Dios mío, es casi de noche, se despertarán: horror y distopía en «El último hombre… vivo»

«Ya no se hacen películas como éstas», dice Charlton Heston, no sin cierta sorna, al principio de El último hombre… vivo (Boris Sagal, 1971), segundo film de la trilogía distópica que se completa con El planeta de los simios (Franklin J. Schaffner, 1968) y Cuando el destino nos alcance (Richard Fleischer, 1973). Sentado a solas en una sala de cine vacía, empuña una metralleta y pronuncia diálogos de Woodstock, viendo por enésima vez la cúspide de la paz y el amor de los locos sesenta, antes de salir a vagar por las calles abandonadas de una aterradora ciudad de Los Ángeles. Es uno de los pocos momentos de esta adaptación, por lo demás magnífica, que parece captar la solitaria poesía de su inspiración, la novela de Richard Matheson, Soy leyenda (1954), pero es, desde luego, una imagen que resume la antedicha trilogía. Las tres películas presentan a Heston como la última voz de la razón, que se queda mirando hacia atrás con ira en un mundo cuya belleza sólo era, hasta ese momento, igualada por su poder de autodestrucción.

Pero retrocedamos unos años antes: el progreso de la ciencia durante los años cincuenta y primeros sesenta había hecho que la destrucción de la Tierra se convirtiera en una posibilidad real, no sólo con la bomba atómica sino también con la guerra biológica. Se pensó, sin embargo, que el público de esa época viviría más fácilmente con una catástrofe fantástica que con una forma más realista de destrucción. Por cada película que trataba de abordar de forma objetiva la guerra biológica, había otras diez sobre la devastación de nuestro mundo por extraterrestres invasores o monstruos antediluvianos. Estos temores oscuros y primitivos de destrucción del mundo resultaron ser más populares para las masas alfabetizadas, así como para las menos letradas, eclipsando las imágenes futuristas menos fantasiosas de destrucción total. Pensemos, por ejemplo, en la reivindicable No Blade Of Grass (1971), dirigida por el antiguo ídolo de la pantalla Cornel Wilde[1]Estamos hablando aquí del actor húngaro que, aunque venido a menos en los sesenta y setenta,  había trabajado para, nada menos, que Cecil B. DeMille, Raoul Walsh, John M. Stahl, Don Siegel o Delmer Daves. y basada en una novela de John Christopher. En la novela, la catástrofe que aniquila la mayoría de las variedades de cereales en todo el mundo está causada por una forma de virus mutante, pero en la película, la contaminación química es la razón sugerida. No Blade Of Grass era una señal hacia dos obsesiones del público contemporáneo que iban a aflorar a menudo en las películas de ciencia ficción durante los años setenta: la contaminación y la posibilidad de la guerra bacteriológica, que tendían a sustituir a la bomba atómica como fuente de material explotable. Otra de las mejores películas que abordan la amenaza que suponen los organismos microscópicos para la humanidad es La amenaza de Andrómeda (1971), basada en la novela superventas de Michael Crichton y dirigida por el inolvidable Robert Wise.

