Y a cada instante, comienzo: unas notas sobre la Ciudadela de Saint-Exupéry

Igual que para llegar a una ciudadela podemos hallar –y siempre hallamos, de hecho- varios caminos habilitados a tal fin, hacia la Ciudadela (1948)[1]Citaremos, en adelante, de SAINT-EXUPÉRY, Antoine De. 1967. «Ciudadela», en Obras Completas. Barcelona: Plaza y Janés, pp. 575-1125 de Saint-Exupéry existen no pocos hilos y puntos de referencia de un amplio, generosísimo sistema de pensamiento, y que mantiene una extraordinaria tensión de contradicciones, sin comprometer por ello, ni un instante, el proceso de la conciencia.

Curioso, cuando menos, tratándose de una obra póstuma y que debería haber sido, como su propio autor confesó, la summa de su pensamiento, una verdadera biblia, no sólo en tono, sino también en estructura.

Ciudadela, tal como la conocemos, no es una obra terminada, sino reconstruida a partir de páginas dispares, notas fugitivas, borradores… Iniciada en 1938, se suponía que iba a ser la coronación de la fórmula de humanismo a la que el autor llegó y sintetizar así, en un plano superior de pensamiento, todos los grandes temas que habían sido tratados en, por ejemplo, Tierra de hombres, Piloto de guerra o El Principito.

Leyendo sus páginas, una y otra vez, parece que Saint-Exupéry estaba bajo la presión de un destino implacable, acumulando material y sin posibilidad apenas de ordenarlo y terminarlo.

Saint-Exupéry creyó que iba a escribir su obra maestra cuando todavía contaba con la misericordia del destino, lo que debería haberle dado tiempo para completar el proyecto gigantesco que era, como tantas obras fundamentales de la literatura, un work in progress, una obra en construcción.

Ciudadela respira incuestionablemente todas las influencias del período turbulento que su autor vivió a partir de 1938, dando forma a la influencia de los ecos de la guerra, sobre todo para alguien que había dado todo por la idea de la Humanidad y que jamás habría permanecido impasible ante la procesión de desgracias provocadas por el azote más maligno que ha ensangrentado el mundo.

Libro de desesperación o manifiesto de esperanza, lo único que deberíamos tener en cuenta son los temas principales entrelazados y orquestados por esta obra insólita, única a su modo y manera. Libro que es, ante todo, y sin muestra alguna de pretexto épico, la expresión de un credo asumido con todas sus contradicciones y sinuosidades; hay pasajes secos y metáforas maravillosas, sentencias absolutas y aproximaciones ingenuas, continuidades y discontinuidades desconcertantes.

Toda vez que es, sin duda, el menos exitoso desde el punto de vista literario, incluye las páginas más bellas del autor.

Lleno de máximas con tendencias didácticas y de monólogos, Ciudadela afirma una filosofía de la existencia en oposición a una filosofía de abstractas esencias, enraizada en la conciencia humana por los prejuicios y apoyada por una larga tradición. Su tono es bíblico, puesto que la alegoría del libro tiene algo de serio misterio de los valores primordiales, aunque no hallemos en Saint-Exupéry ni el fervor excesivo de un creyente ni la organización de un filósofo.

Hay un contraste sorprendente entre los pasajes confusos, aburridos y a menudo contrapuestos, y los maravillosos oasis con páginas de una imaginación y un tono poético absolutamente cautivadores. Es en ese desierto, espacio de polvo o ceniza, donde, a decir de Jabès, la palabra victoriosa se ofrece en su desnudez liberada[2]JABÈS, Edmond. 2000. Del desierto al libro. Madrid: Trotta, p. 95. Desierto, escenario del diálogo donde el hijo de un rey bereber habla de la sabiduría de su padre y de su propia experiencia iniciática. Lo que surge desde el principio es una doctrina de vida ideológica, que se propone superar la vida común, banal y perecedera en nombre de la grandeza humana, la verdadera construcción humana.

Leemos a Saint-Exupéry: «Descubrirás lo esencial de la caravana cuando ella se consuma. Olvida el vano ruido de las palabras y mira: si el precipicio se opone a su marcha, contornea el precipicio, si la roca se levanta, la evita; si la arena es demasiado fina, busca más lejos una arena más dura, pero siempre retoma la misma dirección […] tantea para encontrar un suelo sólido; pero muy pronto vuelve al orden, una vez más, en su dirección primitiva […] A veces muere aquel que servía de guía. Se lo rodea. Se lo entierra en la arena […] se enfila el rumbo una vez más, hacia el mismo astro. La caravana se mueve así necesariamente en una dirección que la domina, es piedra pesada en una pendiente invisible»[3]SAINT-EXUPÉRY, Op. Cit., pp. 590-591.

