Uno que ya pinta canas desde hace muchos años –bastante tiempo antes que ello se pusiera de moda-, recuerdo cuando en la escuela nos enseñaban aquello de que los españoles habían ido a conquistar, civilizar y recabar para el cristianismo el continente americano y sus salvajes pobladores.
Algo que aquí por tierras extremeñas todavía se clamaba con mayor insistencia ya que entre los protagonistas de cabecera de tales aventuras se encontraban personajes como Hernán Cortés y Francisco Pizarro, el primero natural de Medellín en la provincia de Badajoz y el segundo de la muy distinguida villa de Trujillo en la de Cáceres.
En cierto modo es comprensible que bajo la implacable cerrazón de una dictadura de corte ultranacionalista y casi teocrática como era la del general Franco, en toda lógica, la cosa pasaba por glorificar los sucesos acaecidos a lo largo de la historia de España.
No faltaban por aquella época, manteniendo así el espíritu narrativo, las continuas alusiones a la pérfida Albión, franceses, holandeses y demás especímenes, infaustos adalides de la reforma protestante, que con sus barcos y piratas amancebados asaltaban los barcos españoles cargados de oro y riquezas con destino a la corona española y cuyo fin era sufragar sus continuas guerras en el vecindario europeo.
Con el tiempo y tras el arribo de la democracia nos dimos cuenta que ni los españoles que fueron a hacer las américas eran unos benditos ni que sus rivales en los océanos eran muchos peores que ellos, que al fin y al cabo eso era lo que se llevaba en la época o lo que es lo mismo, como se dice ahora, que todo ello formaba parte del mismo contexto histórico.
Que también hubo gente maja y claro que las hubo, en todas partes, católicos y protestantes, y hasta entre los nativos, por mucho que ahora se les eche en cara desde algún púlpito sus rituales y sacrificios, porque eso igualmente formaba parte de su cultura y tradiciones; del mismo modo que puestos a decir, también podríamos hacer correr ríos de tinta a costa de los crímenes y aberraciones de eso que la historia recuerda como «Santa Inquisición».
Pero la realidad es que al cabo de los siglos la mayor parte de las potencias occidentales y hasta el propio Vaticano, de una manera u otra, han perdido perdón por los innumerables abusos que se produjeron por aquellas tierras en el ánimo de asumir con naturalidad la realidad histórica de los acontecimientos.
Francamente, me importa un bledo que las palabras salidas de Felipe VI por las que reconocía la existencia de tales abusos por parte de la corona española y sus enviados fueran de motu proprio o previo acuerdo con el gobierno, pero lo que sí debería preocuparnos es ese empecinamiento en la parte más reaccionaria de la sociedad por poner por ello el grito en el cielo, negar la evidencia y seguir, erre que erre, con el desafortunado relato de que los españoles fueron a América a llevar la cultura, la paz, la libertad y unos derechos humanos que, por aquellos entonces, brillaban por su ausencia en todas partes.
No estaría de más, como han hecho el resto de monarquías y jefes de estado implicados en aquellos acontecimientos, de la misma manera que se ha venido haciendo durante tanto tiempo con los aciertos, reconocer también los errores habidos durante esa época.
Sería el momento entonces de pasar página al asunto, mejor ahora que las hordas nacionalistas vuelven otra vez a rugir con estrépito como si la historia, del mismo modo, no diera buena cuenta de los terribles perjuicios que estas han causado a la humanidad desde el principio de los tiempos.
Por último, no nos vendría mal tampoco recordar que el objetivo de Cristóbal Colón, en su travesía hacia el oeste, lo único que pretendía era acortar las rutas comerciales hasta el lejano oriente y en ningún caso velar por la ética y moral de cuantos se topara a su paso. Y en eso, más de 500 años después, tampoco hemos cambiado tanto.