Volver a Mississippi (In The Heat of the Night, 1967)

Virgil Tibbs (Sidney Poitier) es un perfecto desconocido en Mississippi, un inspector de policía negro en patria de blancos. Pasea por sus calles, como el extraño que es, y se da de bruces con el inhóspito racismo que pervive en la zona. Él viene de la muy liberal Philadelphia.

Un lugar aburrido en el sur en tiempos de paz, como diría Carson McCullers. Una noche calurosa. Ray Charles canta al desamor y la desazón. El astuto, grueso, ávido comedor de chicles, sheriff Gillespie (Rod Steiger), a quien no eligieron por sus capacidades investigadoras, no sabe qué hacer con el cuerpo de Leslie Colbert, un industrial del norte, rico y poderoso. Y Tibbs aparece por allí, detenido al principio, utilizado para la investigación después.
Como en Picnic (Joshua Logan, 1956) o The Chase (Arthur Penn, 1966), la llegada de un hombre a un lugar determinado puede cambiarlo todo. Gillespie es sincero desde el principio, y expone sus recelos cuando el inspector de insignia tan impecable como su aspecto y su traje, da ejemplo. Cuando demuestra su inteligencia: Well, you’re pretty sure of yourself, ain’t you, Virgil. Virgil, that’s a funny name for a nigger boy to come from Philadelphia. What do they call you up there? (Bueno, ¿está usted muy seguro de sí mismo, eh, Virgil? Virgil, curioso nombre para un chico negro de Philadelphia. ¿Cómo le llaman allá?) Tibbs no es menos sincero: They call me Mister Tibbs (Allí me llaman señor Tibbs). En el norte, ese negro tiene un nombre y se le respeta como al blanco más rico.

Aunque pesa sobre sus cimientos la apariencia de “whodunit”, el extraordinario film del, eso sí, ocasionalmente irregular Norman Jewison va mucho más allá, y se construye -con una planificación de rotunda modernidad y que choca con el ambiente anticuado, casi de western crepuscular que podría denotar- un retrato feroz sobre los prejuicios raciales, sobre el tema de la community americana, profunda, y que prefiere quedarse atrás antes que evolucionar. Ese retrato se va forjando, en tanto mejora la relación, antagónica en un principio, de los dos policías. Cada uno con su metodología, pondrán de acuerdo las piezas del enmarañado crimen que se ha cometido. Del prejuicio a la admiración, a través de los ojos de los diversos personajes, imbuidos del patetismo lógico que se atribuye a esas comunidades retrógradas, con el racismo como enfermedad congénita en el sur.

A partir de la novela de John Ball, se construye una narrativa ágil, sensible y habilidosa, con toques humorísticos, y una buena cantidad de escenas inolvidables. Retengo, por ejemplo, una en particular, que tiene lugar en el invernadero de orquídeas de Handicott, el más importante ciudadano de ese pueblecito de Sparta. Allí, al ser objeto de acusaciones, abofetea enseguida a Tibbs y éste le devuelve la bofetada, para regocijo del racista Gillespie, que empieza a tomar conciencia de que es como ellos, uno de ellos. El montaje excelente da una fluidez rara a la película, la escenografía plantea un entorno real y no adulterado. La fotografía, de Sparta (en realidad, también está rodada en lugares como Chester, Belleville o Dyersburg) y de su soñolienta vida de provincia, de los campos de algodón con recolectores negros, por donde no parece haber transcurrido el tiempo, del entorno carcelario en una pequeña estación de policía, de la cobarde agresión racista contra Tibbs… etcétera, es superlativa y creo que el empleo de la técnica “macro” durante el examen del coche del asesinado, aporta ese debido espesor a toda narración que contiene un crimen de no menos espesa resolución.

Si In the Heat of the Night (En el Calor de la Noche, 1967) funciona como una notabilísima pieza de relojería es, en parte, por el guión supremo de Silliphant y por su reparto. Steiger y Poitier son igualmente necesarios para que funcione la película de la forma en que lo hace. Lo son en tanto juega cada uno su rol con la suficiente credibilidad, como para que, antagónicamente, quede patente que ciertas actitudes del personaje interpretado por Steiger sean ejemplo de lo peor que la humanidad puede representar, al mismo tiempo que algunas del inspector que caracteriza Poitier sean representativas de lo mejor que puede dar de sí la humanidad.
Sin embargo, los resultados revelan su verdadero poder cuando ambos hombres emigran hacia el centro. Tibbs no siempre es perfecto y recto, tiene que admitir en un momento que estaba buscando uno de los sospechosos por encima de todos los demás, sólo por razones personales. Gillespie tiene sus momentos en los que flota hacia la respetabilidad y la bondad, donde su revestimiento racista se diluye en favor de uno más humano. Ambos circulan hacia el medio, lo que permite al público identificarse no como personajes en un drama racial, sino como simples personas, que son capaces del bien y el mal, de la virtud y de, por último, compartir más cosas de las que creen que les separa.

In the Heat of the Night (1967) es una película sobre el ser humano más que un thriller, es una película sobre la soledad más que sobre el crimen o los prejuicios raciales, ejemplificado con la imagen de dos seres particulares, solitarios como digo. El diálogo entre ellos, en casa de Gillespie, hacia el final de la película, es sencillamente antológico:

Gillespie: You know, you know Virgil, you are among the chosen few.
Virgil: How’s that?
Gillespie: Well I think that you’re the first human being that’s ever been in here.
Virgil: You can’t be too careful, man.
Gillespie:…I got no wife. I got no kids. Boy…I got a town that don’t want me…I’ll tell you a secret. Nobody comes here, never.

(Gillespie: Ya lo ve, Virgil, está usted entre los pocos elegidos.
Virgil: ¿Cómo es eso?
Gillespie: Bueno, podría decirse que es el primer ser humano que entra aquí
Virgil: No se puede ser tan cuidadoso.
Gillespie:…No tengo mujer. Ni hijos. Muchacho…tengo una ciudad que no me quiere…le contaré un secreto. Nadie viene aquí, jamás.)

Llega un momento, tal es la importancia de los valores humanos contenidos en el filme de Jewison, que el espectador sencillamente ha olvidado el crimen que se investiga. Cuando al final se descubre el verdadero culpable, uno sabe que ha asistido a todo un duelo de caracteres, un híbrido entre western moderno y thriller, entre drama racial y costumbrismo sureño, y que además se lo han contado de manera excelsa.
Como barniz de actitudes, Jewison logra la que sea, tal vez, una de las mejores obras de toda su filmografía, un anómalo ejercicio de cine. Y una joya indiscutible de los años sesenta. Para volver a Mississippi, para hacerlo en el calor de la noche, primero se debe tomar un tren de vuelta y reflexionar sobre lo que se ha visto. Nadie en realidad vuelve a Mississippi, pues volver es siempre un desafío para un hombre que se sabe solo.

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Daniel Arana

3 comentarios

  1. Me encanta esta pelicula, mi familia y yo la habremos visto 20 mil veces. Sidney Poitier es una Clasico del cine interracial americano. Yo os recomiendo ver otra suya Como…Adivina quien viene esta noche.

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