El Hatari! de McLaglen: «Los luchadores del infierno» (1968)

El caso de Andrew V. McLaglen (1920-2014) es, con mucho, uno de los más injustos de la historia del cine. Incluso hoy, en una era en la que la información es mucho más accesible, su nombre apenas resulta familiar al aficionado. Empero, su trabajo sí lo es, aunque sea porque ha alegrado no pocas sobremesas fílmicas al respetable. Puestos a coronarle con algún logro, podríamos decir que mantuvo viva la épica del western –casi nada- después de que ésta cayera en desgracia en la propia Hollywood. Con un ingente número de episodios para la televisión en su haber, McLaglen desarrolla, antes de ponerse tras la cámara en la gran pantalla, la suficiente experiencia para que su labor como director resulte, como poco, de una eficacia patente. Incluso los directores de películas épicas tienen que empezar en algún sitio, y la televisión clásica, especialmente los western u otras como Perry Mason, eran un inimitable campo de pruebas para que alguien con ciertas ambiciones desarrollara su oficio. De este realizador, iniciado en el mundo del cine a través de su padre, el fordiano Victor McLaglen, no han sido pocos los que, habiendo trabajado con él, terminaron por alabar su buen hacer –artesanal, si se quiere- detrás de la cámara. Me refiero a John Wayne o James Stewart, por citar dos ejemplos de primera categoría.

McLaglen realizó principalmente películas de género de gran calidad, desde finales de la década de 1950 hasta la década de 1980, y el deliciosamente anacrónico sentido de su cine ha conseguido dejar, en los anales, un buen número de películas disfrutables y alguna que otra cercana a la obra maestra, tales como El valle de la violencia (Shenandoah, 1965), Los indestructibles (The Undefeatable, 1969) o ésta que aquí nos ocupa: Los luchadores del infierno (Hellfighters, 1968). A lo largo de su obra, McLaglen ha demostrado ser, cuando menos, un artista genuino, con un ojo puesto en la línea de fondo, y que ha mantenido, de la forma más digna que le ha sido posible en cada momento, sus proyectos en movimiento. La historia personal de este realizador es, al fin y al cabo, también parte de la historia del propio medio. Sea como fuere, aunque existe una larga y reputada tradición de películas de acción y aventuras en grupo, Los luchadores del infierno no puede sino recordarnos al trabajo de Howard Hawks. Sin embargo, se trata de una película escasamente valorada, cuando no ignorada, lo que, como decíamos al principio, resulta de todo punto injusto, dada su condición de honestísimo producto de entretenimiento.

En el film hallamos al inmenso John Wayne dando vida a Chance Buckman, uno de los mejores bomberos del mundo y especialista en incendios petrolíferos, personaje inspirado, por cierto, en el legendario Red Adair, asesor técnico, además, de la película. Así las cosas, tenemos la oportunidad de observar las diversas técnicas y peligros que conlleva hacer frente a los incendios de pozos petrolíferos. Pero, en lugar de centrarse sólo en el drama que supone el peligro, la acción de la película está pensada de forma bicéfala, esto es, que también nos encontraremos con momentos clave que reflejan el estrés emocional que sufren los propios especialistas y sus familiares. Es una fórmula alternativa interesante, sin duda. Veamos, para ello, algunos ejemplos: cuando Buckman es hospitalizado durante uno de esos trabajos, herido de gravedad, su distanciada hija Trish (Katharine Ross) viene de visita y no sólo se enamora y se casa con la mano derecha de Buckman, Greg Parker (Jim Hutton), sino que se entera de que su madre (Vera Miles) dejó a Chance no porque no lo amara, sino porque no podía soportar la terrible sensación de si volvería de una pieza o no. Pero, ¿podrá Trish soportar el estrés y el miedo y cómo reaccionará Chance al ver que su yerno se pone en peligro?

Como vemos, y así ha sido señalado, Los luchadores del infierno se centra tanto en los vericuetos emocionales de los bomberos y sus allegados, como en la lucha contra el fuego en sí.

