Más que una evolución cronológica de las concepciones de Rilke sobre el tema, este aprender a ver forma parte de una dialéctica permanente entre el deseo de dominar lo visible y la sumisión a lo que es tan visual como, por lo mismo, inmanejable. ¡Qué difícil será no ejercer la violencia de la mirada! Violencia que consiste en querer apropiarse de impresiones cuya especificidad es precisamente imponerse, impresionar al sujeto sin que éste pueda hacer nada al respecto. El resurgimiento de la imagen que sufre el poeta no se realiza, por tanto, de la manera feliz que había imaginado sobre Rodin, sino que es tan terrible como verlo a él mismo.

Y así la obra-monumento de Quignard parece condenada a desaparecer en el espacio, toda vez que mantiene una relación ambigua con el tiempo. Este es un proyecto en construcción, un monolito inacabado, todavía pendiente. Lo que, por un instante, como tal obra monumental, es asumida por el escritor como plenitud y finitud, pero que deliberadamente borra los límites entre pasado, presente y futuro.

Porque todos somos, si se nos provoca, apasionados terroristas y antiterroristas. Sin Terror -en el sentido vago y mágico que esta palabra tiene en Francia-, ¿quién querría vivir y, sobre todo, escribir? El terror es lo que confiere el fuego y la llama, el horror y el disfrute, a nuestra vida de tinta. Los torturadores y las víctimas, las corridas de toros, las bayonetas, los alambres de púas, el abuso y el éxtasis nos dan un placer ficticio. Y por eso sería instructivo analizar el desgarro de nuestro pensamiento, de nuestras emociones, entre los dos cabos –apolíneo y dionisíaco- que pueden ser designados por los nombres de Paulhan y Bataille: escritores aterrorizantes, aterrorizados y sendos hombres de letras. El lingüista bloqueado y el vergonzoso archivero, editores de revistas y directores de conciencia, unidos por el erotismo.

Leer a Quignard, entonces, es cuestionarse, en diálogo con la obra del Pseudo-Longino, sobre la superación de los límites y las embestidas del rayo. Habremos de sacar a la luz una poética del arte de Quignard, basada en los diversos tratados a través de los cuales intenta captar la noción de lo sublime. Existe un sentido de la forma, que es aquello que hallamos al estudiar cada fragmento y analizar el laconismo definido como estilo sustractivo. A pesar de las aparentes rupturas, como pueda ocurrirnos con Cioran o quizás con Canetti, siempre aparece una ligadura más profunda.

Una alternativa sería pensar en el intelectual o el artista como una Moneda Viva. Esta noción, tomada de Pierre Klossowski, proviene de un intento de repensar los principios de intercambio social. Es una teoría del intercambio de pasiones y fantasías, fenómenos sin valor de mercado en la economía capitalista. En semejante marco, el intercambio se hace sobre la base de un valor estético, un valor sin utilidad ni propósito. Esto nos lleva a pensar que el reciclaje cultural, por tanto, la valorización y la devaluación de las figuras del pensamiento, opera según la ley del sentimiento.