Hemos vuelto a verlo tras las tragedias ferroviarias de estos últimos días, sembrar el caos es el objetivo de Vox. Uno de los paradigmas de aquellos que quieren derribar el sistema establecido en general y, en estos tiempos que corren, de la extrema derecha en particular.
La táctica es sencilla, apoyándose en medias mentiras y medias verdades, con un uso multitudinario de las redes sociales, valiéndose de la exaltada oratoria de sus líderes y demás cómplices e inundando los juzgados a base de querellas, aunque la mayoría de ellas no vayan a ninguna parte por infundadas, llegar al mayor número de personas posibles.
En el caso de una catástrofe natural o una tragedia sobrevenida de cualquier tipo, poniendo en solfa la administración pública haciéndola culpable de cualquier suceso sin tan siquiera esperar al veredicto de quienes corresponda y haciendo saltar por los aires el más mínimo atisbo de respeto a las propias víctimas para, valiéndose de su dolor, predisponerlas contra las instituciones.
Todo ello acompañado de mucho ruido, la manipulación constante de la realidad pasada y presente y de una prolífica amalgama de insultos con los que seducir a sus seguidores. La verdad no importa por muchas pruebas que se presenten, solo vale la suya, la que por cierto no es preciso avalar porque son los demás los que siempre mienten.
Más aún con las oportunidades que brinda la Inteligencia Artificial y las opciones que permiten los algoritmos.
Aunque corregido el contexto, nada nuevo que la historia no nos haya mostrado desde la profundidad de los tiempos y, más recientemente, en los prolegómenos de la II Guerra Mundial tras la irrupción de los diferentes tipos de fascismo y sus nuevos métodos de propaganda a lo largo y ancho del continente europeo.
Sin duda podríamos establecer numerosos paralelismos con todo lo ocurrido en la década de los años 20 y 30 del siglo pasado y los acontecimientos que se están desarrollando en esta ocasión a ambos lados del Atlántico.
Solo hay que ver el modus operandi del ICE, esa especie de fuerza pseudopolicial que se ha multiplicado tanto en presupuesto como en número de efectivos –probablemente buena parte de los miembros de las numerosas fuerzas paramilitares de carácter fascista existentes en EE.UU.-, que se han convertido en la guardia pretoriana de Trump I y que vienen haciendo un papel muy similar al que desempeñaban las antiguas SA –camisas pardas-, vinculadas al NSDAP de Adolf Hitler.
En EE.UU., Europa o España resulta extremadamente difícil poner coto a tanto disparate debido a la velocidad que se multiplica, su carácter cada vez más multitudinario y el grado de desafección hacia la política que ha generado en la ciudadanía el espectacular aumento de los desequilibrios en las últimas décadas causados por el modelo neoliberal.
Sin duda, el principal caldo de cultivo para una corriente que aboca a millones de personas a dejarse ensimismar por los modos y maneras de unos movimientos que proponen respuestas simples a problemas extraordinariamente complejos, que han encontrado ahora en los más débiles su chivo expiatorio y que, en definitiva, dicen a muchos ciudadanos lo que quieren oír.
Algo que la política clásica, tanto en la izquierda como en la derecha, no es capaz de ver. La gente se ha cansado de votar a los de siempre porque nada cambia, todo sigue igual y va cada vez peor para la mayoría.
Son ahora las élites, aprovechando tal grado de aversión a la política, las mismas a las que tanto se les critica, las que estén promoviendo el caos -esta vez de arriba abajo y no de abajo arriba-, mediante un extraordinario aparato de propaganda, porque ese modelo de democracia iliberal que proponen les beneficia. No hay leyes, no hay reglas, no hay límites para consolidar su poder.
Una trampa en la que es fácil caer cuando se vislumbra de manera explícita como la riqueza generada entre todos va a caer cada vez en menos manos ante la impasividad de los políticos de siempre.
La historia nos cuenta que sus propuestas basadas en purgas y un nacionalismo a ultranza han resultados nefastas para la humanidad, especialmente para millones de inocentes, pero mientras la política no sea capaz de mejorar el bienestar de la gente el ruido será cada vez más ensordecedor y el odio generado por el mismo conducirá ineludiblemente al colapso de la sociedad.
Resultarán entonces entre muchos de sus numerosos damnificados los mismos que se han dejado persuadir por la insidia de quienes les indujeron a liquidar el estado del bienestar que otrora, con sus defectos y virtudes, se construyó para protegerles. Pero ya será demasiado tarde.