Yo he venido aquí a hablar de su libro – Ernesto Ortega

ERNESTO ORTEGA (Calahorra, La Rioja, cosecha del 71). De niño pasa mucho tiempo en la librería de sus padres y pronto aprende a hacer la O con un canuto. Se aficiona a las letras, hasta que le ponen los puntos sobre las íes y decide estudiar empresariales. Tras abrir un paréntesis en su vida, que todavía no ha cerrado, se traslada a Madrid, donde por h o por b, acaba trabajando como redactor publicitario.

Ha ganado varios concursos de relatos y microrrelatos (entre ellos, la X edición de Relatos en Cadena, de la SER) y sus textos han aparecido en diferentes antologías, como “Deantología” (Talentura), “Desahuciados” (Traspiés), “Fútbol en breve: Microrrelatos de jogo bonito” (Puertabierta Editores), “Ballenas en hormigueros: Antología hispanoamericana de ficción” (Ojo de pez) o “Los pescadores de perlas: los microrrelatos de Quimera” (Montesinos). Ha publicado los libros “La dictadura del amor” (LCK15) y “Microenciclopedia ilustrada del amor y el desamor” (Talentura). “Los defectos de la anestesia” (Ediciones Enkuadres) es su tercer libro. Mantiene como puede el blog La toalla del boxeador, donde cada día se pelea con su sombra por seguir escribiendo.

Ernesto Ortega me recibe en su hogar con una amplia sonrisa. Estoy muy agradecido de que haya accedido a charlar conmigo, un principiante que aspira a publicar algún día. Estoy ansioso por conocer sus opiniones y los consejos que me pueda dar. Me invita a pasar al despacho. A su espalda queda una vitrina donde lucen sus muchos premios literarios y una réplica de la diadema de la emperatriz María Luisa de Francia.

¿Cuáles son Los defectos de la anestesia?

El principal defecto de la anestesia es que sus efectos se pasan y entonces vuelven los dolores: digamos que, mientras estamos anestesiados, podemos ser felices. La literatura puede funcionar como anestesia contra el dolor, entiéndase el dolor como los problemas del día a día, los grandes, pero sobre todo los pequeños. La literatura funciona muchas veces como refugio. Mientras leemos un libro podemos olvidarnos de todo, pero los libros se acaban y, cuando despertamos, tenemos que volver a la realidad: ir a la oficina, hacer la compra, reparar el coche… La buena literatura tiene que doler, provocar, despertar algo dentro de nosotros. No creo que un libro vaya a cambiarnos la vida, pero sí puede cambiar nuestro estado de ánimo, no somos la misma persona cuando empezamos un buen libro que cuando lo acabamos.

¿Te ha resultado difícil realizar la selección definitiva de los textos que integran el libro? ¿Has tenido que descartar muchos?

Mientras el problema sea descartar… Tras la publicación de Microenciclopedia ilustrada del amor y el desamor, me sobraron algunos textos que por temática no cabían en el libro y, como seguía escribiendo microrrelatos, llegó un momento en que me di cuenta de que tenía material suficiente para publicar un segundo libro. Así que me puse a darle forma. Me marqué un número máximo de microrrelatos: 90, y busqué un hilo conductor viendo qué tenían en común la mayoría de los textos. La labor de selección siempre resulta complicada. Quitar unos, añadir otros, no repetirse…  Siempre duele dejar alguno fuera.

Los defectos de la anestesia están estructurados en seis grandes apartados. Convénceme de que eso de parcelar un libro de microrrelatos en capítulos es una buena idea, porque yo no lo veo claro.

Más que de capítulos, yo hablaría de un hilo conductor que, bien sea por la temática o por la estructura, te lleve por los textos y haga que el libro adquiera un significado más amplio, que no sea una simple antología de microrrelatos, más o menos buenos. En la Microenciclopedia ese hilo era temático: todos los textos hablaban de amor o desamor, además, estaban colocados en orden alfabético y tenían ilustraciones. Los defectos… hablan del dolor desde diversas perspectivas, a través de las fases que se suceden durante una operación con anestesia. Desde que firmas el consentimiento, en este caso de lectura, vas experimentando diferentes sensaciones: un estado de confusión, ciertos trastornos de personalidad, somnolencia…, hasta que acabas despertando de la operación. Hay además un posoperatorio final, con algunos textos hiperbreves, aforismos y juegos de palabras.

