Safari (Ulrich Seidl, 2016)

La pornografía se asocia a la sexualidad explícita y mostrada sin tapujos, pero hay realidades sociales que pueden ser mucho más pornográficas que mostrar cuerpos desnudos en pleno acto sexual. Seidl conoce muy bien esa pornografía económica e ideológica que permite retratar la sociedad de un país haciendo pasar a sus conciudadanos como ejemplares vecinos para terminar pareciendo abominables seres llenos de prejuicios, de inconfesables prácticas basadas en el dominio y la sumisión, ahora es la caza, pero también ha sido el mundo de la moda, de las mascotas domésticas, de las urbanizaciones de adosados, lo que se oculta en los sótanos, las perniciosas influencias religiosas en nuestras vidas.

Da lo mismo que el director austriaco plantee su obra como un documental o como una película de ficción con actores, el grado de credibilidad y, al tiempo, de distancia, que muestra su cine, hace simétrica su propuesta desde cualquiera que sea el género que utilice. Austria, como sociedad y como país, termina representada como un país enfermo, insolidario; podría apuntarse que hasta peligroso. Safari no es la excepción. En Safari, documental de corte aparentemente clásico, los aromas del racismo, del colonialismo, del clasismo, de la obscena ostentación del dinero, van acumulándose imagen tras imagen hasta provocarnos un metafórico vómito que nos gustaría verter sobre tanta infamia al acompañar una actividad execrable, el turismo de caza.

Rodada en un «lodge» de caza en Namibia, Seidl utiliza a los turistas y a los dueños del establecimiento para dibujarnos una realidad que, por lejana que nos quede, existe. La del turista adinerado que viaja por el mundo cazando animales de grandes dimensiones con un único objetivo, el coleccionista acompañado de un exhibicionismo económico que permite financiarse viaje, estancia y escoger del catálogo de la reserva, la especie a abatir y el precio a pagar. Seidl mezcla los momentos de búsqueda, seguimiento y caza, con las «reflexiones» de estos «simpáticos» cazadores de toda edad, profesión y gustos, seguramente admirables padres de familia y cívicos ciudadanos que, sin embargo, alcanzan una satisfacción cercana al orgasmo abatiendo una cebra a decenas de metros de distancia.

El contraste entre las escenas de caza, donde la cámara se mueve con las personas, al hombro, y las escenas de conversación, en las que nunca oímos las preguntas, es revelador, el cazador termina siendo «cazado» por la imagen. Planos simétricos y fijos, con posturas estáticas, rígidas, de los interrogados, sentados en sillas y mirando frontalmente a cámara. Apenas hay diferencia entre estos cazadores y los trofeos que enmarcan el encuadre. Las cabezas de antílopes, cebras, búfalos, terminan confundiéndose con estos exploradores del siglo XXI, disfrazados con atuendos de catálogo de primeras marcas pero que serían incapaces de seguir el rastro de ningún animal, por grande que fuera.

Seidl no suele ser nunca neutral con las personas y personajes que retrata, la acumulación de datos, de piezas cobradas, de reflexiones a cámara, va incrementando la sensación de desasosiego, de impotencia en quien asiste como espectador a una de esas actividades imposible de asumir. Un comportamiento hipócrita de quien dispara y después palmea la pieza como quien ha gastado una broma a un amigo por el que siente un cariño infinito, un palmeo de compañerismo reconociendo la belleza de un ser que lo era mucho más segundos o minutos antes, familias que no muestran mayor afecto entre ellos pero que se abrazan y se besan tras confirmar el guía que el animal está herido de muerte. El camino parece sencillo, se escoge la pieza, se busca un buen apostadero, se apunta y el animal cae decenas de metros más allá porque el disparo nunca va a la cabeza, no hay que estropear la estética de la taxidermia, hay que apuntar a matar pero donde la muerte no es instantánea. Esto permite a Seidl rodar uno de esos momentos que justifica cualquier película, la agonía de una jirafa que, cuando el cazador y su esposa, creen muerta, repentinamente levanta su cabeza sin rumbo, moribunda, y así se mantiene, bamboleante y medio caída durante un espacio de tiempo que se hace eterno.

El cazador ya no puede disfrutar de su éxito, su alegría queda congelada, los parabienes ya no se asumen inmediatamente. El cazador está preparado para matar y recoger el trofeo, no para ver morir a cinco metros de distancia y asumir que su conducta produce sufrimiento innecesario. Lo que se ha disfrutado antes queda suspendido, el regusto amargo que tiene el espectador ante la pornografía de sentimientos tras abatir a cada animal se traslada también al causante del  daño en un acto de justicia poética, la pose final junto a la pieza, otro acto de enorme repugnancia precedido del «maquillaje» y adecuación del escenario parece que también se le atraganta a este especialista en rifles y calibres, ojalá haya sido así.

Seidl sabe que mucho de lo que rueda ha de escocer, que se dicen expresiones sonrojantes para justificar una actividad bajo argumentos de control de especies, que, de ser cierta, no estaría reservada a las élites económicas del mundo. Según avanza el documental, y seguramente según el director va consiguiendo mayor confianza con sus personajes, éstos se vuelven menos reservados y no se limitan a hablar de la caza, ya no ocultan qué piensan de los negros ni de su trabajo, no ocultan su disgusto porque Namibia haya dejado de estar gobernada por blancos y ahora los negros no se dejen «aconsejar» en sus decisiones de gobierno. Las frases repugnantes del tipo «son majos, pero ellos no han podido evitar el color de la piel» o esa presunta admiración por su capacidad de correr más que el blanco, apostillada por un soez «cuando quieren», referido a su poca disposición al trabajo, Seidl no la desaprovecha, mostrando las condiciones de vida en la que los operarios negros del lodge viven a diario, o cómo después de disparar alguien tiene que ocuparse de destazar el animal, imaginamos que para que otro se beneficie con la carne y para que el turista se lleve su trofeo en forma de piel o de cabeza disecada.

Como buen documentalista el austriaco aprovecha para extender los efectos sísmicos de su película, de una actividad concreta a una radiografía social en la que, pese a detentar el gobierno, el negro sigue a las órdenes del blanco, como una pieza de caza más que se deja rodar entre paredes llenas de cabezas de ejemplares que, alguna vez, deambularon por la sabana y, de golpe, sin poder entender lo que les ocurría, perdían su fuerza y vigor a manos de un ser racional y civilizado. Una sola verdad dicen todos estos ejemplares dignos de ser disecados y expuestos como ejemplo de la insensibilidad humana, «el hombre ha llegado a la cumbre de la pirámide evolutiva, pero si desapareciera, la naturaleza no se resentiría», es más, viendo el documental de Seidl resulta evidente que la naturaleza agradecería sobremanera nuestra desaparición.

Ficha técnica

Título: Safari. Dirección: Ulrich Seidl. País: Austria, Dinamarca. 2016. 90 min. Productora: Ulrich Seidl Film Produktion GmbH. Dirección: Ulrich Seidl. Director de fotografía: Wolfgang Thaler. Guionista: Ulrich Seidl, Veronika Franz. Montador: Christof Schertenleib.

 

Miguel Martín Maestro

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