De esa forma, los diez primeros minutos, así como la parte en la que Chance y Greg deben tratar de apagar cinco pozos de petróleo en medio de una Venezuela acosada por las guerrillas -donde el peligro es tanto morir pasto de los disparos como de los incendios- son, directamente, inolvidables. Como en el cine del mejor Hawks, los motivos estructurales de aquel -grupo masculino aislado que participa en una tarea de vida o muerte, que se apoya tanto en el trabajo en equipo como en las hazañas individuales, la profesionalidad y el estoicismo ante el peligro y la muerte, los forasteros que entran en el grupo y se convierten en una amenaza para el mismo y su necesidad de ser admitidos en el grupo- convierten las relaciones homosociales[1]Representadas, si atendemos a lo que dice Eve Sedgwick, por un contexto de violencia y agresividad, rasgos asociados de la masculinidad tradicional. Vid., SEDGWICK, Eve K. 2015. Between Men: English Literature and Male Homosocial Desire. New York: Columbia University Press, pp. 229 en una verdadera sensación de amistad que se transmite al espectador.

Es en las escenas que Wayne, Hutton y Bruce Cabot comparten donde Los luchadores del infierno funciona mejor, aparte de las consagradas directamente a la acción, claro está. El trío, al que se suman otros clásicos de la Batjac, como Edward Faulkner o Jay C. Flippen, lucha contra los incendios de petróleo por dinero, bajo el lema «A todas horas. En todo el mundo». Sus clientes son propietarios de pozos petrolíferos que compran un seguro por si uno de sus pozos se convierte en una atalaya flamígera. Cuando eso ocurre, suena el teléfono (atendido por la siempre eficiente secretaria, a la que da vida Barbara Stuart) y el equipo despega en su helicóptero para apagar el fuego. Los hombres de Buckman no distan demasiado, por tanto, de los de Sean Mercer, el personaje al que también dio vida el astro Wayne, para la maravillosa Hatari!, del antedicho Hawks, movidos, como están, por la aventura como noción vital y la camaradería como modo de vida.

Puede que el de Buckman no sea, en comparación con el que interpreta en el film de Hawks, uno de los grandes papeles de John Wayne, pero todavía resulta conmovedor en algunas escenas sentimentales, y Wayne demuestra ser el más grande de los actores, en un papel distinto, de forma excepcional, al de vaquero o soldado. La película puede resumirse así: acción, rivalidad, preocupaciones familiares y romance dentro de un equipo de bomberos. La trama, como en el mejor cine de Hawks, no es sino una excusa argumentativa para, desde el género más complaciente y espléndido de todos, el de la aventura, deliberar sobre los límites y también las grandes firmezas del ser humano. Esta es una historia de hombres, es cierto, cuya vida se ve alterada en todos los niveles por la presencia del otro sexo: Vera Miles, a la que Wayne rescató tras Centauros del Desierto y El hombre que mató a Liberty Balance (John Ford, 1956 y 1962, respectivamente) y la joven Katharine Ross, que acababa de revelarse como actriz en la sobrevaloradísima El graduado (Mike Nichols, 1967). Quizá uno de los mayores defectos de la película sea, empero, el escaso fuste de ambas, por más que cumplan su papel de la más eficiente forma.

En cualquier caso, lo cierto es que, visualmente, Los luchadores del infierno se beneficia de unos medios importantes, cuya producción está calibrada en torno a John Wayne con objeto de realzarlo (como ocurrió durante la gran mayoría de sus películas, a partir de los años cuarenta). En el apartado técnico sería injusto no destacar, por ejemplo, el extraordinario trabajo de Bill Clothier como director de fotografía, que, con su elocuencia, logra afianzar la construcción de un nuevo mito Wayne –el bombero Buckman, en este caso-, que adquiere elocuencia gracias a los brillantes colores y sus localizaciones en Baytown, Wyoming o Texas, y al uso que el propio Clothier hace del formato Super Panavisión 70 mm para enfatizar las cualidades épicas de la obra.

La serie de clichés que reúne el film son, precisamente, los que lo hacen devenir familiar para el espectador: el personaje de Wayne es un excelente profesional pero ha fracasado en su vida matrimonial, por tanto, habrá un intento de reunir el hogar familiar donde, en un papel que recuerda a los de Maureen O’Hara, Vera Miles reaparece como esposa insatisfecha que Wayne tratará de cortejar de nuevo, en un intento de suturar las viejas heridas, aunque la peligrosa profesión siga siendo un obstáculo poderoso. Por otra parte está el romance entre los jóvenes interpretados por Hutton y Ross, la inevitable pelea en un bar (que vamos a seguir viendo a lo largo de la práctica totalidad de la filmografía restante de Wayne) y, sobre todo, no pocas escenas de acción realistas con impresionantes efectos pirotécnicos, donde el actor se arriesga de verdad, trayendo a nuestra memoria, por ejemplo, el incendio de El Fabuloso Mundo del Circo (Henry Hathaway, 1964) o la caza de animales en Hatari (Howard Hawks, 1961), en varias escenas donde no está doblado y se enfrenta de verdad a las llamas.