De esta forma intento que el lector pueda hacer una lectura conjunta de los textos, que el libro tenga un sentido propio, más allá de la antología variada, del surtido de microrrelatos. Creo que los libros de microrrelatos con una buena estructura detrás se disfrutan más y salen reforzados.

Después de La dictadura del amor y de la Microenciclopedia ilustrada del amor y el desamor insistes en el tema en los microrrelatos del bloque A corazón abierto. ¿Tan importantes son las relaciones personales como fuente de inspiración para Ernesto Ortega?

Creo que gran parte de nuestra vida gira en torno al amor. Es el “tema”, junto con la muerte, probablemente. Pero da la impresión de que, cuando hablamos de amor, estamos tratando un tema cursi, cuando el amor en realidad sirve de excusa para hablar de otros temas periféricos. Además, la parte del amor que resulta más atractiva es la infelicidad. Por ejemplo, si Shakespeare no le hubiese complicado la vida a Romeo y Julieta, si todo les hubiese ido bien desde el principio, si sus familias no se hubiesen opuesto, si Romeo no hubiese matado al primo de Julieta y los dos hubiesen sido felices, la obra no hubiese tenido el más mínimo interés. Una historia de amor en la que todo sale bien, chico conoce a la chica, se gustan, se casan…, resulta insoportable. Lo decía Tolstói en las primeras líneas de Guerra y paz: Todas las familias felices se parecen, pero cada familia infeliz lo es a su manera”. La felicidad en literatura no es nada atractiva.

Gnomos, Blancanieves, Cenicienta, dragones… ¿cuánto hay de Ernesto Ortega en ese padre que lee cuentos infantiles a sus hijos en Dulces sueños o en El mundo al revés?

Recuerdo que cuando publiqué mi primer libro, La dictadura del amor, acababa de ser padre y alguien me señaló que apenas aparecían niños en los relatos. Era verdad, acaso algún adolescente. Pero los niños y los temas relacionados con la infancia empezaron a surgir de forma natural. Uno escribe de lo que le preocupa, de lo que le atrae. Nunca había sido demasiado niñero, sin embargo, la paternidad, como el amor, te cambian. Aparte, los niños son una fuente inagotable de inspiración. Observando a mi hija y a sus amigos se me ocurren muchas historias. Luego está ese momento mágico de irse a la cama, de leer cuentos con tus hijos que es realmente especial.

¿Existen las hadas?

Por supuesto que existen y si no existiesen tendríamos que inventarlas. Y ten cuidado no vayas a pisar una al salir.

¿Y las sirenas?, ¿crees que es posible escribir un libro de microrrelatos sin sirenas -negras o no-?

Hay una regla no escrita que dice que, en todo libro de microrrelatos que se precie, debe aparecer al menos una sirena, un fantasma y un suicida. Hay una larga tradición de microrrelatos sobre estos temas. Creo que en Los defectos… aparecen dos sirenas: una de refilón en una bañera y una sirena negra que protagoniza uno de los textos. También hay un fantasma y, al menos, que recuerde un intento de suicidio. Pero de las sirenas conviene no abusar, al igual que de los casos de violencia de género, los huérfanos, los enfermos o los fantasmas.

El lector encuentra en Los defectos de la anestesia constantes citas cinematográficas y referencias a diferentes novelas. ¿Hay también metaliteratura inspirada en algún microrrelato? ¿Cuál sería el microrrelato que te gustaría versionar?

Todos conocemos versiones del famoso Dinosaurio, seguramente el microrrelato que más metaliteratura ha generado de la historia. En la Microenciclopedia recuerdo que incluí una versión de Rueda de reconocimiento, el relato con el que Manu Espada, gran autor y buen amigo, ganó Relatos en Cadena, como homenaje. En Los defectos… hay referencias al Conde de Montecristo, a Blade Runner, al Génesis, a Alicia en el país de las maravillas, a cuentos clásicos, una versión de Gran Hermano y bastantes referencias cinematográficas, más o menos encubiertas, pero no soy consciente de haber hecho metaliteratura con otros microrrelatos. De versionar algún texto debería hacerse con textos muy reconocibles, de forma que el lector pueda situarse claramente. Me gustaría hacerlo con Cortázar, con Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda a un reloj, por ejemplo, un texto que incluso se ha utilizado para un anuncio de coches, y con los cuentos de Los niños tontos, de Ana María Matute, uno de los libros de microrrelatos más bellos que he leído.    

