Un silencio que es hablar sin fin: anotaciones sobre Jabès

La escritura de Jabès es un desanudado de cualquier tipo de género literario, surgida de una posición siempre complicada: la del Éxodo mismo.

El Libro de las Preguntas es el comienzo de ese intento por escribir un libro irrealizable para siempre. Tal comienzo se posiciona como la inauguración de un diálogo con los libros venideros, que son un acontecimiento, en tanto que libros de exilio, no sólo por la condición de su génesis – que, sin embargo, parece favorable al desarrollo de su estilo fragmentado, quebrado– sino también por su falta de pertenencia a la literatura conocida hasta ahora.

Porque a partir de la experiencia de la no pertenencia se manifiesta la escritura no simbólica de Jabès, en toda su desnudez, en toda su belleza. Esta escritura tiene lugar, pero no tiene lugar. El libro es más bien una forma en la que aparece la escritura en constante movimiento. Por eso tiene siempre una dimensión de futuro, aunque el futuro sólo pueda captarse como deseo inagotable. El camino que tomarán las obras es impredecible y cada lector les dará una nueva dirección. La modificación de la perspectiva del lector es la exigencia de los textos jabesianos y estos lo expresan por su constante cuestionamiento de lo obvio. Así, en el encuentro con el texto, se descubre, se crea un camino que nunca es el mismo. Tampoco nosotros podemos seguir siendo los mismos leyendo el texto. Nos exiliamos para adoptar otro punto de vista.

Con los ecos de un Esquilo, para quien el enigma se revela a quien sabe reservar el silencio dentro de la palabra, Jabès declara: no hay palabra que no surja del silencio.[1]JABÈS, Edmond. 2005. «1977. Respuesta a una encuesta de Nouvelles Littéraires», en El libro de los márgenes II. Bajo la doble dependencia de lo dicho. Madrid: Arena Libros, p. 41

De repente, la duda. ¿No deberíamos, acaso, guardar necesarios silencios en lugar de escribir sobre el silencio de Jabès? Esto habría sido escapar, quizá, al riesgo de traicionar su pensamiento; peor aún, de traicionar su silencio dejando que se establezca, como le ocurre al jardinero de Giraudoux, un mutismo que es la manifestación preferida de los dioses.

Sin embargo, nada queda más lejos de su perspectiva que un silencio «consagrado», sea a la contemplación muda de lo inefable -cantado de forma abundante por los románticos y hasta por cualquiera de nosotros, como habladores enemigos del lenguaje-, o bien a la presentación «realista» de objetos por medio de esta palabra articulada de una antigua ausencia de palabra, un lenguaje de piedra que sería fundamentalmente silencio.

Este sería un silencio pesado, todo de oro, rico y poblado de presencias inhumanas, una elocuente calma de museo, que ya no es posible.

El silencio del exilio es (un) otro. Jabès reclama: no hay palabra que no surja del silencio. No para alguien a quien todavía resuenan los ecos del derrumbe. Quien es siempre hijo del exilio, del reino de los desiertos sin esfinges, al no estar debilitado por el hábito, sino más bien reforzado por el dolor del cambio, esta otra mirada puede hacerle ver lo nuevo.

El silencio es la única forma en la que puede evitarse el olvido, con objeto de anular la condición misma del exilio, que requiere, per se, del uso de la memoria. Por lo tanto, las huellas del pasado serán tan importantes como la puesta en marcha, en camino, siempre que nunca se instalen definitivamente ni en un lugar ni en una identidad. En esto reside la mera posibilidad de adaptarse de manera diferenciada a la situación existencial del desplazamiento. Así lo expresa Blanchot: «El extrañamiento no sólo es la pérdida del país, sino una manera más auténtica de residir, de habitar sin hábito. El destierro es una nueva relación con el Afuera »[2]BLANCHOT, Maurice. 1993. El diálogo inconcluso. Caracas: Monte Ávila Editores, p. 482 (las cursivas son nuestras).

La palabra de Jabès es la de un fervoroso silencio, un silencio que pasa a ser del Otro, de un oyente, alguien que se limita a oír. Conciliando diversos silencios, más reservados o más concisos, en su escritura suele medirse cada vocablo, pesarse las letras, se piensan los huecos de un texto que, muy sucintamente, vuelve una y otra vez sobre el tema o el temor del extranjero, como ecos que retumban sobre fosas o huesos.

Lo cierto es que, para Jabès, existe un silencio entre todos los silencios, que se expresa o representa en el lenguaje.

El silencio ya es el Otro del lenguaje, un tragaluz en el discurso, abierto a aquello que trasciende y por donde se disipan los significados que son, a la sazón, inminentes a la palabra.

