Sea por el interés personal de Marco Rubio, hijo de inmigrantes cubanos y uno de los principales lacayos de Trump I, sea por el del archimillonario y vehemente inquilino de la Casa Blanca para regar con sus resorts la isla caribeña, la realidad es que el régimen cubano parece estar dando sus últimos coletazos.
Un régimen que se ha perpetuado durante más de 67 años, desde enero de 1959 cuando Fidel Castro entró en La Habana derrocando la brutal dictadura de Fulgencio Batista. Éste había alcanzado el poder tras el golpe de estado de 1952 con el auspicio de los EE.UU. como fue la práctica habitual de los gobiernos norteamericanos durante todo el s. XX y que ahora regresa de la mano de Trump I.
Lo cierto que, en un principio, Castro no se definía comunista tras su entrada en La Habana, se había comprometido con un gobierno civil y la convocatoria de elecciones en el plazo de un año e incluso viajó a EE.UU. donde se entrevistó con el entonces vicepresidente Richard Nixon.
Pero pasaron los plazos, Cuba no celebró elecciones, el nuevo régimen empezó actuar sobre la propiedad privada y los intereses estadounidenses en la isla sobre la que habían intentado ejercer el control desde la salida de los españoles a finales del s. XIX. Lo que no gustó al presidente Eisenhower.
A partir de ahí las relaciones fueron deteriorándose, con numerosos incidentes de por medio, hasta que en octubre de 1960 Eisenhower prohibió las exportaciones a Cuba y apenas 6 meses más tarde, ya durante la presidencia de John F. Kennedy, 1.500 emigrados cubanos, con la colaboración y los pertrechos facilitados por la CIA, fracasaron de manera estrepitosa en su intento de ocupar la isla y derrocar a Castro en la bahía de Cochinos.
Consecuencia del bloqueo y la ruptura con su poderoso vecino, Fidel Castro se echó en manos de la Unión Soviética en el momento más álgido de la Guerra Fría y desde el episodio de la Crisis de los Misiles de octubre de 1962, a pesar de algunos tímidos intentos en todo este tiempo para recuperar las relaciones, un inusitado embargo de los EE.UU. se ha cebado desde entonces con Cuba.
A pesar de eso las relaciones con Cuba del resto del mundo han sido siempre bastante recurrentes. De hecho la isla es conocida mundialmente por su producción de caña de azúcar, ron y tabaco que, salvo a los EE.UU., ha exportado regularmente a cualquier otra parte.
Así como sus logrados avances en campos como la educación o la medicina.
España, a pesar de la dictadura franquista, nunca rompió sus relaciones con Cuba. El propio Fidel Castro visito Galicia en 1992 invitado por Manuel Fraga presidente de la Xunta, en las antípodas de su pensamiento político, devolviendo la visita del gallego que había estado un año antes en la isla.
Además de que, durante todo este tiempo las playas de Varadero han sido destino habitual para buena parte de turistas españoles y de todo el mundo.
No sabremos nunca cual hubiera sido la actitud y el devenir de Fidel Castro de no haberse dado de bruces con la administración norteamericana y no es menos cierto que el bloqueo impuesto a la isla por EE.UU. ha causado gravísimos perjuicios al pueblo cubano de una manera absolutamente injustificada.
Pero tampoco lo es que el régimen castrista se ha negado siempre a abrir las puertas a la democracia y con ello a la voluntad popular y ha acabado encerrado en sí mismo en una vorágine auto destructiva que ha perjudicado de manera más que sensible a los habitantes de la isla.
Tampoco puede decirse que el régimen haya sido especialmente sanguinario, a tenor de los pocos datos existentes como suele ocurrir en todos estos casos, pero todos los organismos internacionales lo sitúan muy por debajo de casos como el de la citada dictadura franquista o de actuales regímenes como el de los ayatolás o el de la dinastía wahabita que rige Arabia Saudí.
Pero, en cualquier caso, eso no le exime de sus numerosos abusos y crímenes cometidos durante décadas.
Ahora, con el regreso del imperialismo y la doctrina Monroe por obra y gracia de Trump I, ha vuelto la política «del patio trasero», por la que los EE.UU. se erigen en dueño y señor de lo que llama «hemisferio occidental», es decir el continente americano.
De este modo, su iracunda vehemencia le ha llevado a asaltar Venezuela, con la peregrina excusa en un primer momento del narcotráfico, para admitir después que su único interés es que el régimen se mantenga en pos de los beneficios que puedan depararle sus yacimientos petroleros.
Ha manifestado su deseo de que Canadá forme parte de la Unión, ha intervenido en las elecciones argentinas de manera directa, amenazado a Colombia, México y Nicaragua y se ha prodigado en repetir una y otra vez su intención de anexionarse Groenlandia aunque sea por las bravas.
Cuba no viene a ser más que un trofeo más –recurrente del mismo modo tras su calamitosa incursión en Irán-, mientras somete a la isla y sus pobladores a un infierno tras verse cortado los suministros de combustible que le llegaban desde Venezuela y México, en este último caso por el temor de Claudia Sheinbaum a verse sometida por la fuerza por su vecino al norte de Río Grande.
No sabemos a ciencia cierta cuales son las pretensiones del emperador por cuanto, en su verborrea habitual, puede decir una cosa y la contraria a la vez en un mismo discurso. Pero ya ha dejado caer también que puede que mantenga el régimen castrista pero, como en el caso de Venezuela, tutelado por él mismo.
Aunque por el contrario a un golpe de efecto como el del secuestro de Nicolás Maduro, mediante la asfixia al pueblo cubano.
No estaría de más que el régimen, en un último favor al pueblo cubano que tanto tiene que reprocharle tras casi siete décadas de dictadura, en medio de tantas carencias y sometido ahora al enseñamiento de Trump I, fuera capaz de ceder a la libertad y la democracia antes que caer por la fuerza a la ira del mismo y quedar al pueblo a merced de sus delirios.