Mi cuento favorito es El descuido, una de esas historias de niños extraviados que tanto me fascinan. ¿Tienes especial predilección por alguno de los microrrelatos de Los defectos de la anestesia?

Precisamente ese texto se me ocurrió en el parque, mientras observaba a mi hija. Los microrrelatos son como los colores. Cada uno tiene sus favoritos y muchas veces no coinciden. Es difícil elegir, pero de quedarme con algunos, lo haría por motivos sentimentales y me quedaría con Desintoxicación, porque es uno de mis primeros textos, de cuando todavía no escribía microrrelato, que se utiliza en algunos talleres y en institutos de secundaria. También con Malos tiempos para las Hadas, por el significado que tiene para mí y por la persona que lo inspira. Y con Volver a empezar, el texto con el que gané Relatos en Cadena.

He oído por ahí que escribir un libro de microrrelatos es algo complejísimo, pero a mí no me parece para tanto. ¿De verdad que es tan difícil como escribir una novela? Aconséjame, que no sé hacia dónde dirigir mis pasos.

¿De verdad te han dicho eso? Me parece una aberración. Creo que es mucho más complicado escribir una novela. De hecho yo he intentado escribir dos y las dos las he tenido que abandonar. Una novela es algo muy absorbente y creo que te tienes que sentir muy preparado como escritor para afrontarla. Acabarla, por muy fallida que resulte, tiene mucho mérito. Para mí escribir microrrelatos (incluso relato), hasta tener suficientes como para agruparlos en un libro, como escritor aficionado, me resulta menos arriesgado y más divertido. Puedo hacer cosas muy diferentes unas de otras, probar recursos nuevos, intentar encontrar eso que todavía no ha hecho nadie ­-quizás esa sea la magia del microrrelato-, y lo que no funciona lo tiro a la basura, sin ningún remordimiento. ¡Pero tirar una novela, con la de horas que hay que invertir en ella…! Lo que sí te diré, como lector de microrrelato, es que algunos libros de microrrelatos, y te diría que incluso algunos microrrelatos, me han llenado más que muchas novelas.

Muchas gracias por atenderme con tanta amabilidad.

De nada, amigo. Te dejo algunos de los textos que han salido en la entrevista.

VOLVER A EMPEZAR

El crujir de las hojas les recuerda lo solos que están. La vegetación se ha ido extendiendo por el asfalto hasta sepultar por completo la Quinta Avenida y el Madison Square Garden. Ahora los animales campan a sus anchas por Central Park, mientras ellos pasean de la mano, completamente desnudos, sin ningún pudor, bajo la sombra de los árboles. Nunca han sido tan felices. Al fondo, como últimos vestigios del pasado, las siluetas de los rascacielos medio derruidos alertan de la historia. Por eso, cuando esa maldita serpiente vuelve a aparecer bajo sus pies, ella, sin temor alguno, la coge con sus propias manos y la parte en dos.

DESINTOXICACIÓN

El médico me prohibió leer. Cogió un bolígrafo y anotó algo sobre el cuaderno. Le hubiese quitado el boli allí mismo. Apreté los puños por debajo de la mesa y mentí: quiero dejarlo. De momento, no iban a internarme, pero debía olvidarme de los libros. Si no lograba vencer la enfermedad tendrían que meterme en esa clínica tan prestigiosa para escritores. Me hicieron pasar a una sala mientras el médico hablaba con mis padres. Al llegar a casa, tiraron los libros que tenía escondidos debajo de la cama y dieron mi nombre en las pocas librerías y bibliotecas que quedaban abiertas para que me prohibiesen la entrada. Nunca me dejaban solo. Les engañaba. Me encerraba en el baño y leía la composición de los champús o les acompañaba al supermercado y me paraba en la sección de congelados a repasar los ingredientes. Pero me sabía a poco. Empecé a robar. En el metro miraba de reojo al viajero de al lado y me hacía con nombres y adjetivos del periódico que estaba leyendo. Pillé un verbo transitivo de una carta del banco que sustraje del buzón del vecino. Conseguí dos preposiciones en un carnet de identidad y algunos adverbios terminados en mente en un folleto que me dieron en la calle. Cuando asalté una biblioteca, me internaron. El día que entré en la clínica, vi salir a Juan Manuel de Prada. Había adelgazado y ya no llevaba esas gafas de pasta que le caracterizaban. Tenía mejor aspecto. En mi grupo de terapia reconocí a Lorenzo Silva, aunque la mayoría éramos gente anónima. Pronto descubrí el mercado negro. Al apagar las luces de las habitaciones, nos reuníamos en los baños y traficábamos con palabras. Cambiábamos adverbios por preposiciones y dábamos nuestra alma por encontrar a quien tuviese el adjetivo perfecto. Por la noche componíamos historias, las memorizábamos y al día siguiente, a la hora del paseo, lejos de los ojos de los enfermeros que se distraían con la televisión, nos las contábamos. Cuando salí, todos pensaban que me había curado.