Con una civilización humana profundamente amenazada por factores externos e internos al mismo tiempo, salvaguardarlo todo ya no es una cuestión de libre elección, sino la decisión de un líder inflexible que se propone para legislar y ordenar.

Saint-Exupéry estaba extasiado por el milagro del nacimiento del hombre en cada uno de sus semejantes, resultado de una opción sin restricciones, de tensiones dramáticas, elección entre el Ser y la Inercia.

El Rivière de Vuelo nocturno es uno de estos ejemplos ilustres y su autor había apoyado generosamente la posibilidad de la aparición del hombre incluso en las más modestas existencias. No olvidemos que del Principito se dice que fue modelado sobre el hijo de una pareja de inmigrantes polacos y que apareció, casi por quimera, en un tren desdichado.

Ni por un momento pensemos que no es esta la verdadera definición de un momento de gracia y de inspiración excepcional, de la libertad misma: el crecimiento de un árbol a partir de una mísera semilla pero que lleva en su interior, virtualmente, el milagro de devenir.

Todo este proceso es lento, supone sucesivos estados de mente y conciencia sin obstáculo o restricción.

Con Ciudadela, empero, se cierra el camino de la opción individual: el amor tiránico del jefe es el único que puede ordenar que las piedras se conviertan en una catedral. Nada puede impedir la arbitrariedad y el absolutismo de este peligroso, incluso monstruoso, líder iniciático, si no queda claro que su aspiración a la perfección y sus represalias se dirigen a los defectos de la raza humana.

Tan aislado en su grandeza como Rivière, el príncipe bereber piensa el mundo y prepara el triunfo del Hombre en cada uno de los individuos que pueblan su territorio.

Podría decirse que Saint-Exupéry es el seguidor, en Ciudadela, de aquellos amos de pueblos que, desde tiempos inmemoriales, cuando se dieron cuenta de la fragilidad del género humano, hicieron que sus súbditos construyeran las pirámides, signos de la eternidad, a costa de sus vidas. Así, el camino de la decisión quedaba clausurado.

Se han observado las numerosas contradicciones de este trabajo. Sin embargo, es evidente que Saint-Exupéry ha subrayado más de una vez la necesidad de hacer refutaciones en el ámbito del conocimiento. Siendo un observador agudo, a menudo consideraba el mismo hecho desde diferentes puntos de vista, impulsado por la necesidad de discernir su verdadero significado; además, la mayoría de las contradicciones de Ciudadela son de naturaleza aparente, animadas por la necesidad de discernir su verdadero significado. Provienen de la apariencia.

Esta apariencia, que de hecho es también el punto de referencia para los lógicos, los racionalistas y los historiadores, es sólo una corteza que debe ser atravesada para llegar a la esencia. Debe quedar claro que no se trata de una esencia abstracta, sino de la esencia de la existencia, la vida misma. Esta búsqueda de la esencia es un enfoque sistemático, que encuentra muchas fórmulas poseedoras de un poder mágico de sugestión. Debemos recordar las célebres palabras del zorro, su secreto: «Sólo se ve bien con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos»[4]SAINT-EXUPÉRY, «El Principito», Ibíd., p. 558.

Lo esencial se descubre a través del sufrimiento, la tensión, la renuncia y la aceptación de la idea de que los obstáculos son necesarios en el camino hacia el futuro.

De hecho, todos los pequeños detalles de la vida cotidiana se convierten, en momentos de duda y desorden, y debido a su dolorosa falta, en los puntos de referencia y significado de la existencia.

Bajo la metáfora de un hombre que desea y reclama sus obstáculos diarios, se le habla a toda la humanidad a través de los dos valores supremos: el amor y la libertad. En sus primeras obras, Saint-Exupéry concede una importancia capital al derecho a ser. En Ciudadela, esta posibilidad se circunscribe a los impulsos naturales que serían contrarios al futuro del individuo.

La generosidad alcanza aquí su punto máximo, pero también su retroceso, mientras que la salvaguarda se opone a la opción individual. El derecho del individuo está prácticamente anulado, sólo existe si se recorre el camino rastreado por el jefe, si se despersonaliza. Es, en un sentido muy sutil, la expresión dramática de un amor sofocante que no tolera la elección. Esta forma de absolutismo se basa en la preocupación por el éxito final: la perfección del Hombre.