Todo esto, sumado al guion del siempre funcional Clair Huffaker, forma un conjunto con final favorable y, aunque la película se resiente en ocasiones por la variación en las diversas partes de la trama, incluida una cierta locuacidad en el tono, la mezcla de épica con las escenas de acción y la complejidad psicológica es tan funcional que McLaglen consigue una de sus mejores películas, pieza de artesanía cinematográfica a la vieja usanza, es decir, una donde el pragmatismo, la presteza y la devoción al cine dominan sobre membrudos, molestos y, hasta cierto punto, insuficientes libros de teoría cinematográfica y otras digresiones.

Cine fraterno, familiar, en definitiva, que merece la pena ser revisado con urgencia, ya sin pieles rojas, cuatreros renegados, arteras tropas mexicanas o el mismísimo Vietcong, sino que esta vez son conflagraciones en llamas cerca de Houston, Malaya o Venezuela, cuyo peligro está encarnado, en esta ocasión, por el petróleo en llamas, que necesita de mucho nervio y nitroglicerina, hasta un incendio químico, cuyos humos matan y que requiere similar ímpetu, máscaras y conocimientos técnicos. Quisiera terminar con una vindicación al sentido del humor -habitual, por otra parte, en la gran mayoría de films contemporáneos de Wayne-, en aquel momento en que, mientras Buckman y sus hombres intentan apagar los pozos venezolanos, a la par que son atacados por francotiradores y aviones de la guerrilla, Vera Miles le preguntará que por qué no puede dedicarse, como tantos otros, al negocio de los seguros. Este desinhibido, siempre bienvenido, sentido del humor, es de gran ayuda.

Los luchadores del infierno, en su calidad de disección transversal de la América blanca, tejana y directa de finales de los sesenta, exótica y aventurera, con un John Wayne que seguía resultando eficaz y duro como el granito, héroe impoluto e intrépido, rudo pero generoso -que, en aras de volver a casa, abandonará la vida de peligro para siempre, pero al menos lo hace devenir un gran héroe tras su última aventura- es más que suficiente para convertirla en un disfrutable puntal cinéfilo al que aferrarse.

Sirvan también estas pequeñas palabras para la restitución de McLaglen como realizador, uno de los últimos aventureros del Cine, empeñado en mantener viva la fisonomía característica de una forma de hacer películas que estaba ya en peligro de extinción en el momento en el que el realizador daba sus primeros pasos tras las cámaras, sobre todo a causa de la irrupción de la televisión y las nuevas vanguardias de trayecto iconoclasta, y que pretendían romper, por tanto, los estándares tradicionales que venteasen a esa artesanía que distinguía a la cinematografía clásica estadounidense. Cine, pues, de antaño en una época en la que el western debía ser crepuscular para contar con el apoyo de la crítica y el policíaco contar con el protagonismo de antihéroes asidos por su pasado en obras adustas, excluidas de la galanura y esmero del cine que absorbió McLaglen, aun careciendo de esa fuerza y distinción de la que pueden disfrutar las películas dirigidas por un autor de primera categoría.

Ficha técnica


Título original: Hellfighters. Año: 1968. Duración: 121 min. País: Estados Unidos. Dirección: Andrew V. McLaglen. Guion: Clair Huffaker. Fotografía: William H. Clothier. Música: Leonard Rosenman. Reparto: John Wayne, Katharine Ross, Jim Hutton, Vera Miles, Jay C. Flippen, Bruce Cabot, Edward Faulkner, Edmund Hashim, Barbara Stuart, Valentin de Vargas. Productora: Universal Pictures

Referencias

Referencias
1 Representadas, si atendemos a lo que dice Eve Sedgwick, por un contexto de violencia y agresividad, rasgos asociados de la masculinidad tradicional. Vid., SEDGWICK, Eve K. 2015. Between Men: English Literature and Male Homosocial Desire. New York: Columbia University Press, pp. 229

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