Valor de Ley: la renovación de la novela «western» en Norteamérica

Cuando Tom Chaney se emborracha y dispara a Frank Ross, la pequeña Mattie, de catorce años e hija del finado, está convencida de que Chaney es un caso típico de ojo por ojo, diente por diente. Con ese objeto sale de Dardanelle, Arkansas, y negocia para que le ayude Rooster Cogburn, un mariscal de Estados Unidos de amplia reputación, mezquina disposición y letal ayuno. A pesar de su resistencia inicial y un inoportuno cazarrecompensas que quiere a Chaney vivo, Mattie Rose cruza al Territorio Indio, donde plantará cara al criminal.

Ésta, grosso modo, es la sinopsis de True Grit (Valor de Ley, 1968), la segunda novela de Charles Portis y un libro tan fundamental como olvidado[1]Todas las referencias están extraídas de PORTIS, Charles. 1971. True Grit. London: Penguin (las traducciones son nuestras).. Al menos, hasta que los hermanos Coen dispusieron una criticable segunda versión[2]La novela de Portis ya había conocido una primera, en 1969, muy superior aunque distinta de la novela, a cargo de Henry Hathaway, y que le valió el Óscar a John Wayne..

En boca de una Mattie Rose, ya de mediana edad, se nos relata toda la historia en presbiteriana primera persona y maravillosamente divertida. Valor de Ley es una rareza, una novela realmente cómica, pese al contexto, pero también una importante contribución al género de la novela occidental. Esto es así principalmente porque pertenece a lo que podría llamarse una novela de «lector». Es decir, un libro que no sólo resulta agradable y ameno –lo que, a simple vista, no dice nada de su calidad literaria-, sino que también es satíricamente creíble. Eso la hace distinta. Ya no estamos ante una novela western de Karl May o de Zane Grey y es que los tiempos son distintos. Werlock nos habla, no por nada, de un escritor que cambió la novelística contemporánea del western a través del uso de la parodia, la comedia o el mito, bajo la influencia del estilo periodístico de Tom Wolfe[3]WERLOCK, Abby H. P. 2006. “Charles Portis”, en The Facts on File Companion to the American Novel (Vol. III). New York: Facts on File, p. 1061.

Y es cierto que la novela tiene éxito, de forma muy temprana, en convencer al lector de que en realidad fue escrita por su protagonista y narradora, Mattie Ross, en ese momento una solterona de sesenta y cinco años, y administradora de un banco en una pequeña ciudad de Arkansas. La oración introductoria del libro le da la salida a la carrera de fondo a la que se va a ver enfrentado el lector: «A la gente no le parece posible que una niña de catorce años abandone su casa en pleno invierno para vengar la muerte de su padre, pero entonces no resultó tan extraño, aunque he de admitir que no era una de esas cosas que ocurren a diario. Yo tenía catorce años recién cumplidos cuando un cobarde que utilizaba el nombre de Tom Chaney disparó contra mi padre en Fort Smith, Arkansas, arrebatándole la vida, el caballo y ciento cincuenta dólares en efectivo, aparte de dos piezas de oro californiano que llevaba en el cinturón».[4]Portis, Op. Cit., p. 7.

Estamos, pese a su ambientación western, más cerca del espacio narrativo que nos dejaría frente a los relatos metafísicos de un Hemingway. El profesor José María Bardavío nos habla de «aventura del instante próximo»[5]Vid. BARDAVÍO, José María. 1977. La Novela de Aventuras. Madrid: S.G.E.L., pp. 11-67 y somos, por tanto, conscientes de que lo trágico de esa frontera entre la vida y la muerte sobrevolará toda la novela. Para ello es casi obligado también que la protagonista de ese instante resulte auténtica y así, Portis se sirve de la retórica necesaria para convencernos de tal cosa. Esto es, para establecer que Mattie es quien escribe, así como la narradora y personaje central de la novela. Esa retórica permite que su propia personalidad se nos revele de una manera tan completa que, antes de cumplirse la cuarta parte de la narración, el lector cree conocer a la niña Mattie y la apoya. La acepta a como personaje plausible, que viene a la vida para el lector, en parte porque está llena de errores humanas. Lo importante, sin embargo, es que esos fallos son adecuados para dama de la tercera edad que recuerda, y así nos cuenta, el momento más emocionante de su vida.

Presumida a su manera y muy religiosa, está firmemente convencida de que, cuando mate a Tom Chaney, será porque Dios se lo ha ordenado y la ha ayudado a sostener el arma. Por otra parte, la joven Mattie, casi por completo diferente al de su homónimo y anciano narrador, posee exactamente las características que uno esperaría encontrar en una niña de la frontera a la que se le ha enseñado a confiar en Dios para que la luz prime sobre la tiniebla.
Estamos ante una astuta y cuidadosa mujer de negocios, que posee todas las virtudes de lo fronterizo tan asociadas con los protagonistas de las novelas occidentales. En Mattie Ross, sin embargo, se vuelven irónicas. Hay suficiente hipérbole en funcionamiento en la novela para proporcionar la ironía que Portis busca, pero está lo suficientemente restringida para evitar volverse grotesca.

