Yo también estaba ahí

Foto de Suzy Hazelwood, de www.pexels.com

La clase huele a una mezcla de sudor, libros, tiza y polvo. Pupitres con patas de acero y tablero de madera laminado en color verde moco, con sillas del mismo tono y dispuestas en filas de dos en dos. Lo suficientemente cerca como para oler el estornudo del compañero de al lado. El alumnado sentado en orden alfabético por apellidos.

Estoy en quinto de EGB y me ha tocado compartir pupitre con Rául Regalón M., un repetidor que viene de Barcelona. Es rubio, delgado, de ojos azules, rostro serio con pecas y huele a hierro. Ha tenido suerte, le ha tocado al lado la empollona. Mi compañero de mesa acaba de aterrizar en el colegio repitiendo curso y poco tiene que ver con los otros niños de su clase. Con su pendiente en la oreja y sus anillos de oro, su cadena en el vaquero, sus camisetas negras y su aire misterioso. Intenta aplicarse lo que parece que no ha hecho en años anteriores. Yo le ayudo diligente con las tareas. Poco tenemos que ver, venimos de mundos diferentes, pero ambos somos unicornios dentro de la clase que nos ha tocado, así que congeniamos bien. Hay un punto de unión entre él y yo que desconozco.

A mí, que Barcelona me parece otra galaxia porque no he salido de Córdoba en los diez años que llevo de vida, sé que allí se habla otro idioma (dialecto, que nos dirán que es el catalán por aquel tiempo). Lo sé porque parte de mi familia emigró allí. Le pido que me diga una palabra en catalán. “Porta”, me dice, “que significa puerta”.

En el recreo, los niños ocupan la mayor parte del patio jugando al fútbol y las niñas jugamos a la goma en el lateral que queda junto a las pistas. Algunos niños han empezado a tocarle el culo a algunas niñas. Las niñas se quejan o se lo dicen a los profes, pero éstos no le dan mucha bola. Son juegos de niños.

Y sí, son juegos. Los niños, que ocupan el centro del espacio físico y también simbólico en la escuela, juegan a poner en práctica su incipiente masculinidad dominante. Las niñas, ensayan las respuestas más convenientes ante la dominación masculina desde el lugar marginal que se les ha asignado.

Un día, tras el toque de sirena que alerta el fin del recreo llego pronto a la fila y me coloco la primera. Hasta ahora, mi culo no había sido blanco del grupo de abusones. Ese día, uno de mis compañeros de clase coloca su mano en mi trasero. En ese momento, la mía toma vida propia y todo mi cuerpo la acompaña para darle un tremendo y sonoro bofetón. Yo misma me sorprendo de mi reacción y ahora un grupo de niños asombrados contempla la escena. Conmocionado y humillado, el niño que me ha tocado el culo le pregunta al corrillo: ¿Qué hago? ¿Le doy?. El miedo se apodera de mí en ese momento. Recuerdo perfectamente la escena. Mi destino en su camarilla, que se convierte en jurado de mi transgresión. Justo en ese momento llega mi compañero de mesa, Raúl Regalón M. (no recuerdo lo que hice ayer, pero me acuerdo de los nombres y apellidos de toda la clase del colegio), que le dice: ¿Cómo qué le vas a pegar?. El corrillo se disuelve y se termina la escena. La autoridad del repetidor achanta al tocador de culos.

No exageres. Me censuro y me digo: Joder, Bea, solo te tocaron el culo en el colegio… ¿En serio te da para hacer un artículo sobre ello?. Recuerdo la sensación de miedo y de impotencia, de sentirme amenazada por haberme defendido de lo que yo viví como una invasión de mi cuerpo. Que me tocaran el culo no es para tanto, pero fue un momento de enseñanza de mi lugar frente a los chicos.

A partir de ahí he vivido otros momentos de abuso. Me tocaron el culo y otras partes de mi cuerpo sin que yo quisiera más veces, pero nunca volví a dar esa respuesta. Me quedó claro que defenderte de una agresión masculina puede ponerte aún más en riesgo. Así aprendemos a estar ahí, como canta Zahara. Yo también me dejé hacer, esperando que acabase de una vez. Yo también estuve ahí. Y es difícil salir cuando defenderte no es una opción.

No quiero que tenga que aparecer un Raúl Regalón M. (¿qué será de tu vida?) para que me saque de ahí. Zahara, yo tampoco sé bien cómo salir… Pero creo que contando nuestra experiencia vamos encontrando el camino.

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