Con un guion escrito por John William Corrington, Joyce Hooper Corrington -que más tarde se encargaron, casualmente, del libreto de Batalla por el planeta de los simios (J. Lee Thompson, 1973)- y, sin acreditar, William Peter Blatty, dirigido por Boris Sagal[2]De ascendencia ucraniana, Sagal fue un cineasta más bien irregular, que se sentía más cómodo haciendo series para la televisión como The Twilight Zone, El agente de CIPOL o Colombo, y cuyas aportaciones a la gran pantalla serían, empero, de calidades diversas como las reivindicables La incursión de mil aviones y Escuadrón Mosquito (ambas de 1969) o tan lamentables como Sherlock Holmes en Nueva York (1976), probablemente la peor versión del maravilloso personaje de Conan Doyle jamás realizada, con un reparto divertido, de puro ridículo, que incluye a Roger Moore como Holmes o a John Huston como su archienemigo Moriarty (sic)., esta adaptación de Soy leyenda (Richard Matheson, 1954), una de las obras más paranoicas jamás escritas, acerca de un hombre cuya casa es rodeada cada noche por una multitud de vampiros a los que debe eliminar durante el día, fue idea del propio Heston, si atendemos a sus memorias, que leyó la novela en un avión de regreso a California, y decidió realizar una adaptación moderna del libro. El guion nos sitúa en un mundo devastado por la guerra bacteriológica, donde Heston, en el papel del científico militar Robert Neville, lucha contra un grupo de supervivientes violentos que odian la civilización, una suerte de hermandad albina, cuyos miembros se nos presentan vestidos de monjes y que se autodenominan la Familia (huelga decir que cualquier parecido con Charles Manson y los elementos más oscuros de la contracultura no es, sin duda, casual). El mundo ha cambiado la locura de la guerra por la perturbada monomanía de la anarquía, y aunque la dirección de Sagal no está siempre a la altura del excelso material de origen, la película es, para quien escribe estas palabras, la mejor adaptación hasta la fecha de la bellísima novela de Matheson[3]Por cierto que el novelista y guionista, incomprensiblemente, abominó de esta versión, muy por delante de la caótica El último hombre sobre la Tierra (realizada en 1964 y que sufre de un desacuerdo, tras las cámaras, del extrañísimo dueto formado por Ubaldo Ragona y Sidney Salkow, o de la falsamente especulativa modernización llevada a cabo por Francis Lawrence en 2007. Huelga añadir que, a título interpretativo, la comparación entre Will Smith y los previos Vincent Price o Charlton Heston palidece por sí sola.

Desde luego, hay algo espeluznante en la forma en que comienza The Omega Man: Charlton Heston –como de costumbre, extraordinario- conduciendo por una Los Ángeles aparentemente desierta (las calles vacías se muestran a través de tomas de helicóptero así como en tierra) mientras suena una pegajosa versión del clásico A Summer Place, adaptada por la orquesta de Ron Grainer. No se puede negar la eficacia de esta apertura, en la dirección opuesta a Cuando el destino…, donde el mismo actor patrulla calles llenas de masas superpobladas que anhelan respirar libres, o al menos conseguir una buena comida. Inolvidables, pues, también como poco generoso comentario sobre el idealismo de los sesenta.

Quizás sea ésta, como apuntan sus detractores, la única versión que está verdaderamente fechada, pero la ambientación de principios de los años setenta contribuye a realzar la atmósfera.

Hay un fuerte elemento de terror, además, en las criaturas que cazan a Heston, que poseen elementos vampíricos y de zombies en su ADN. Y el sabor distópico está influenciado por las consideraciones de la Guerra Fría, lo que le da un toque más inmediato que el que se obtiene de películas similares realizadas después de la caída de la tiranía comunista. Neville ha sobrevivido a la plaga resultante de una guerra de gérmenes ocurrida durante una disputa territorial chino-soviética (la analogía hoy, con ciertos virus escapados de laboratorios, es, me temo, mucho más terrible que entonces). Los agentes patógenos se extendieron por todo el mundo, acabando con casi toda la humanidad. Neville, que había estado trabajando en una vacuna experimental, se inyectó a tiempo para evitar la muerte. Sin embargo, no está solo en este nuevo mundo baldío, con reminiscencias eliotianas. Le persigue la citada Familia, un grupo de supervivientes de la plaga liderado por el autoproclamado profeta Matthias (impagable Anthony Zerbe). Refugiados albinos con una extrema sensibilidad a la luz, duermen como vampiros durante el día para levantarse por la noche. Su principal objetivo es matar a Neville que, con su afinidad hacia las armas y la ciencia, representa un vínculo con el pasado que han repudiado, mientras que ellos retornan al fuego como inquisitorial y reaccionario elemento purificador. Un día, mientras explora Los Ángeles en busca del escondite de la Familia, Neville descubre a una mujer no afectada, Lisa (Rosalind Cash). Aunque la pierde, ella y su compañero refugiado, Dutch (Paul Koslo), organizan un rescate después de que Neville haya sido capturado por Matthias. Se entera de que, al igual que la Familia, ambos y un buen número de niños y adolescentes, viven con la plaga en sus cuerpos, aunque no se hayan transformado aún en los enfermos criminales adeptos a Matthias. Con la ayuda de Lisa, Neville cree que puede sintetizar una cura a partir de su sangre. Mientras los dos se embarcan en este proyecto, se convierten en amantes.