Cuanto más está el hombre en relación con el lenguaje, más lejos estamos, análogamente, de él. No es que nuestros pensamientos se nutran del silencio como de una fuente ajena a ellos, sino que el silencio es un modo de pensarlo todo.

Es hablar todavía, lo que equivale a decir que la palabra «silencio» significa lo contrario de lo que designa y que el lenguaje pierde todo tiene sentido en el mismo momento en que se revela sin salida. No es un sistema de signos relativos entre sí, un álgebra -como atestigua el círculo vicioso de todo diccionario — sino que, en otras palabras, no remite a nada más.

Si no hay un sin sentido del sentido y si el lenguaje no tiene razón, entonces la totalidad de nuestras palabras no es una palabra en sí misma, apenas sólo –o nada menos que- un silencio. Como la nada heideggeriana abraza universalmente todas las cosas en un leichtem Umfangen, en un abrazo ligero, sin peso, según el verso de Hölderlin[3]HÖLDERLIN, Friedrich. 1986. Obra poética completa (tomo II). Barcelona: Ediciones 29, p. 74, o como el «día» de Heráclito -condición, al mismo tiempo que negación, de todo lo que mantiene una opacidad para iluminar-, el silencio sostiene y sumerge el lenguaje, que lo refleja como su condición originaria: es en el silencio donde brota, del misterio, a plena luz de la palabra y del sentido.

Por supuesto, este silencio, cuyas palabras hacen resonar el hueco —en la medida en que cada palabra de una lengua, como ha demostrado Saussure, es la negación de todas las otras palabras y por lo tanto designa la totalidad de la lengua— es lo contrario del mutismo. Aquel que, como dirá Parain, en ninguna parte se alcanza. Está más allá de nosotros. El lenguaje no es más que el razonamiento que lleva a él.

Sin duda, los grandes escritores –y Jabès está dentro de ellos- se acercan a este silencio, creando un lenguaje del que se pueden totalizar las palabras (en este sentido, e igual que se habla de la lengua de Platón o de Shakespeare, puede hablarse de la lengua-Jabès), cuya totalización nunca se completará, ya que sólo puede hacerse mediante palabras. El lenguaje de Jabès es el umbral del silencio inaccesible, empero, cercano de sí mismo en el momento de hablar; es el lenguaje que permanece al otro lado de ese umbral prohibido, un paso por delante, en este reverso silencioso de la palabra.

Blanchot coloca a Jabès en el lugar de una escritura consagrada al silencio, en una suerte de mutismo que evitaría la banalidad de hablar. En silencio, la referencia vuelve a desaparecer. Lo hace entre un nombre oculto, entre nombres de varias letras y de n letras, entre lo innumerable, lo innombrable, como una letra que asume la negación que las cifras no alcanzan a especificar.

«Digo: ¡una flor! y, más allá del olvido en que mi voz relega todo contorno, como algo distinto a los consabidos cálices, asciende musicalmente, también suave idea, la ausente de todos los ramos»[4]MALLARMÉ, Stéphane. 1945. Œuvres complètes. Mondor, Henri y G. Jean-Aubry (eds.). Paris: Gallimard, p. 857. Mallarmé nos exige su atención. Y su eco nos recuerda que la literatura –en especial, la que viene de un Éxodo- no se sacia de conceptos: lo que ella quiere asir en su red de imágenes es la existencia misma, que está destruida. Digo: una flor, y es en su ausencia donde la cito, al fondo de esta palabra gravosa, surgiendo como una cosa desconocida. Así que este poder de tomar el lugar de la existencia destruida –el poder de representación de las palabras-, si se aparta de la cosa, por un momento, la recuerda por la pretensión de la palabra a una significación; de ahí la carestía de una segunda palabra para alejar la primera y mantener la ausencia. El exilio es la condición de la poesía y el poema, nos dirá Blanchot, «la ausencia de respuesta»[5]BLANCHOT, Maurice. 1995. L’espace littéraire. Paris: Gallimard, p. 332.

El escritor soñará, por lo tanto, con eliminar cualquier punto de apoyo para su libro y constituir, mediante la compleción de su lenguaje, una pura ausencia: la ausencia incluso de este lenguaje.

El silencio de Jabès se encuentra, al parecer, aquí. Francisco Jarauta nos advierte de que sólo desde el silencio es posible la cifra de la escritura, esa forma detenida del preguntar[6]JARAUTA, Francisco. «Prólogo», en JABÈS, Edmond. 2006. El  libro de las preguntas. Madrid: Siruela, p. 16. Así pues, un silencio que no es callar, sino que es hablar sin fin.

Es que no se puede hablar sin fin, cuando sin embargo cada palabra, pretendiendo el sentido, reclama el futuro de otra palabra.