Esta mujer de libros, matemáticas y contabilidad, encaja bien con la cosmovisión en blanco y negro de su personaje. Cuando era niña, estaba a cargo de los libros de su padre y, como adulta, presta servicio a su iglesia y a su banco. Diríase incluso que, aparte de la aventura emprendida en el curso de la historia, ella ha tenido poca o ninguna experiencia en la vida real. Sus ideas de moralidad y justicia se alinean con la forma en que un talonario de cheques debe equilibrarse a fin de mes: acción por acción, lo recibido en acción debida. Esta es la ley de la retribución y por eso la Lex Talionis como castigo idéntico a la ofensa. Por esta razón, sabemos que la novela es tan significativa como divertida o satírica. Mattie, de hecho, parece ser todo lo que debe ser el «héroe» de una novela occidental. La diferencia irónica y significativa es que ella no es un cowboy ni un sheriff, sino una muchacha que todavía no puede llamarse adolescente siquiera.

El personaje de Mattie se define por sus ideas exactas de lo correcto y lo incorrecto. Sus interacciones con el comerciante de caballos, aunque ciertamente cómicas, revelan cómo su idea de justicia es inquebrantable. Y este rasgo de su carácter, la obstinación, también puede convertirse en uno muy valorado en la sociedad como la integridad. La forma en que nos acercamos a Mattie -y este es otro de los logros de Portis- nos obsequia con una suerte de espejo travieso que nos permite probar diferentes puntos de vista sobre nosotros mismos y el mundo que nos rodea para saber mejor quiénes somos y quiénes queremos ser.

Y por eso precisamente somos conscientes de que la niña Mattie es, por definición, un personaje trágico. El hecho de que este personaje no cambie a lo largo de la historia o que no siga un proceso dramático tradicional de cambio y transformación, es porque encaja en la categoría del antihéroe trágico. Cuando un personaje o una historia lo son, podemos ver retrospectivamente cómo los rasgos de su personaje los llevarán a ellos y a otros a la ruina. Esto no quiere decir que Mattie sea un personaje negativo o vituperable, al contrario, nos compadecemos de su situación y podemos entender sus elecciones a la luz de la visión del mundo que nos expone a través de la narración.

Su idea de justicia la lleva a buscar venganza, matando a Chaney. Pero nunca vemos a Mattie satisfecha o feliz cuando éste muere. Portis sondea, de una forma especial, el valor de la justicia a través de la violencia y las diferencias entre la justicia y la venganza. Pero no es menos cierto que, una vez eliminadas la compasión y la simpatía de la ecuación, lo que resta es otro ejemplo de la peculiar teología de Mattie: el castigo predestinado de Dios a la humanidad más descreída.

Además de proporcionar al lector personajes tan deliciosos y creíbles como la Mattie niña y la Mattie madura, Portis suministra al menos otros dos personajes que satirizan estereotipos occidentales. Sin embargo, lo hace con respeto y no con malicia. Estos dos personajes son el tuerto «Rooster» Cogburn y un Ranger de Texas llamado LaBoeuf. Cada uno de estos es, a su manera, la parodia de un «héroe occidental»: Cogburn está gordo, con mala salud, indecoroso, algo cobarde, dado a beber en exceso y, en palabras del hombre que se lo menciona a Mattie como candidato probable para ayudarla a encontrar a Tom Chaney, «es un hombre implacable, rudo y que no concibe el miedo. Le encanta empinar el codo»[6]Ibíd., p. 16.

Más allá de estas valoraciones sobre los personajes, lo que Portis pretende dejar patente es que la idea central de la Justicia conduce a las de Desilusión, Pérdida y, sobre todo, la del Juicio Humano frente al Juicio Divino. A diferencia de las adaptaciones cinematográficas, quien sostiene aquí el peso argumental, y apoya estas convicciones, es el personaje esencial de Mattie Ross.

Este libro, publicado en 1968, llegó a las editoriales en medio de la Guerra de Vietnam (otro ejemplo de teología vengativa) durante la ofensiva del Tet y un año después del célebre verano de amor. Sin embargo, las cuestiones de justicia, venganza, violencia, rectitud y el valor e importancia constantes del cristianismo en la vida cívica estaban ciertamente presentes en la conciencia de la nación y por eso, diríase que aparecen representados con humor y elocuencia en esta novela magnífica sobre la verdad y lo vivido, este Valor de Ley que aún hoy resulta atemporal.

Título: Valor de ley
  • Autor/es: Charles Portis
  • Editorial: DeBolsillo
  • Nº de páginas: 201
  • Encuadernación: Tapa blanda

Referencias   [ + ]

1. Todas las referencias están extraídas de PORTIS, Charles. 1971. True Grit. London: Penguin (las traducciones son nuestras).
2. La novela de Portis ya había conocido una primera, en 1969, muy superior aunque distinta de la novela, a cargo de Henry Hathaway, y que le valió el Óscar a John Wayne.
3. WERLOCK, Abby H. P. 2006. “Charles Portis”, en The Facts on File Companion to the American Novel (Vol. III). New York: Facts on File, p. 1061
4. Portis, Op. Cit., p. 7
5. Vid. BARDAVÍO, José María. 1977. La Novela de Aventuras. Madrid: S.G.E.L., pp. 11-67
6. Ibíd., p. 16
Daniel Arana

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