En lo que respecta al apartado técnico, algunas de las escenas más efectivas de la película son, a su vez, las más tranquilas, como la secuencia en la casa de Neville, en la que realiza su rutina diaria: habla consigo mismo (para mantenerse cuerdo) y juega al ajedrez con un maniquí mientras prepara la comida. Conduce temerariamente por la ciudad y, si destroza un coche, va al concesionario y se lleva otro para probarlo. Neville nunca va a ningún sitio sin sus dos herramientas necesarias: una pistola y un bidón de gasolina. La relación amorosa con Lisa, muy interesante por el elemento interracial (algo controvertido e incluso tabú en algunas partes del país, aparece en esta película por primera vez en Hollywood, sólo cuatro años después de que el Tribunal Supremo derogara las leyes contra el mestizaje), es otro de los logros de la película. Heston, uno de los más grandes actores de la historia del Cine, que contaba con casi cincuenta años en el momento del rodaje, estaba en la segunda fase de su carrera. Ya no era el ídolo de matiné que protagonizaba películas épicas inspiradas en la Biblia, sino que se había convertido en un respetado actor maduro cuyo nombre se buscaba en las marquesinas para mejorar la venta de las películas, siendo, por ejemplo, uno de los principales atractivos de las películas de catástrofes de mediados de los 70, tales como Terremoto (Mark Robson, 1974) o Aeropuerto 1975 (Jack Smight, 1975).

Los efectos especiales utilizados para que Los Ángeles pareciera desierta requirieron varias técnicas diferentes y es necesario hacer justa mención de, por ejemplo, la que consistió en filmar en el distrito comercial los domingos por la mañana (en ese momento se realizaron las tomas de los helicópteros). Otra fue emplear fotografías fijas en las que se podía borrar a la gente. Una tercera destacable fue rodar algunas tomas en un plató con exteriores. En general, el efecto es, sin duda, exitoso. De hecho, la sensación de vacío de una ciudad grande y familiar eleva a El último hombre… vivo y la transforma en la distopía terrorífica que es. La música de Ron Grainer, un nombre importante en el cine y la televisión de la época a ambos lados del Atlántico, deviene certera aproximación melódica a la historia, con una partitura imbuida de las diversas corrientes musicales de la época, con acotaciones jazzísticas o frescas intervenciones electrónicas. Todo este colorista embalaje apuntala de forma consistente la narración y potencia las emociones enfrentadas de soledad, desolación, opresión o, en última instancia, con un toque cercano al folk, esperanza. Eso sin contar con la importancia, al predecir la primera escena de acción y horror como tal, que toman canciones tan alejadas del género como Coming Into Los Angeles, de Arlo Guthrie, o, por ejemplo, Rock ‘n’ Soul Music, de los Country Joe & The Fish.

Por su parte, la fotografía del gran Russell Metty, que había trabajado con Orson Welles –y Charlton Heston- en, por ejemplo, Sed de mal (1958), con su uso altamente distintivo de la luz y la sombra, su economía y distribución de luces, hacen de El último hombre… vivo una película bellísimamente iluminada, con una gama de efectos que van desde el dramático claroscuro hasta los delicados dibujos, contribuyendo de forma mucho más eficaz que la dirección de Sagal a la atmósfera de angustia y paranoia. Pese a ser un director de fotografía que venía del blanco y negro y, a diferencia de otros camarógrafos que, filmando en color, se sentirían obligados a aumentar la iluminación general, Metty suele filmar con el mismo juego de luces y sombras que en blanco y negro ciertos efectos de sombras y siluetas que incluso para los estándares actuales parecen extraordinarios.