Una de las claves del pensamiento de Saint-Exupéry y que aparece en sus primeros escritos es el intercambio, lo recíproco. Algo que en Ciudadela se convierte en fundamental: «Descubrimos que la vida no tenía sentido más que si se la cambia poco a poco. La muerte del jardinero en nada lesiona al árbol. Pero si amenazas al árbol, muere dos veces el jardinero. Había entre nosotros un viejo narrador que conocía los cuentos más bellos del desierto. Y que los había embellecido. Y que era el único en conocerlos, pues no tenía hijos. Y así que la tierra comenzó a deslizarse temblaba por los pobrecitos cuentos que ya nunca serían cantados por nadie […] ¿Y qué quieres tú que uno cambie en sí, para embellecer una marejada movible que vuelve lentamente y lo traga todo? ¿Qué construir sobre esos movimientos?»[5]SAINT-EXUPÉRY, «Ciudadela», Ibíd., p. 608.

A cambio, el hombre se recrea a sí mismo: de perecedero, se convierte en eterno. Cada logro de la humanidad, de una cultura o una civilización se basa precisamente en el ritual del intercambio. No se trata de poseer sino de dar. Cada acto del valor del intercambio ha tenido lugar a través de él, desde el sacrificio que lo inspiró hasta el hecho de que cancela la muerte. Esta idea aparece escrita de forma bellísima en Vuelo Nocturno: «Ligados a nuestros hermanos por un objetivo común y que se sitúa fuera de nosotros, sólo entonces respiramos. La experiencia nos enseña que amar no significa en absoluto mirarnos el uno al otro, sino mirar juntos en la misma dirección»[6]SAINT-EXUPÉRY, «Vuelo nocturno», Ibíd., p. 324 [las cursivas son nuestras].

Y aquí, en su libro póstumo, vuelve con más agudeza, si cabe, exornada con el motivo de la comunión humana: «Si quieres que sean hermanos, oblígalos a construir una torre»[7]SAINT-EXUPÉRY, «Ciudadela», Ibíd., p. 633. Es la misma forma de pensar que Rivière usó para forzar a sus subordinados a someterse a los ritos sin juzgar su corrección.

En Ciudadela entendemos mejor por qué ciertos ritos son sólo medios para un objetivo que los supera. La obra en sí, a pesar de las contradicciones inapreciables en cuanto a sus cualidades, se sitúa entre las cosas que hacen visible y transparente un valor superior que se deriva del conocimiento integral del significado de la construcción.

Levantar una torre juntos da sentido a una comunidad.

En un nivel de comprensión más elevado, el acto en sí se vuelve irrisorio, inútil, porque lo importante es el fervor que lo inspiró y puso en marcha, la grandeza individual al servicio de algo que, sin embargo, va más allá del individuo.

La humanidad se presenta a Saint-Exupéry como un árbol que no puede ser entendido tomando las partes componentes de forma aislada: raíz, tronco, rama, fruto, semilla. El sentido de la existencia y la verdad de la condición humana escapan al conocimiento común. Esta es la razón esencial de la severa acusación de todas las categorías que, en virtud de un código aceptado, distorsionan el conocimiento: arquitectos (creadores de formas), lógicos, racionalistas (que emiten juicios unívocos y pueden probarlo todo), educadores… Entre estas categorías, se concede un lugar especial al lenguaje, que se incrimina, de forma sistemática, en la obra de Saint-Exupéry: «Por ellos es que he despreciado siempre como vano el viento de las palabras. Y he desconfiado de los artificios del lenguaje […] Porque la vida no permite subterfugios. No se engaña al árbol: se lo hace crecer según se lo dirige. El resto es sólo viento de palabras»[8]Ibíd., p. 650.

Sin embargo, existe una especie de foco esencial, un ámbito de afinidades que vincula todas las existencias y cosas entre sí, que rehace la imagen integral del árbol. La infinita red de relaciones, una especie de nudo divino cuyo conocimiento libera al hombre y le confiere la verdad de su condición.

Sólo quienes cambian tienen acceso a este nudo divino y este cambio es a su vez facilitado por el fervor. Una vez que se obtiene el fervor, se produce un proceso revelador cuyo propósito es la aparición de la esencia a través de la apariencia. Pero este milagro del conocimiento es sólo el resultado de la experiencia directa a través de la vida. El autor opone al conocimiento lógico y racionalista el valor revelador de la creencia, que se concibe como la capacidad de dar, de ofrecer, condición esencial para la construcción de la Ciudadela.

Preocupado por definir claramente el camino de la salvaguardia de la humanidad, Saint-Exupéry retoma en las páginas de este último libro toda la dialéctica del devenir, que tiene como punto de partida el callejón sin salida, atraviesa el fervor y llega a la incandescencia de la cualidad de la libertad, esto es, el conjunto de las obligaciones aceptadas.

