The house that Jack built (Lars von Trier, 2018)

¿Por qué pensar que Trier quiere hacer una película seria y reflexiva sobre la creación artística y no plantearnos un monumental «fake» que se ríe de todos nosotros, incluído él mismo? El descenso de Jack atravesando los círculos del infierno se ha querido nterpretar como un camino de perdón, arrepentimiento, culpa y petición de amparo por parte del cineasta hacia el público que le tolera, o le ha tolerado, hacia la crítica que le ha abandonado en el camino del éxito para ayudar a empujarle hacia el averno; y también hacia los festivales, por encima de todos Cannes, del que fue expulsado como el propio Jack en la última escena de la película y readmitido como un hijo pródigo bajo sospecha que, nunca, va a volver a ser mirado sin suspicacia. Y, pese a esas interpretaciones indulgentes, interpreto que lo que Trier demuestra es justo lo contrario, que no tiene intención alguna de reconocer ningún error, que la creación artística ha de estar exenta de juicios morales que partan de la propia subjetividad del espectador, que la persona del creador ha de quedar fuera, ya sea por encima, o por debajo, de la valoración de su obra. Y quien no quiera aceptar esas reglas terminará impedido de valorar una obra por su valor intrínseco y lo hará, siempre, desde el prejuicio.

En el arte interviene la suerte, las obsesiones, la genialidad de la composición, la inspiración del momento, los ayudantes imprevistos, la ironía. Para llegar al arte, en ocasiones, hay que desnudar la propia alma para enfrentarla con la de los grandes del pasado, arriesgarse a dar el paso que te haga reconocible en un estilo propio y único. Trier acapara una enorme cantidad de referencias musicales, pictóricas, literarias para ir creando el personaje de Mr. Sophistication, el ingeniero Jack que quiso ser arquitecto pero cuya verdadera especialidad se encontraba en el asesinato considerado como una de las bellas artes, la casa a construir por Jack no podía terminar siendo un espacio habitable para cualquiera, sino una casa interior construida con sus obras. ¿Qué diferencia a un arquitecto de un ingeniero? La pregunta que se/nos plantea Trier no es retórica ni banal, es el guiño alrededor del cuál cada uno de nosotros debería preguntarse para qué estás preparado. Cuanto mayores y costosos son los fracasos de Jack construyendo su casa soñada, que, por otro lado, resulta imposible de ser imaginada en su mente; mayores, osados y más artísticos van siendo sus relatos compartidos de 5 asesinatos sin conexión cronológica que cuenta a Verge en su camino hacia el círculo más profundo del infierno, una narración que también podría entenderse con su propio sunconsciente que le culpa por su comportamiento, y que para nosotros se transforma en imágenes.

El personaje de Jack no se excusa ante Verge, el barquero que le ayudará a atravesar el Aqueronte, la laguna Estigia y aproximarse al séptimo círculo del infierno en el que surge la duda y el intento de salvación postrera. Jack cuenta sus «incidentes» para eliminar, de su comportamiento, la premeditación, al menos en su origen, para ir dotando a sus creaciones de un contenido constructivo que acerque su resultado final a la demostración de una habilidad imposible de alcanzar para nadie más. El lado impulsivo, espontáneo, va moderándose con el ejercicio y progreso de la habilidad de construir, construir al tiempo que se destruye, construir algo diferente a lo que su mente había planificado previamente en una localización ideal a orillas de un lago. Lo que choca con un trastorno obsesivo compulsivo por la limpieza va degenerando en una progresiva atracción por la sofisticación del resultado. El cine de Trier ha ido mutando, desde el mayor amateurismo y aparente improvisación de las imágenes de sus primeras películas, a calculados artefactos en los que el concepto de provocación banal ha surgido más de sus exégetas que de los imperfectos resultados de muchas de sus obras, en las que casi nadie ha querido reparar en su carácter jocoso e irónico, buscando siempre una última ratio filosófica y existencial que, sin dudar que exista, puede haber teñido a su cine de un halo intelectual no pretendido.