EL DESCUIDO

Todavía recuerdo el día que se perdió. Estábamos en el parque. Llevaba el traje de Spiderman que le habíamos regalado por su cumpleaños. Le hacía tanta ilusión que no se lo quitaba ni para dormir. Me pidió agua. Fui un momento a la fuente y cuando me di la vuelta ya no estaba. Le hubiese podido pasar a cualquiera, me dijeron, pero me pasó a mí y nunca me lo he perdonado, porque a un niño de esa edad no le puedes quitar el ojo de encima ni un segundo. Hay tanto loco suelto.

Llenamos el barrio de carteles, fuimos a programas de televisión y ofrecimos una recompensa a cualquiera que nos pudiese facilitar alguna información. El pequeño Spiderman –así lo bau- tizaron los medios– nunca apareció. Pasó el tiempo y ya nadie se acuerda de él, pero yo nunca llegué a olvidarlo. Por eso esta mañana, cuando lo he visto solo, jugando en la arena, con su traje de Spiderman, he corrido a por él y me lo he traído a casa, entre lágrimas. Y ya nunca más lo dejaré solo, porque a un niño nunca lo debes perder de vista.

MALOS TIEMPOS PARA LAS HADAS

Cuando estalló la crisis, papá ya no pudo comprarnos más libros y las brujas y las hadas se vieron obligadas a emigrar a Alemania, en busca de trabajo. Los lobos, en cambio, se disfrazaron de corderos y huyeron a Wall Street, donde la realidad cotiza al alza y la magia consiste básicamente en multiplicar por dos el valor de las acciones. Los gnomos no pudieron hacer frente a los préstamos hipotecarios. Ni encadenados a sus setas lograron evitar que los desahuciasen. La casita de chocolate también se la ha quedado el banco. Con el calentamiento global acabará por derretirse. El lago donde otrora chapoteábamos felices está casi vacío. Los sapos agonizan al sol, mientras esperan a que alguien los bese, y hasta los patitos más feos han perdido toda esperanza de convertirse en cisnes. Como no tenían papeles, los duendes y los elfos fueron expulsados. Los ogros perdieron el apetito y las perdices están en peligro de extinción. Dicen que habíamos imaginado por encima de nuestras posibilidades, pero a papá no le importa. Cada noche, antes de dormir, entra en nuestro cuarto y se inventa un cuento. Y así vamos llegando a fin de mes.

SIRENA NEGRA

Se lo he oído contar demasiadas veces a demasiados hombres que se acodan en la barra. Siempre empiezan igual, con la canción en una lengua desconocida que va y viene, a merced del viento, del mar al pueblo, del pueblo al mar, serpenteando entre las callejuelas para despertarlos en plena noche. Luego cambian algunos detalles, pero todos acaban bajando hasta la playa, atraídos por la melodía, para ver, entre la bruma, la silueta de una mujer de pelo largo y piel oscura que chapotea en la orilla. De repente la voz se quiebra y la figura desaparece en el agua. La historia la acaban con las diferentes hipótesis, con la de la patera que naufragó esos días muy cerca de allí, con la del empresario de la construcción que ofreció una fortuna por su captura y la ocultó en una piscina para su deleite, con la de la mujer que entonces empezó a cantar por los hoteles de la costa. Todos se preguntan qué fue de ella. Nadie lo sabe, pero, a veces, al salir del Club, siento la necesidad de bajar a la playa, sentarme en la arena y cerrar los ojos para dejar que el viento del sur me acaricie la piel y el vaivén de las olas me traiga el eco de su voz. Y entonces empiezo a cantar una canción en una lengua que ya ni siquiera recuerdo.

David Vivancos Allepuz

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *