Ni trono, ni rey… pero sin acritud, claro está

Vaya por delante que no tengo ninguna animadversión personal contra los Reyes de España, sus padres e hijos o demás reyes, duques, condes o príncipes europeos. Si acaso al de Mónaco por aquello de ser la última monarquía absolutista del continente aunque como quiérase o no el pequeño reino es lo más parecido a un cuento de hadas, tampoco démosle más importancia.

Hecho el preámbulo, el motivo de mi desafección a la monarquía es sencillo y no otro más allá de entender inasumible que sus merecimientos para ejercer la jefatura del Estado se basen de manera explícita en un vínculo de sangre. Hay quienes ante sumo alegato y en estos tiempos que corren argumentan y propagan, sobre todo por las redes sociales de forma análoga y sesgada, que en ciertos estados totalitarios se sucede el cargo del mismo modo y sin el menor miramiento, tal son los recurrentes casos de Cuba o Corea del Norte. No entiendo bien el sentido de tal comparación más allá del conocido recurso del miedo, aunque mucho me temo que con ello se intente poner en boca de terceros cosas que no se han dicho pero de lo que a buen seguro se puede obtener rédito.

No es España el único caso en el que se apela al miedo para mantener las cosas como están y que tan harto beneficiosas resultan para esa conocida minoría del 1%. Por poner un ejemplo cercano, el de nuestro vecino de más allá de los Pirineos donde Jean Luc Melenchon, ex ministro y miembro histórico del Partido Socialista Francés al que repudió hace unos años por el giro del mismo hacia posiciones de marcado carácter liberal y conservador, ha estado a punto de meterse en el cónclave final de sus recientes elecciones presidenciales. No se esperaba que pasara de la primera vuelta pero, por si acaso, el sistema se ha venido protegiendo lanzando contra Melenchón acusaciones de todo tipo y poniéndolo a la altura de lo peor de la política internacional. Cuando el único delito que ha podido cometer el veterano político francés es haber permanecido fiel a las tesis del partido socialista de hace sólo unos años y no haber renunciado a las mismas del mismo modo que ha hecho Hollande y le ha acabado colocando al borde del ostracismo político a él y a su partido.

Como puede verse una historia que se repite en todas partes. No soy yo correligionario de las tesis de los hermanos Castro en Cuba, ni del chavismo venezolano, ni de la familia Kim en el norte de la península de Corea, ni simpatizo con el régimen de los ayatolás y ni siquiera conozco a nadie en mi entorno que lo haga o lo crea. Se trata de algo tan sencillo como no estar conforme en que la jefatura del Estado tenga carácter hereditario y no sea el resultado de la voluntad popular a través de un proceso electoral.

En el caso de España he de reconocer que, a pesar de lo dicho, en un momento dado casi pudiera haber pasado sí no por monárquico sí al menos por «juancarlista», y no porque precisamente simpatizara de manera especial con Juan Carlos I, ni siquiera por que más tarde actuara en la forma debida aquella noche del 23F que al fin y al cabo era esa su obligación y no otra, sí no porque fue una condición impuesta por el régimen saliente sin la cual parecía imposible que los militares aceptaran el regreso de la democracia. Si cabe ahora de manera más evidente desde que hemos sabido que Adolfo Suárez, a tenor de los datos que manejaba por aquellos entonces, sabía que en caso de referéndum el pueblo español era favorable al modelo republicano y eso jamás sería aceptado por buena parte del ejército.

Otra forma en que se justifica la necesidad de esa especie de guía que ha de representar la corona –a la que curiosamente son las mismas leyes las que de un lado tachan de irresponsable mientras de otro le otorgan total impunidad-, es la catastrófica manera en que se dio por finiquitada la 2ª. República Española. Sin tener en cuenta otras consideraciones que pudieran suscitarse de la misma en aquel contexto histórico y el fallido golpe de estado que devengó en guerra civil, tampoco es un argumento único de éste país y ni siquiera el más drástico.

El periodo comprendido entre 1649 y 1660 en Inglaterra se conoce por el de la República Británica que bajo el mandato de Oliver Cromwell, es el único en toda la historia del glorioso imperio que no fue conducido por un rey o una reina. Sin embargo y ante la continua inestabilidad, Cromwell acabó convirtiendo su modelo de estado en una dictadura hasta que tras su muerte y ceder los poderes a su hijo, con la renuncia de éste último, Carlos II de la dinastía de los Estuardo restablecería la monarquía en las islas. Pero buena parte del legado de Cromwell sobrevivió y desde entonces «el rey reina pero no gobierna», y ni siquiera le está permitida la entrada en la Cámara de los Comunes. Pero aquel periodo tan inestable como inusitado causó tal mella en la sociedad de la época que quizá sea en el Reino Unido donde se encuentra más arraigado el concepto de monarquía en toda Europa.

Tan escuetas como fallidas de similar manera y por dos ocasiones en España, otros países sin embargo como Francia, Alemania, Italia, todos los estados americanos –salvo el hecho particular canadiense-, y otros muchos a lo largo y ancho de todo el mundo, utilizan la república como modelo de estado y al margen del credo político de quienes en cada momento ejerzan su mandato. Pero en nuestro caso y del mismo modo que en otros rincones de la geografía universal, la cerrazón de un régimen anterior ha seguido proyectando su alargada sombra durante todo este tiempo, recebando una y otra vez la idea de que el pueblo español es incapaz de armarse por sí mismo si no es bajo la tutela de un guía casi espiritual.

Uno de los pilares fundamentales para la consolidación de una dictadura durante décadas es precisamente la educación basada en un modelo de enseñanza con altas dosis de censura y una particular interpretación de los hechos históricos. De este modo en España, el régimen franquista inculcó de forma interesada a la sociedad española la malévola idea de que uno de los baluartes de la libertad y la democracia como es la «república», venía a conjugar todos los males del universo y la resulta de una «conspiración judeo-masónica-comunista» (extravagante mixtura), de carácter planetario al acecho de los valores católicos y conservadores. De tal guisa tanto el general Franco como sus adláteres se vieron en la necesidad de otorgar a España ese singular papel de «Guardián de Occidente», tanto como el que, si bien lo contemple de modo irónico, incluso el propio diccionario de la RAE describa todavía como república el «lugar donde reina el desorden».

Muchos, conforme fuimos alcanzando la madurez, nos dimos cuenta que toda aquella retahíla no era más que una patraña que tenía como único fin la idolatrada perpetuación del régimen y la de un estado de cosas que beneficiaba sobre manera a una determinada clase social además de a algunas instituciones como el ejército o la iglesia. Sin embargo, una parte muy sustancial de la sociedad resultó tan influenciada en ese momento fundamental en su vida como es la etapa educativa, entendida ésta más allá incluso de la propia escuela, que aún hoy, 40 años después de finiquitado el franquismo, la palabra «república» le produce sarpullidos y parece sentirse más segura manteniendo como referencia una especie de entidad de rango superior, personificada ahora en la monarquía.

En el caso de la corona española, el evidente ocaso de ésta ante los continuos desaguisados de Juan Carlos I propició la renuncia del mismo en favor de su hijo para intentar sanear la imagen de la institución. Sinceramente que a pesar de mi conciencia republicana esperé con atención y los mejores deseos la primera ocasión en la que el nuevo rey se dirigía a la nación, a través de su discurso de Nochebuena. Una auténtica desilusión. En uno de los momentos más duros de ésta interminable crisis para las clases medias y trabajadoras, en un país asolado por la corrupción política, ni un sólo gesto, ni una sola frase por parte del nuevo rey que se saliera de ese guión paternal, intrascendente y encorsetado que ha venido siendo habitual por parte de su antecesor.

En definitiva un discurso que se ha venido repitiendo una y otra vez desde hace años. Se diría que a Felipe VI le ha bastado con su excelente porte para meterse en el bolsillo a buena parte de una sociedad que asume sin más su destino. No se trata de poner en tela de juicio a las personas, si no de la incapacidad de aceptar un modelo de estado que vulnera de la forma más ingenua uno de los principios más fundamentales de la democracia.

«Democracia: Forma de gobierno en la que el poder político es ejercido por los ciudadanos»
(Diccionario de la RAE, 2017)

Felipe Pozueco

2 comentarios

  1. Como lección de Historia magistral, pero no deja de ser eso, Historia ya pasada que no nos mueve ni nos condiciona para nada y de lo demás me hubiese gustado tener un parentesco cercano con nuestro Rey ya que yo me apellido Felipe aunque mi otro apellido Cienfuegos viene de la ciudad Cubana, así que mejor me quedo como estoy.

    1. Bueno, amigo Pepe. Gracias por tu comentario pero la historia sí que nos condiciona y de hecho somos el fruto de la misma en todos los aspectos de la sociedad. Por eso nunca nos hemos quedado como estábamos y por eso, para bien en unos casos y en otros no tanto, hemos evolucionado hasta llegar al día de hoy.

      Un saludo.

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