Lo que hace especial a “Poeta en Madrid” es la hondura de su contenido, la desnudez del que escribe sin cortapisas, la metaliteratura y ese universo sublime –a veces, inaccesible- del arte y sus manifestaciones. En ciertos momentos, incluso, se tiene la sensación de que las nueve musas viven en sus páginas. Calíope, con su elocuencia, seguida de Clío y su memoria, junto a la cítara de Erató y Euterpe, con su cabeza coronada de flores; mientras, Melpómene, Polimnia, Talía y Terpsícore intercambian guirnaldas y caretas, al tiempo que Urania sujeta entre sus manos el orbe.

En la superficie de este espacio plano las relaciones narrativas no son de causalidad sino de contigüidad y sucesión recurrente. Todo sigue su curso y se repite, el indio y su caballo marcado con el número siete, la mujer con las fichas de dominó, las cantinas, la barranca, los puentes. El destino del Cónsul está escrito al pie de la letra en la carta de un gigantesco juego de la oca astrológica o se despliega a la manera de una baraja de tarot. Delante o detrás de él, su destino es igual a sí mismo. Porque, como en una película, se puede cambiar el orden de las secuencias pero no las imágenes, todo deviene, entonces, figurativo o prefigurativo.

En la obra de Christie, por tanto, es la presencia del mal la que señala el asesinato. El asesinato, como cualquier otro crimen, representa la transgresión contra un ser humano, pero, sobre todo, personifica el avance del mal contra una sociedad que desea mantener el mal a raya. Por último, hay una asunción paradójica de lo que es real. Por un lado, incluso cuando se acepta tácitamente la noción del mal, se prohíbe en el género cualquier aportación de fuerzas espirituales que amplíe el ámbito de la acción más allá del plano terrenal; la batalla entre el bien y el mal tiene lugar en el plano social, es decir, en el plano material de la existencia humana y a través de las acciones de los protagonistas. Al mismo tiempo, la presunción de que el acto de asesinato debe ser castigado se ve contrarrestada de tal manera por la forma aséptica en que se presenta el acto que el efecto se acerca a una negación de la materialidad del delito. Así, en la clásica novela policíaca inglesa, tanto el autor como el lector juegan ya con nuestra identificación cotidiana del mundo real con el material. Naturalmente, es la víctima la que sufre la agresión física, pero el crimen por el que se pide que pague el asesino parece ser el no material, cometido contra la norma.

Mientras tanto nosotros mismos sucumbimos a la lectura hipnótica de esta trama que se retuerce y multiplica y complica, no con inmadurez repito, sino con una suerte de desprejuiciada osadía literaria. Esta novela es de cuando la novelista irlandesa todavía intentaba lo imposible. Sabemos que su origen está en un viaje por los acantilados de Moher, en Irlanda. El imán del mar, como lo vetado, pudo acompañar a la autora durante ocho kilómetros, en algunos tramos desde más de doscientos metros de altura. Imaginemos que estamos cercados pero por lo infinito. El espacio que recrea Murdoch posee elementos que obedecen a los clásicos del género, por ejemplo la ciénaga misteriosa en la que uno espera oír el aullido de la fiera de Baskerville, o el dolmen que sirve de testigo de una antigüedad tan oscura como inabarcable. Y luego que no, que no es un mar para nadar. Porque en estas aguas de la página nos espera un mar para leer.

Todo gira en torno a ella, que se traslada a un pequeño núcleo rural para empezar de nuevo o para enterrar un pasado que aún habita en su presente. Al principio, se produce la intriga en el lector, la curiosidad humana que reconcome cuando se presenta a un ser misterioso y parco en palabras. ¿De dónde viene y por qué?, ¿no se muda con su familia?, ¿posee ahorros o, simplemente, puede permitirse el lujo de no trabajar?, ¿tendrá mal carácter o estará loca? Después, dejará de importar quién es Nat, pues la cuestión principal será en quién se ha convertido. De hecho, podría establecerse un símil entre la casa que alquila y ella misma; ambas en ruinas, vacías, oscuras, sin un lugar acogedor donde encender un fuego o resguardarse de la maldita lluvia, ésa que inunda el salón con goteras y pudre el suelo de madera día tras día. Ni siquiera el perro que le proporciona su casero la busca, como si prefiriera mantenerse lejos y no complacerla.