Así las cosas, lo que en el momento de su estreno no fue más que una película de ciencia ficción/horror convencional con una gran estrella al frente del reparto, amén de un producto rentable durante su exhibición en los cines, con serio peligro de convertirse en una reliquia, hoy prevalece como una delicia apocalíptica, poseedora de un fuerte sentido de la atmósfera, con esa comunidad disidente de supervivientes no contaminados contemplando un mundo virgen desde la perspectiva de un (otro) mundo que se ha deteriorado. Con su final típicamente negativo, muy de la época, los momentos finales en los que Neville es asesinado por Matthias –no sin antes salvar a Lisa y a su grupo con su preciada sangre- nos ofrecen al extraordinario actor en una pose al estilo de Cristo en la cruz. Heston, que había sido definido por la teórica Pauline Kael como un héroe parecido a un semidiós, muere, como Jesús, por los pecados del mundo, dando a la humanidad una segunda oportunidad. En 1 Juan 1:7 está escrito: «la sangre de su Hijo Jesús nos limpia de todo pecado». En el caso de Neville, su sangre también limpiará a la humanidad de la peste, el pecado de la guerra bacteriológica hecho carne. Quisiera cerrar estas palabras con el poético final de la novela de Matheson: «Neville miró a los nuevos habitantes de la Tierra. No era como ellos. Semejante a los vampiros, era un anatema y un terror oscuro que debían destruir. Y de pronto, nació una idea nueva que le divirtió, a pesar del dolor. Tosió atragantándose. Se dio la vuelta y se apoyó en la pared mientras se metía las píldoras en la boca. Se cierra el círculo. Un nuevo terror nacido de la muerte, una nueva superstición que invade la fortaleza del tiempo. Soy leyenda»[4]MATHESON, Richard. 1977. I am legend. London: Corgi Books, p. 141 (la traducción es nuestra).

Sacra conversatione.

Ficha técnica


Título original: The Omega Man. Año: 1971. Duración: 98 min. País: Estados Unidos. Dirección: Boris Sagal. Guion: John William Corrington, Joyce Hooper Corrington, William Peter Blatty (según la novela de Richard Matheson). Fotografía: Russell Metty. Música: Ron Grainer. Reparto: Charlton Heston, Anthony Zerbe, Rosalind Cash, Paul Koslo, Lincoln Kilpatrick, Eric Laneuville, John Dierkes, Jill Giraldi. Productora: Warner Bros

Referencias

Referencias
1 Estamos hablando aquí del actor húngaro que, aunque venido a menos en los sesenta y setenta,  había trabajado para, nada menos, que Cecil B. DeMille, Raoul Walsh, John M. Stahl, Don Siegel o Delmer Daves.
2 De ascendencia ucraniana, Sagal fue un cineasta más bien irregular, que se sentía más cómodo haciendo series para la televisión como The Twilight Zone, El agente de CIPOL o Colombo, y cuyas aportaciones a la gran pantalla serían, empero, de calidades diversas como las reivindicables La incursión de mil aviones y Escuadrón Mosquito (ambas de 1969) o tan lamentables como Sherlock Holmes en Nueva York (1976), probablemente la peor versión del maravilloso personaje de Conan Doyle jamás realizada, con un reparto divertido, de puro ridículo, que incluye a Roger Moore como Holmes o a John Huston como su archienemigo Moriarty (sic).
3 Por cierto que el novelista y guionista, incomprensiblemente, abominó de esta versión
4 MATHESON, Richard. 1977. I am legend. London: Corgi Books, p. 141 (la traducción es nuestra)

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