Si no es desde el humor, ¿cómo entender entonces el uso que Jack hace de los carteles a semejanza del Bob Dylan de «No direction home»?, ¿cómo asumir sin una mueca sardónica su primer incidente donde una mujer se cruza en su camino prácticamente pidiendo a gritos que todo termine como culmina?, ¿cómo no asumir la broma de un Bruno Ganz espeleólogo o la farsa de la rubia tonta y con cerebro vacío?. Resulta obvio que el juego es arriesgado, que cualquiera puede sentir la tentación de tildar la película de violentamente gratuita, de ferozmente misógina, de peligrosamente filonazi en uno de sus segmentos, pero, ¿seguro que puede mantenerse esa interpretación utilizando el sentido del humor, negro, muy negro, opaco, que la obra va introduciendo en cada una de sus miradas? Hay un grito desesperanzado del director acerca de la relación entre el ídolo, el icono, la fama, su perdurabilidad y su volatilidad. La destrucción del arte comienza por el propio artista, empeñado en alcanzar cumbres innacesibles en cada propuesta, y con ella lo único que va consiguiendo es disminuir la importancia, siempre relativa, de lo previamente realizado. La creación artísitica de Lars ha de sufrir las mismas necesidades homicidas de Jack, y al final, todo quedará consumido por el fuego metafórico de la muerte o del infierno. El juego de animación con las luces de farolas y la prolongación de una sombra que alcanza el equilibrio en el espacio intermedio entre dos focos de luz, es la representación exacta del éxito, el fracaso y la necesidad de volver a crear, la creación se transforma en una droga, en una hambrienta fiera que, cada cierto tiempo, exige ser alimentada.

En el tránsito entre el 7º y el 8º círculo del infierno, cuando Verge-Virgilio hace de contrapunto racional al Jack-Dante que vive en la realidad de su infierno terrenal; un Hades de tal entidad cuyos intersticios han desembocado en una espiral de violencia sin freno para evitar la inminente captura del psicópata, antes de que el subsuelo se abra para invitar a un último viaje que viene demorándose desde el principio del relato, antes aún de que Jack consiga abrir el último rincón de su mente que permanece perfectamente clausurado para que la razón no contamine la realidad de su comportamiento, Lars da un giro copernicano a su concepto visual de lo que quiere contar; y del desahogo psicopático del personaje, contando, y cómo no, alardeando de sus hazañas asesinas como si el propio director lo hiciera de los logros de sus obras, reconociendo pequeños errores, faltas menores en las que el mal desplegado no es generador de culpa; los planos de la casa que quiere construir saltan por los aires para dar entrada al fantástico opuesto a lo real y verdadero visto hasta entonces.

Jack, vestido para una ceremonia iniciática (entre Argento y el Kubrick de Eyes wide shut) alejada de la lujuria, encapuchado para seguir a su cicerone hasta las simas más profundas del reino del Demonio, asiste, atónito, a un descenso sin fín por el sendero de la culpa sin sentir el más mínimo remordimiento. Enfrentado a la posibilidad de rebelarse contra su destino o aceptar la posibilidad de quedar en un limbo menos oneroso, optará por un último acto de resistencia deudor de su naturaleza. El río de lava que da paso al cementerio helado del 9º círculo aparece como el último guiño de un cineasta dispuesto a seguir cayendo mientras pueda hacer lo que quiera con su obra. Tan fácil es crear un icono como destruirlo. Tan prepotente es imaginar un poder que dure 1000 años, como real que apenas diez años después de surgir haya sido demolido hasta los cimientos. Las ideas, como el cine, perduran. Cuestión diferente es si el cine ha de ser tomado tan en serio como para no sacar partido a la ironía hipócrita que despliega Lars von Trier en esta película. En esta ocasión me ha convencido, o me he dejado convencer, porque todo es una gran bouffe de violencia (contenida a pesar de todo porque Trier se cuida muy mucho de mostrar la víscera y la sangre) dirigida a una autoinmolación ficticia, ofrecerse en sacrificio mientras, de reojo, el espejo devuelve su sonrisa sardónica.

Dinamarca, 2018. Título original: The House That Jack Built. Director: Lars von Trier. Guion: Lars von Trier. Duración: 155 minutos. Edición: Jacob Secher Schulsinger y Molly Marlene Stensgaard. Fotografía: Manuel Alberto Claro. Productora: Zentropa Productions, Radio (DR), Film I Väst. Intérpretes: Matt Dillon, Bruno Ganz, Uma Thurman, Riley Keough, Sofie Gråbøl, Siobhan Fallon, Ed Speleers, Osy Ikhile, David Bailie, Yu Ji-tae, Marijana Jankovic, Robert G. Slade

Miguel Martín Maestro

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