Run: Amor visceral

En estas fechas finales del año generalmente el amor se vive con más intensidad. Se vuelve motivo y justificación de casi todo. Penetra en los hogares, ya no solo a través de sus excitados integrantes, sino a partir de múltiples estímulos, como los productos audiovisuales.  Hallmarck, por ejemplo, tiene una poderosa experiencia en el desarrollo de comedias-románticas en este mood navideño y mimoso.

Sin embargo, hay filmes que también abordan el amor, pero desde sus otras tantas aristas. Propuestas atemporales dirigidas a lo sexual, a las bromas entre parejas, y también aquellas que se enfocan en la representación de su lado oscuro. 

En estas últimas se encuentra Run (Aneesh Chaganty, 2020). Es un thriller sobre la relación tóxica de sobreprotección que establece una madre (Sarah Paulson) con su hija (Kiera Allen). La vida de la adolescente de 17 años parece limitada por su condición de salud, a la cual la madre se ha dedicado en cuerpo y alma, pero el hallazgo de un pomo de pastillas desencadena una serie de eventos que le hacen ver a la chica que no todo es lo que parece.

Esta historia de suspenso no tarda en arrancar, pero tampoco se precipita, sino que hace un uso atinado de los recursos que tiene por explotar dentro de su género. La introducción de las primeras apariencias, sobre todo la de Diane, es construida  en apenas unos pocos planos y resulta absolutamente creíble su rol de madre sacrificada, abnegada, consciente de la condición de su hija, pero también reflexiva en cuanto a su próximo paso hacia la universidad y la separación del hogar. Luego se van dejando migajas de duda que los espectadores se van comiendo y dentro de ellos va creciendo la vacilación sobre la declaración madura de ese personaje, hasta que finalmente estalla, e incluso, llegado ese punto casi al final, todavía hay espacio para impresionar con algunas sorpresas.

Este género no solo se mide por la capacidad que tenga de enganchar a su público y llevarlo hasta el final, aunque sea por la curiosidad de saber lo que realmente estaba pasando, sino también por el ambiente de tensión máxima que debe alcanzar en algunos sitios de acción. Este filme lo logra, sobre todo, en la escena de la llamada de Chloe a la farmacia, o la huida hacia esta. Todo este proceso se ve acompañado e intensificado por una certera banda sonora, que engrandece la situación y extiende la sensación de ahogo de la chica a los espectadores. Asimismo su eficacia es comprobada en el poder de observación e ingenio con el que la adolescente resuelve las trabas, algo poderosamente apreciado en este tipo de filmes, dado que la capacidad de observación es probablemente la clave para desenredarlo todo.

Aunque la historia parece sustentarse por sí sola y haga un uso perfeccionista de sus elementos, hubo algunos cabos sueltos. No solo no hay una explicación clara para cómo funciona el sustento económico del hogar, acorde con el modo de vida costoso que supone mantener a Chloe en su condición, más alla de las ocasionales suplencias de asignaturas que realiza Diane,  sino que tampoco la hay para las cicatrices en la espalda de esta última. Igualmente al darse la súbita desaparición de Chloe en el hospital  cuando era una bebé, ¿a nadie se le ocurrió buscar, sabiendo el largo historial que hay sobre ese tipo de casos, entre las madres que ese día, o días recientes, habían perdido a sus hijos de manera traumática, y que, para colmo, habían pasado tiempo en el ala de maternidad, por ejemplo, mirando por el cristal de la sala de neonatología como si de una tienda se tratara, como hizo Diane­? ¿Realmente nadie se fijó? Es decir, fue un momento donde la magistralidad de la síntesis jugó en contra; sobre todo, porque el desfasaje temporal –flashbacks de 17 años atrás- no se detuvo en el muestreo del seguimiento de la policía. Todo ello se justificó y se omitió por el excesivo aislamiento, el cambio de médico de cabecera una docena de veces y la nota de prensa de los padres biológicos.

A pesar de estos desaciertos, el poder de resumen aporta más glorias que penas. Él no solo se aprecia en el montaje, sino tambiÉn en el guion, sobre todo, en el monÓlogo final de Chloe, que en apenas unas frases resumió la elipsis representativa de siete años: su mejora motriz, casamiento, hijos y reencuentro con sus progenitores. Además, a la síntesis, se le debe, revelar desde el primer momento algunos símbolos importantes que, por una parte, estarán marcando puntos de giro, y por otra, serán vehículos expresivos de cada una de las protagonistas, según el rol que ocupan en el filme.

Es así como la visión de la incubadora no solo se le muestra a Diane como la caja de cristal que mantiene con vida a su hijita, sino que dicho pensamiento y metáfora la acompañará durante toda la película al mantener a Chloe distanciada del mundo exterior “por su protección”. Esta, por su parte, se verá fuertemente ligada al color púrpura, que la escolta en sus búsquedas y superaciones. No solo se presenta reiteradamente como el estandarte de la Universidad de Washington, a la que la chica aspira desesperadamente, sino que está presente en otros puntos decisivos como los bombones –motivos de encuentro del bote de pastillas-, la cobija –herramienta para huir de su habitación- y el suéter que usa en las secuencias finales –símbolo de superación diaria-.

Asimismo, otros colores resultan igual de importantes, pero relacionados con cambios dramáticos. El verde y el rojo no solo se presentan ligeramente en la “madurez del tomate” del huerto, justo cuando la chica está reconociendo las distorsiones de la realidad con las que su madre la manipula, sino que tienen una presencia mucho más fuerte en la distinción entre los medicamentos;  saber, precisamente por el matiz, si es uno u otro, porta gran carga narrativa.

Si bien estos recursos simbólicos fueron usados con suma sutileza, los personajes fueron un poco maniqueos en cuanto a la representación del bien y el mal, a pesar del tinte final a la figura de la adolescente. Esta pincelada no es capaz de obviar que Kiera Allen le da vida a  una Chloe como un ser inocente, que incluso era incapaz de mentir, víctima de la villana de su madre. El crecimiento que experimenta la chica no redondea su personaje, pues la superación representada  está concebida dentro de la escala de matices “buenos”, al punto que sus acciones del final hasta parecen justificadas. Sin embargo, Sarah Paulson derrocha en experiencia interpretativa con respecto a esas figuras oscuras y retorcidas, como Diane en este filme. Su necesidad visceral de entregar amor muta en una frialdad criminal que desdibuja los límites del bienestar de su hija. Aunque expresa que su deseo no es matarla, ¿qué diferencia hay entre eso y la manera en que vivía? Para Diane, había diferencia; para Chloe, no había ninguna.

Run es una película con grandes aciertos, que no se ven eclipsados por sus pequeños tropiezos. Recomendada por su tema, sí, pero más por su capacidad de trasmisión de sensaciones, de tensión, de juego mental, de solidez narrativa y estructura que se permite, incluso, sorprender. El uso atinado de recursos, sobre todo simbólicos, ligado a una interpretación intensa y adecuada por parte de ambas actrices, proporciona una poderosa síntesis que dice más, con menos.

Título: Run (Mamá te quiere) Año: 2020 Duración: 1h 29min Dirección: Aneesh Chaganty Guion: Aneesh Chaganty, Sev Ohanian Música: Torin Borrowdale Fotografía: Hillary Spera Reparto: Sarah Paulson, Kiera Allen, Onalee Ames Género: Suspense/Terror

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