El final de la II Guerra Mundial supuso la consagración de los EE.UU. como primera potencia mundial. Poco antes del final de la guerra en los Acuerdos de Bretton Woods se estipulo el dólar como moneda de referencia y el inglés se acabaría consolidando más tarde como lengua universal.
Por su parte, a una Europa casi completamente destruida en muchas de sus infraestructuras y con decenas de millones de víctimas, algo de lo que habían salido indemne los EE.UU. en las dos guerras mundiales más allá de los soldados caídos en el frente, le quedaba una colosal tarea de reconstrucción por delante.
Fue el interés mutuo en el primer momento, la necesidad de recurrir a la ayuda del aliado norteamericano por parte europea y por parte estadounidense su consolidación como primera potencia mundial y su influencia entre las vetustas naciones europeas, lo que acabaría marcando las décadas siguientes.
El desarrollo de la Guerra Fría, sobre todo a partir de la década de los 50 con la constitución de la OTAN y el Pacto de Varsovia, en un momento donde el occidente europeo todavía se hallaba en fase de reconstrucción, vino a aumentar esa dependencia de los EE.UU., más allá de lo económico, en el aspecto militar.
La firma del Tratado de Roma en 1957, el embrión de lo que más tarde se acabaría convirtiendo en la Unión Europea, si bien constituiría un extraordinario empuje para el desarrollo de las democracias europeas tanto en lo social como en lo económico, partía con la falta de una unión política que hubiese facilitado la toma de decisiones lo que no ha conseguido fraguarse desde entonces.
Una Unión Europea ensimismada por la sinfonía neoliberal durante el fin de la Guerra Fría tras la caída del Muro de Berlín en 1989, no supo leer la llegada de otro tiempo manteniéndose sumisa bajo la cobertura militar del gigante norteamericano y al albor de los devaneos de la nueva economía financiera dirigida desde los EE.UU. y su inestimable colaborador en Europa, la City londinense.
Y así se ha mantenido a pesar de todas las repercusiones de los cantos de sirena neoliberales, generando una crisis tras otra a partir de la llegada del segundo milenio, que han acabado poniendo en jaque el estado del bienestar dado desde el final de la guerra, precisamente, para evitar que pudieran darse las condiciones que dieron lugar a la misma.
La Unión Europea ha sido incapaz, ni siquiera se lo ha propuesto cegada por un modelo económico que ha resultado devastador, de emanciparse del amigo americano. Ni siquiera su milenaria historia ha servido para consolidar un proyecto europeo común que en virtud a sus numerosas posibilidades la hubiera situado como primerísima potencial mundial de hecho y de derecho.
El escenario
“Sí, hay una cosa, mi propia moralidad, mi propia mente. Es lo único que puede detenerme (…) No necesito el derecho internacional”.
(Respuesta de Donald Trump en una entrevista concedida a The New York Times el pasado 7 de enero a la pregunta sobre los límites a sus poderes globales)
Ha sido la irrupción en escena de un cretino narcisista y multimillonario como Donald Trump, erigido en líder indiscutible de una ola reaccionaria fruto del enloquecido modelo económico de las últimas décadas, lo que ahora pone contra las cuerdas el proyecto europeo una vez así lo ha confirmado el magnate neoyorquino en sus arengas, como si de un nuevo Hitler se tratara, y a través de sus furibundos planes expansionistas.
Europa, a pesar de las numerosas advertencias tras la primera presidencia de Trump, ha sido incapaz de preparar un plan de contingencia con el que hacer frente a un energúmeno como este al frente de su más poderoso aliado.
Ahora, cuando ni siquiera es capaz de poner coto a esa citada ola reaccionaria que está devolviendo al continente europeo a sus momentos más oscuros, se enfrenta al presidente norteamericano, convertido ya en Trump I y auto proclamado rey, dispuesto a apropiarse de la isla danesa de Groenlandia, de todo aquel territorio que interese en lo que él mismo considere su esfera de influencia y pasándose por el forro todas las leyes y normas dadas por la comunidad internacional.
Por las buenas o por las malas, afirma sin rubor, y si algo hay que agradecerle al personaje es que no engaña, avisa de todas sus intenciones y lo cumple. Y lo lleva haciendo desde que perdió las elecciones con Joe Biden, tras su regreso al despacho oval o en la presentación de su reciente “Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos”.
Y de lo que no, muy torpe había que ser para no darse cuenta que el formidable despliegue naval de los EE.UU. frente a las costas de Venezuela, iba mucho más allá de hundir unas presuntas narcolanchas.
El reto

A fuerza de ser realistas resulta imposible un enfrentamiento militar con la primera potencia militar del mundo, máxime en un territorio como Groenlandia a miles de kilómetros de distancia del epicentro europeo, si EE.UU. decide tomar la isla por la fuerza.
Pero la sola amenaza representa el momento para la mayoría de edad de los herederos del Tratado de Roma y emanciparse del viejo amigo americano en tanto en cuanto ha expresado su desprecio por la Unión Europea y ha avisado de su objetivo para destruir la misma.
Trump I insiste una y otra vez que la Unión Europea se creó para perjudicar a los EE.UU. y por eso recalca en su estrategia que necesita alimentar a los partidos ultra nacionalistas de extrema derecha, a los que llama patrióticos, que promueven la desaparición de la misma.
Pero no solo por una cuestión ideológica o cultural sino porque para los intereses norteamericanos es mucho más fácil imponer sus condiciones a cada país por separado que a una entidad superior que los agrupe.
Las instituciones europeas tienen la obligación de ser contundentes de una vez por todas con sus principios fundacionales y poner en su sitio a los que intenten violentar los mismos, tanto por el este como desde el oeste. Tan fácil y tan difícil cómo eso por cuanto sus enemigos, también en el interior de la misma, se multiplican. Una vez más, consecuencia de la inacción de esas mismas instituciones en beneficio del conjunto de la ciudadanía.
La Unión Europea tiene ante sí el mayor desafío político, militar, económico y social desde su constitución. Y si no es capaz de hacer frente a ello tiene los días contados como organización, dejando todo un grupo de países a la deriva supeditados a las inclemencias de un nuevo depredador universal como no ha conocido el mundo desde la caída del régimen nazi.
Hoy ha sido Venezuela por sus reservas petroleras, Groenlandia va de camino por sus tierras raras y su acceso a las vías árticas. Si Europa se pliega en virtud a unas ya conocidas fatídicas políticas de apaciguamiento, quién puede poner en duda que más tarde podría caer Islandia por su situación estratégica como puede ocurrirle a las Açores o las mismísimas Canarias para convertir estas en el resort privado del magnate y sus fanáticos acólitos.