El silencio no es sólo el horizonte de esta promesa indefinida de ausencia que es el lenguaje; es también, a buen seguro, un silencio de muerte, una certeza absoluta para cada sujeto que habla y para la humanidad misma. La interrupción fatal del lenguaje, en definitiva, que precipita sobre una existencia de cosa-en-sí a cada una de nuestras palabras.

Este silencio es también la liberación que de las restricciones formales experimentan las palabras: el desarraigo de la escritura se convierte en su propia conditio sine qua non.

Así que la obra no sólo refleja la experiencia personal de Jabès, que se había visto obligado a abandonar su país natal, sino también el estado de ánimo del individuo moderno. Es el terreno que recorre el nómada, el ausente sin nombre. En Jabès, todo se conforma en torno a la relación que existe entre el errante en el desierto y la mano estremecida sobre la página en blanco.

Del mismo modo, el aspecto visual de la escritura del texto jabesiano refleja lo errante del nómada que no puede instalarse en ninguna parte, porque su morada, su única manera de vivir, es el camino. Por esta razón, sube y desmonta su tienda sin echar nunca raíces. El nomadismo de las palabras de la escritura va de la mano con el del hombre. El silencio es, y sólo así, la escritura del nómada. Oímos a Mujica: «El desierto, paisaje del vacío […] página en blanco. Ese silencio. Esa posibilidad»[7]MUJICA, Hugo. 2014. El saber del no saberse. Madrid: Trotta, p. 127 (las cursivas son nuestras).

«No hay palabra que no surja del silencio», escribe Jabès. Esta literatura fragmentada es sólo un (el) intento de rodear a lo indecible de una manera dinámica, con un abrazo ligero.

Al contrario que Adorno, por ejemplo, que esperaba lograr una ganancia objetiva de conocimiento por la configuración de los términos, en Jabès el núcleo objetivo de la negatividad sólo se ve afirmado en su existencia sin ser decodificado. 

Por esta razón, leemos metáforas del desierto en lugar de conceptos, ya que las primeras pueden ampliarse de manera configurativa. Como contrapartida secular de la ausencia de Dios, el desierto que una vez fue mar, no sólo es la nada de su estructura, sino también la deconstrucción de la metafísica. El silencio es la metáfora jabesiana de la negación de lo finito, ya que sugiere la ausencia en lugar de la semejanza: la metáfora «no evoca, sino que hace desaparecer, se vacía de su función tradicional para no ser más que una semejanza en el vacío, en la nada. Dicho silencio aparece, pues, como el alma de las palabras, Dios como una cuestión de Dios, el más exilado de los vocablos.

En cierto modo, la metáfora se deconstruye a sí misma, privándose del fundamento de su existencia.

Sólo con ese silencio, laguna inconmensurable del texto, el lenguaje de Jabès se vuelve completo, porque un mutismo así representaría el potencial inagotable, el Otro siempre buscado. El ennegrecimiento total de una página significaría la negación de la imaginación. Los espacios en blanco son, por el contrario, emblemas, muy a pesar del vacío y también quizás a causa de este último, puesto que designan la posibilidad ilimitada. Por analogía, el silencio se caracteriza en torno a la ausencia de las palabras que contiene. Es la negación absoluta, porque puede ser la totalidad.

Recuerda, pues, lector de Jabés, leer también el blanco, el silencio, la palabra que es un todavía-no, un aún no visible.

Título: El libro de los márgenes II. Bajo la doble dependencia de lo dicho
  • Autor/es: Edmond Jabès
  • Editorial: Arena Libros
  • Nº de páginas: 110
  • Encuadernación: Tapa blanda

Referencias   [ + ]

1. JABÈS, Edmond. 2005. «1977. Respuesta a una encuesta de Nouvelles Littéraires», en El libro de los márgenes II. Bajo la doble dependencia de lo dicho. Madrid: Arena Libros, p. 41
2. BLANCHOT, Maurice. 1993. El diálogo inconcluso. Caracas: Monte Ávila Editores, p. 482 (las cursivas son nuestras)
3. HÖLDERLIN, Friedrich. 1986. Obra poética completa (tomo II). Barcelona: Ediciones 29, p. 74
4. MALLARMÉ, Stéphane. 1945. Œuvres complètes. Mondor, Henri y G. Jean-Aubry (eds.). Paris: Gallimard, p. 857
5. BLANCHOT, Maurice. 1995. L’espace littéraire. Paris: Gallimard, p. 332
6. JARAUTA, Francisco. «Prólogo», en JABÈS, Edmond. 2006. El  libro de las preguntas. Madrid: Siruela, p. 16
7. MUJICA, Hugo. 2014. El saber del no saberse. Madrid: Trotta, p. 127 (las cursivas son nuestras)
Daniel Arana

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