Un millón en la basura (José María Forqué, 1967)

Es de noche. La cámara se desplaza del luminoso y navideño escaparate de una humilde tienda de comestibles a la silenciosa y desierta calle de un fantasmagórico y paupérrimo suburbio madrileño. En uno de sus hogares, Pepe, empleado municipal del servicio de limpieza, arropa a sus hijos dormidos. Resignado, se queja de que nuevamente tiene para comer sardinas. “Y desde mañana, pan solo”, le responde Consuelo, su mujer. El sueldo que gana es insuficiente para cubrir gastos: tienen muchas deudas generadas simplemente por sobrevivir en el día a día. Una amenazadora carta que se resisten a abrir les comunica lo que ya se temían: en cuarenta y ocho horas, una orden de desahucio les obligará a abandonar el cuchitril indigno en el que habitan. “¡Egoístas, miserables, asesinos: no tienen conciencia!”, grita Pepe a modo de desahogo. Aquejado de un fuerte reuma crónico, sale en mitad de la noche a baldear las calles con la manguera.

Así comienza “Un millón en la basura”: en pocos minutos, una obra rodada hace medio siglo radiografía a la perfección, de forma concisa, sin impostaciones, aspectos del presente y la realidad social que caracteriza a la España del siglo XXI, cuyo cine actual obvia, dándole la espalda obscena y conscientemente, deformándola hasta lo grotesco cuando lo ha intentado en alguna ocasión o revelándose incapaz de plasmarla de modo tan directo y con esa contundencia: no deja de resultar sintomático, terrible, que para reencontrarse con películas que nos retraten, que reflejen sin trampas a las clases populares y sus aspiraciones, sus problemáticas o su falta de perspectiva, el espectador se vea obligado a retrotraerse a las que se produjeron entre finales de la década de los cincuenta y los sesenta durante la dictadura franquista.

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Y no, no nos encontramos ante un drama. Tampoco, aunque lo parezca y a ella se adscriba, ante una comedia. Más bien, deberíamos hablar de una crónica pesadillesca amplificada por los acertadísimos y mortificantes acordes del popular villancico “Los peces en el río” arreglados por Antón García Abril… porque nuestro Pepe va a tener la suerte, en una de sus rondas laborales nocturnas, de encontrar un millón en el contenedor de la basura situado en la puerta de un lujoso edificio. Y es desde ese mismo instante en que esa cantidad de dinero podría resolver todos sus problemas y vivir dignamente cuando comienza su angustiosa peripecia, traducida en la desesperada lucha entre la tentación de utilizarlo y el remordimiento de disponer de algo que no es suyo, amén de la rotunda y constante oposición de su mujer, que le insta -aunque sucumbiendo en algunos momentos- a devolverlo, o la penosa y agobiante peregrinación de ambos para encontrar al poderoso dueño del millón, Don Leonardo, siempre ilocalizable, ocupado en sus diferentes cargos y momentos de ocio.

Producida por Pedro Masó, resuelta con un ritmo prodigioso por el gran artesano José María Forqué (responsable de no pocas gemas a lo largo de su carrera), localizada en los desolados Inmuebles Reunidos que recuerdan al extrarradio pasoliniano, y repleta de frases lapidarias que resuenan más actuales que nunca (“¿A que voy a tener que dejar la paga de este mes para arreglar el déficit?”, “Vivimos de lo que tiran los demás”, “Los milagros son para los privilegiados”), “Un millón en la basura” -mucho menos conocida que “Atraco a las tres”- merece figurar con toda justicia, tal y como han reivindicado algunas voces (pocas aún, por desgracia), entre los más grandes clásicos del cine español, pudiendo considerarse además como el canto del cisne de la era clásica, la del blanco y negro, por el que desfila para la ocasión un reparto impresionante e irrepetible encabezado por José Luis López Vázquez y Julia Caba Alba, y seguido por Juanjo Menéndez, Guillermo Marín, Aurora Redondo, Rafael López Somoza, Carlos Lemos, José Sazatornil, Rafaela Aparicio, José Orjas, Valentín Tornos, Nicolás Perchicot o Erasmo Pascual, aunque también pululan las entonces promesas José Sacristán, Lina Canalejas o Emilio Laguna.

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El tono aparentemente amable de la película sirve de excusa para evidenciar momentos amargos y descarnados que acaban por solaparlo: Pepe deteniéndose ante los escaparates de las calles con el dinero encontrado, pensando en satisfacer las necesidades más básicas y urgentes de su familia, o la deliciosa y brutal ironía de esconderlo en un agujero que hace en la pared de su casa y que tapa con un calendario patrocinado por la Caja Postal de Ahorros, bajo el famoso lema Con la garantía del Estado; la maravillosa conversación de su suegra con su marido en la cama lamentando que, tras cuarenta años, siguen igual de mal en el plano económico; el pequeñín del hogar llevándose la cartera del millón al colegio pensando que su padre por fin le ha sustituido la suya vieja y desgastada por una nueva; o la desigualdad, desconfianza y desprecio existente entre personas pertenecientes a los escalafones sociales más bajos. Sutilezas, notas, apuntes que se colaban con la mayor naturalidad en el cine español de entonces y que nos hurta, salvo alguna feliz excepción, el de las últimas décadas.

Como la mayor parte de los relatos navideños, el final depara una solución feliz que, en este caso, no hay que tomar al pie de la letra. Tras entregar el millón a su dueño sin que éste prácticamente se inmute ni los recompense, la pareja protagonista corre hacia su casa temiendo lo peor respecto al desahucio. Allí lo esperan, sin embargo, los compañeros de trabajo de Pepe: entre todos han realizado una colecta para evitar la drástica orden. La felicidad se multiplica cuando un empleado de Don Leonardo les entrega una generosa gratificación que va a suponer el fin momentáneo de todas sus deudas y penurias. La calidez humana, la solidaridad de los primeros se opone a las tiritas de caridad del todopoderoso banquero-empresario, que no habría reparado en estas dos personas y el drama que se esconde tras ellas de no ser poque había un millón suyo perdido al que ni siquiera parecía importar demasiado. Viene a ser como la hipocresía que subyace del famoso lema berlanguiano en “Plácido”, Siente un pobre a su mesa: por simple y puro azar, Consuelo, Pepe y sus hijos han sido agraciados con el premio de una accidentada y circunstancial lotería vital… pero momentos antes de entrar en su casa han presenciado cómo otra familia del barrio no corría su misma suerte y su vivienda estaba siendo desalojada. El remedio, los milagros deben emanar del compromiso social y político: no de la limosna ni de la atribución divina. Y en esas seguimos…

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