
Así comparó en su día Felipe González a los expresidentes del gobierno, como esos jarrones chinos que nadie sabe dónde ponerlos pero nadie se atreve a tirarlos.
Figuras con cierto valor histórico pero, más allá de rememorar sus anécdotas y batallas, mejor que estén calladitos porque su tiempo político pasó y todos ellos tienen sus luces y sus sombras.
Nunca he pretendido con estas misivas ser equidistante pero he de reconocer que quizá peque en exceso de subjetividad cuando el motivo de esta sea Felipe González. A buen seguro porque, como les pasó a otros muchos, es difícil imaginar el grado de decepción que nos proporcionó el personaje y como se valió de nuestra ingenuidad durante más de una década.
Más incluso que el mismísimo Juan Carlos I, con todas sus correrías incluidas, ya que al fin y al cabo uno nunca fue monárquico y eso, quiérase o no puede servir de eximente para el caso.
No recuerdo con exactitud, después de tantos años, si fue la última o la penúltima ocasión que Felipe González presentó su candidatura a presidente cuando decidí no volver a votar a su partido harto de tanta patraña.
Dicen de él que está poseído de una inteligencia extraordinaria y la verdad que no es para menos habiendo enarbolado durante tantos años la bandera de los socialistas y los obreros a la vez que privatizaba empresas públicas en sectores fundamentales, mantenía el denigrante modelo laboral español de siempre, ponía en un brete las pensiones y, en definitiva, introducía en España el neoliberalismo mientras mandaba a hacer puñetas la socialdemocracia.
Como Tony Blair otro alumno aventajado del Tatcherismo cuyas demoledoras consecuencias estamos pagando ahora y que incluso ha provocado la reaparición de un nuevo modelo de fascismo 2.0 que tiene en vilo a todo occidente.
Poco pueden sorprender ya las declaraciones del que en su día respondiera al alias de Isidoro hasta que cayera en desgracia para un electorado cansado de ver como una legislatura tras otra le daba la vuelta a su programa en detrimento de las clases trabajadoras, a mayor beneficio de las élites y que hace ya tiempo anda más cerca de las tesis conservadoras que ni tan siquiera de las socioliberales con las que acabo descolgando de la bandera del partido la mitad de sus siglas.
Sí que es cierto que Felipe González durante su largo ejercicio de presidente representó un antes y un después para España, sobre todo en el aspecto transformador por cuanto resultó de un país con un evidente atraso secular a quedar integrado en la modernidad y en la esfera internacional.
Pero también él mismo, autodenominándose como un dios, acabó atesorando para si el mayor poder conocido en la historia del partido socialista dando luz al felipismo, a la vez que a duras penas pudo sacudirse de todos los casos de corrupción que pulularon a su alrededor. Como del chapucero terrorismo de estado que se libró durante su mandato hasta acabar finalmente en un flamante consejo de administración tras su periplo en La Moncloa; por lo que, francamente, debería importarnos poco o nada a estas alturas del metraje a quién vota el tipo o a quién no.
No estaría de más obviar de una vez a semejante celebridad de los platós y si la derecha política que tanto lo vapuleó en su día, corría el año 1994 cuando aquel primer ¡váyase señor González!, quiere ahora usarlo de altavoz allá con dios, que él sabrá cómo quiere poner fin a su propia leyenda.
Aunque después de ver a Ramón Tamames, un histórico del PCE, en la prédica de la moción de censura de Vox poco puede sorprendernos en definitiva de los que un día se hicieron presentar como referentes de la política, el estado y la democracia.
« (…) Durante los años noventa, los españoles dedicaban el sesenta por cien de su sueldo a hacer frente a unas hipotecas que multiplicaban por siete los intereses de las actuales, la sanidad no ofrecía ni de lejos una prestación universal accesible en todo el territorio, el desempleo alcanzaba la cota del 24,5% en 1994 y los salarios dejaron de crecer en términos reales para iniciar una larga serie de incrementos puramente nominales. Un modelo basado en fabricar o construir barato, vender caro y salir corriendo con las ganancias (…) ».
Antón Losada (1966- ), Escritor y analista político, en CTXT el 18/10/2024.