Esta es sin duda la restricción, menester de la fe, y sin la cual la vida no tendría sentido. El otro tipo de restricción -la sumisión a las exigencias de la fuerza o el condicionamiento material- no conduce a la libertad, sino a la anulación. Frente a tal proceso de transformación del hombre, el problema de la felicidad, en el sentido común, ya no se plantea.

Las grandes figuras de las obras de Saint-Exupéry no son gente feliz, sino gente auténtica.

Según él, el hombre debe buscar en primer lugar la coherencia y no la felicidad, que significa la suficiencia; la libertad es una especie de esclavitud cuando empuja al hombre a buscar la satisfacción de una vida mediocre, condicionada exclusivamente por el bienestar material. La libertad es verdadera cuando lleva al hombre a ese ámbito de tensiones esenciales que le empuja a superarse a sí mismo, revelando un objetivo más elevado y confiriéndole una ansiedad formativa. Este es uno de los temas favoritos de Saint-Exupéry, la búsqueda de la plenitud en la sed de lo absoluto, al igual que El Principito dice: «Tengo sed de esta agua»[9]SAINT-EXUPÉRY, «El Principito», Ibíd., p. 563 [las cursivas son nuestras].

Para el autor, los ritos son esenciales en el camino del futuro del hombre: desde el gesto de los actos cotidianos a las exigencias de un trabajo bien hecho, y de ahí hasta el sacrificio supremo.

El acceso al nudo divino presupone una doble condición: asumir el rito, la devoción, y la preparación del ser para lo que resulte de él, para el fervor de cada acto, capaz de suscitar una nueva sed de realización.

Esta es, de hecho, la condición para la construcción de la Ciudadela, ese altar de las esencias de la humanidad que se construye en cada individuo.

A través del significado del rito y de la doble condición de acceso al nudo divino, una de las verdades inmutables del pensamiento de Saint-Exupéry -la urgencia y el alcance de la obra- aparece bajo una luz nueva.

Tal obra, como solución para autentificar al hombre y como medio para combatir la muerte, sólo tiene valor en su continuidad. Incorporado a un rito que lanza al ser hacia la eternidad, se convierte en el catalizador de la perfección porque cada acto, una vez completado, da lugar a una creciente sed de acción.

La obra, vista desde esta perspectiva, nunca termina, porque obedece a la transparencia y la vinculación. Más allá de las metas tangibles y falsas que el hombre alcanza o abandona por otras de la misma especie en una única vida, sólo el proceso espiritual completa la Ciudadela.

Sabemos que el pensamiento de Saint-Exupéry está disociado, en toda su obra, del modo de salvaguarda cristiano y de la imagen de Dios. En Ciudadela, la divinidad tiene para él las marcas esenciales del ideal humano, los símbolos de los valores tutelares del Hombre, escritos con mayúsculas, que pueden realizarse, a través de un profundo misterio, en cada individuo: amor, libertad, comunión. Este es el acceso al nudo divino, en una de las páginas más densas del libro.

El contacto con la divinidad se encuentra así, en la frontera donde se purifican todas las nociones pervertidas, se suprimen las contracciones fijadas por la lógica y aparece la plenitud como un estado necesario.

El Dios de la Ciudadela, tal y como fue descubierto por el príncipe bereber, no tiene las características del demiurgo, sino que la deidad permanece muda e incorruptible a todas las solicitudes. No responde a las preguntas, no ofrece recompensas por el esfuerzo de haber seguido el camino con tanta dificultad. Es un Dios inabordable y es precisamente de esta cualidad de donde se extrae la verdad de su esencia. Este símbolo significa en realidad la tensión que sufre el hombre en el camino hacia la perfección. Es el ideal del ser humano, la imagen nostálgica de toda construcción.

Y así, de la desesperación de haber encontrado vacío el lugar de la trascendencia, nace el supremo apaciguamiento, la conciencia de que, más allá de los accidentes de la existencia individual y la aceptación dogmática de la divinidad, hay realmente algo perfecto: la sed de perfección y de lo inmortal. El anhelo, en fin, de la eternidad.

Esta es la esencia humana a la que todo individuo debe aspirar y a la que se entrega sin esperar ninguna recompensa, ya que la recompensa, por lo que se puede decir, proviene de la compulsión causada por la bocanada, de la tensión y todas las energías desatadas. Alimentarse de la divinidad significa, finalmente, llegar al silencio. Y no el silencio antes de la respuesta o el silencio después de ella, sino el silencio perfecto, que significa la supresión de la pregunta. Puesto que, como escribirá Mujica, «en el principio no hay nada»[10]MUJICA, Hugo. 2014. «Poéticas del vacío», en Del Crear y lo Creado 3. Prosa selecta. Madrid: Vaso Roto Ediciones, p. 19.

