De esa forma, los diez primeros minutos, así como la parte en la que Chance y Greg deben tratar de apagar cinco pozos de petróleo en medio de una Venezuela acosada por las guerrillas -donde el peligro es tanto morir pasto de los disparos como de los incendios- son, directamente, inolvidables. Como en el cine del mejor Hawks, los motivos estructurales de aquel -grupo masculino aislado que participa en una tarea de vida o muerte, que se apoya tanto en el trabajo en equipo como en las hazañas individuales, la profesionalidad y el estoicismo ante el peligro y la muerte, los forasteros que entran en el grupo y se convierten en una amenaza para el mismo y su necesidad de ser admitidos en el grupo- convierten las relaciones homosociales.

Lo cierto es que, en realidad, hay muy pocas diferencias entre Boinas Verdes y gran parte de los western de Wayne a los que nadie niega su calidad: acción, buen pulso y una dirección acrobática. Dado que trata de los primeros años de la participación de Estados Unidos, y que se rodó durante la guerra, la maniquea definición de Wayne sobre la bondad de la intervención americana y la malevolencia del Vietcong resulta algo incómoda al lado de la inversión de roles de las películas posteriores de Vietnam, cuando era de rigor pintar a Estados Unidos como una especie de estado criminal y a los soldados que regresaban de la contienda como simples asesinos perturbados.

Más inquietante, entonces, en sus implicaciones que en la ejecución técnica, la película enfrenta al espectador con la frialdad de un pistolero sin rostro practicando tiro al blanco en este estadio lleno hasta la bandera. Los persistentes picados y contrapicados, el uso de lentes de largo alcance (equivalentes a la mira telescópica del rifle) y el trabajo de la cámara subjetiva nos distancian inevitablemente de las viñetas humanas que se representan en las gradas. Flemática e impasible, la película retrata a la multitud individualmente como perdedores y colectivamente como transeúntes inocentes, en una lucha sin cuartel entre dos fuerzas siniestras, el asesino y los S.W.A.T.

Más allá, empero, de la poesía que subyace en el texto del Bardo, gran parte de la nobleza de la obra, trasladada de forma efectiva a esta versión cinematográfica, es la ambigüedad de las dos facciones. ¿Están impulsadas por una lealtad a Roma mayor que la lealtad a su amigo César, o están impulsadas por la envidia y la ambición? La de Burge ciertamente presagia el desenlace de la alianza entre Antonio y Octavio, y es impresionante la forma en que contrasta los elevados objetivos, al menos declarados por Casio y Bruto, con la agitación y el pandemonio que sus acciones crean. Aunque sea principalmente un director de televisión, Burge utiliza todo el ancho del formato Panavisión para bloquear a sus actores en un espacio cerrado, como si la conspiración en ciernes los atorase en sus propios demonios interiores, y lo mismo puede decirse de sus movimientos y la puesta en escena que refleja sus emociones y ambiciones en todo momento.