Es un hablar siempre inadecuado, vejado por metáforas inservibles, inferiores a su objeto. Es imposible, digo, pensar la música. Y estas líneas serían del todo innecesarias, al sernos devuelto el discurso a la fatalidad de lo inexpresable, de lo inefable, de eso que Fauré llamará el punto intraducible por encima de lo que es, mientras se preguntaba, como nosotros ahora, como nosotros quizás ya nunca, antes de estas palabras, ¿qué es la música?

El día que Peter Handke dejó este mundo escribí que había hecho de la errancia y el viaje una característica primordial de su obra inclasificable. Volver a Handke implica, entonces, todo un desafío contra nosotros mismos. A riesgo de hacer saltar en pedazos un concepto de interpretación demasiado reduccionista, debemos hacernos una pregunta, quizás igual…

El agotado agota todo lo posible. Por eso la fuerza, incluso cacofónica, de la segunda canción, no basta para hacernos olvidar que todo está ya escrito desde el principio. Creo que un valor añadido es el de que el profundo conocimiento musical de Bostridge, que es inseparable de una experiencia continuada como intérprete de Schubert, nos muestre con claridad la función proléptica del piano sobre la palabra.

Poéticamente habita el hombre. Una de las ideas centrales del pensamiento de Heidegger está en esta máxima suya: «Der Mensch gebärdet sich, als sei er Bildner und Meister der Sprache, während doch sie die Herrin des Menschen bleibt»[1]HEIDEGGER, Martin. 2000. «Dichterisch wohnet der Mensch», en Vorträge und Aufsätze (GA 7). Frankfurt a. M.: Vittorio Klostermann, p. 190 [de ahora en adelante,…