Mientras el hombre sea un testigo pasivo o persiga exclusivamente el bienestar material, su oportunidad de participar en la grandeza y la verdad de su esencia está comprometida. Ni el cuestionamiento ni la especulación lo llevan a ninguna parte. Sólo cuando experimenta una vida dedicada a un ideal -que siempre está más allá de él- llega a su verdad, se da cuenta de que sus preguntas eran falsas y de que lo esencial es desencadenar auténticos estados de ánimo para que pueda cambiar su efímero ser.

El hombre es un camino completado por la divinidad de su especie que, a su vez, es la depositaria de los valores más nobles de la humanidad. La vocación sagrada de Saint-Exupéry, encarnada en una suerte de moralismo, de un nuevo Montaigne –así nos lo ha dicho, y pienso que con acierto, Rousseaux[11]ROUSSEAUX, André. 1960. Panorama de la literatura del Siglo XX. Madrid: Guadarrama, p. 473- tal como se nos presenta en su último libro, es profundamente humana.

Después de todo, este piloto ya no es objeto de una acción que justifique su lugar en la comunidad, ni tan siquiera el metafórico mito del sacrificio -un mito que se encuentra en el corazón de la historia y la cultura del Occidente cristiano- sino una suerte de fundador espiritual, de líder moral, de una unidad comunal donde los hombres se reconocen y aman en tanto comparten y explotan sus culpas.

Este piloto de guerra ya no es el hombre pájaro de los míticos vuelos nocturnos, sino que tal arcángel se ha convertido en un Ícaro cuyas alas han dejado de arder en el fuego de los bombarderos alemanes. Saint-Exupéry, penetrando en el espacio ideal de la aventura, deviene explorador y cartógrafo, arrostrando la nostalgia, llevando en su interior la destrucción de todo cuanto había creado antes.

Ciudadela es la confirmación, en la realidad de nuestras vidas y desde nuestra concepción, de que pasamos la mayor parte de nuestro tiempo soñando con la eternidad, sustrayéndola de las impresiones aleatorias, de forma que se eleve al nivel del concepto, para convertirla, después, en un atributo esencial de la obra que nuestro narrador dice estar construyendo.

Aunque sea, desde el inicio, una paz cálida lo que promete por la eternidad, como don a Dios, el lirismo del tono no compensa el registro puramente terrenal de las imágenes.

A pesar de la expresión «don a Dios», nada de esto implica ninguna relación del hombre con Dios; lo importante es el resultado positivo de su acción, que es valorada por su naturaleza desinteresada, en un conocimiento afectivo, en sus sublimaciones.

En lo increíble, sin duda, de sus deseos.

El Dios de Ciudadela es el ámbito impersonal de la coincidencia, de la afinidad, que une a la gente, confiere significado y establece un orden en el que el universo adquiere un profundo significado.

Cada individuo que se ha abierto a lo divino ha encontrado la ocasión de ver la llama de la humanidad, de la grandeza y de la eternidad encenderse en su interior.

Título: Ciudadela
  • Autor/es: Antoine de Saint-Exupéry
  • Editorial: Alba
  • Nº de páginas: 600
  • Encuadernación: Tapa blanda

Referencias   [ + ]

1. Citaremos, en adelante, de SAINT-EXUPÉRY, Antoine De. 1967. «Ciudadela», en Obras Completas. Barcelona: Plaza y Janés, pp. 575-1125
2. JABÈS, Edmond. 2000. Del desierto al libro. Madrid: Trotta, p. 95
3. SAINT-EXUPÉRY, Op. Cit., pp. 590-591
4. SAINT-EXUPÉRY, «El Principito», Ibíd., p. 558
5. SAINT-EXUPÉRY, «Ciudadela», Ibíd., p. 608
6. SAINT-EXUPÉRY, «Vuelo nocturno», Ibíd., p. 324 [las cursivas son nuestras]
7. SAINT-EXUPÉRY, «Ciudadela», Ibíd., p. 633
8. Ibíd., p. 650
9. SAINT-EXUPÉRY, «El Principito», Ibíd., p. 563 [las cursivas son nuestras]
10. MUJICA, Hugo. 2014. «Poéticas del vacío», en Del Crear y lo Creado 3. Prosa selecta. Madrid: Vaso Roto Ediciones, p. 19
11. ROUSSEAUX, André. 1960. Panorama de la literatura del Siglo XX. Madrid: Guadarrama, p. 473
Daniel Arana

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