que no era así y que ellos también lo sabían igualmente.
Puestos a elucubrar es más que posible que el que haya convencido al magnate neoyorquino para meterse en semejante lío sea Benjamín Netanyahu, quien en su lógica belicista necesita mantener viva la guerra para sostenerse en el poder a través de la deriva existencialista que genera la misma, máxime estando inmerso en diversas causas ante la justicia israelí y próximas unas elecciones.
Trump I, tan corto de miras como es sobradamente conocido, puesto a ello pudiera imaginar que igualmente le puede ayudar a ganar las elecciones de medio mandato que se le vienen encima a finales de año y que todas las encuestas le muestran desfavorables.
Lo malo, es que la mayor parte de la población estadounidense está en contra de esta guerra, que sabe que no puede ganarla de ningún modo, que ello va a tener un coste añadido para las familias y que, encima, ha puesto en alerta a todos esos «lobos solitarios», dispuestos a sacrificar su vida por Alá, dejando tras de sí un vasto rastro de sangre.
Trump I no puede ganar esta guerra porque, en primer lugar no hay objetivos, más allá de los intereses particulares de su socio israelí, porque la democracia no se conquista a cañonazos y porque, como la historia nos recuerda, este tipo de regímenes como los de Corea del Norte, Arabia Saudí y tantos otros con décadas y décadas de sometimiento al pueblo no tienen una oposición lo suficientemente organizada para ocupar de la noche a la mañana el gobierno.
Ya vimos lo que pasó en Irak donde se entró atropelladamente y a pesar de haberse declarado el final de la guerra a las pocas semanas, esta duró varios años con numerosas facciones enfrentadas entre si y con los soldados norteamericanos hasta acabar dando paso al Estado Islámico.
La única manera de que estos regímenes –hay un cierto acercamiento ahora en Cuba-, abran la puerta a la democracia es «desde dentro». Es decir que surjan nuevos líderes civiles o militares dispuestos a dar el paso. Lo vimos en Portugal y lo vimos en España que, en nuestro caso, la Transición no fue ni de lejos tan modélica como ha pretendido venderse siempre por razones claramente interesadas, pero al menos la sangre –que también se dejó ver-, no corrió a borbotones por calles y plazas.
Así que Trump I o acaba convirtiendo Irán -90 millones de habitantes-, en un solar como ha hecho Netanyahu con Gaza o mandará volver a su ejército a casa con el rabo entre las piernas, como les ocurrió en Vietnam o Afganistán, aunque ello por el contrario de como pasara entonces lo solape ahora entre fanfarronadas y bravatas.
Por último del vergonzoso papel de la Unión Europea en todo esto, pues una vez más ha quedado puesta en evidencia el fracaso de una unión política inexistente –el gran fiasco de sus padres fundadores-, que cada uno de los 27 van a su bola, unos con Trump, otros en contra y los demás como que no les va la cosa, para acabar yendo a ninguna parte.
O sí, como por ejemplo, servir de escarnio a Vladimir Putin ahora que le ha levantado las sanciones su amigo Trump I para que pueda volver a vender su petróleo y su gas allá donde le plazca.