Pero hay muchos demonios en Goethe, algunos son en realidad casi como el Imp, el diablillo de Poe, puede que hasta como el jorobadito (bucklicht Männlein) al que dirige sus oraciones el pequeño Walter Benjamin, signo de un tiempo hechizado por la magia de la ventura o la desventura, Porque el tiempo, nos dice Heráclito, es un niño que juega y hace pillerías, por ejemplo devorar hombrecitos de mazapán, gelatina o chocolate. Y no es el menos importante uno que, cuando era niño, le proporcionaba una visión ecuánime desde lo alto.

El agotado agota todo lo posible. Por eso la fuerza, incluso cacofónica, de la segunda canción, no basta para hacernos olvidar que todo está ya escrito desde el principio. Creo que un valor añadido es el de que el profundo conocimiento musical de Bostridge, que es inseparable de una experiencia continuada como intérprete de Schubert, nos muestre con claridad la función proléptica del piano sobre la palabra.

Colocado en el abismo en la palabra que se utiliza para designarlo, ese objeto se encoge de repente, deviene más pequeño. El paso hacia la palabra, en los textos de Ponge, generalmente funciona como una reducción de escala. Ir a la palabra, a la sustancia, al plano de la palabra, como dice Ponge, es convertir el objeto en dinero, pero en la única moneda de curso legal aquí: la pequeña calderilla de la que hablábamos antes.

Poéticamente habita el hombre. Una de las ideas centrales del pensamiento de Heidegger está en esta máxima suya: «Der Mensch gebärdet sich, als sei er Bildner und Meister der Sprache, während doch sie die Herrin des Menschen bleibt»[1]HEIDEGGER, Martin. 2000. «Dichterisch wohnet der Mensch», en Vorträge und Aufsätze (GA 7). Frankfurt a. M.: Vittorio Klostermann, p. 190 [de ahora en adelante,…

Si mi entender no yerra, el autor, entre verso y verso, tiende la mano al frágil, al considerado diferente o a aquel que, simplemente, alzó la voz o llevó la contraria, pasando a ser objeto de críticas y convirtiéndose en protagonista de todo tipo de rumores, con tal de detenerlo o aniquilarlo. Y es que siempre se teme al que discrepa o no sigue las costumbres establecidas, aunque su pretensión no sea otra que vivir a su manera, sin hacer daño a nadie y pidiendo, a cambio, recibir lo mismo.