Renato Castellani. La historia del cine italiano (1).

Posiblemente sea Castellani el director italiano más injustamente olvidado; tal vez, por la rácana difusión de sus películas; o tal vez, por no ser un autor, al menos, un autor perfectamente reconocible (como Visconti, Fellini, Rossellini, Antonioni o Pasolini), tan diferentes son sus películas entre sí y de tan amplios registros; o quizá, porque ni siquiera se encasilló en un género concreto, como otros compatriotas suyos más recordados (Monicelli, Comencini, Bava, Freda…), aunque sí mostrara cierta predilección más o menos constante por la comedia. Y sin embargo, su vibrante obra, de gran calidad, superior a la de algunos de sus colegas más recordados, no sólo es la que mejor compendia la historia del más destacado cine italiano, sino que está llena de sorpresas, empezando por lo fundamental en lo que al cine toca: su creativa forma de rodar, que supera con creces la mera adecuación que se suele asociar a los llamados artesanos (si bien, ciertamente, la corrección “artesanal” requiere unas dosis de talento nada despreciables).

Con ánimo de reivindicar a este gran director, he aquí un repaso de los que son a mi entender sus títulos más significativos:

Su Mio figlio professore (1946) es uno de los mejores ejemplos de ese neorrealismo canónico que, medio amable, medio amargo, oscilaba entre el melodrama y la comedia; sólo que con un rigor en la puesta en escena y una conjunción de la cámara con las acciones y sentimientos de los personajes que debería haber sido referencia para la mayoría del movimiento, más laxa en este sentido.

           

Due soldi di speranza (1952) y Mare matto (Pensión a la italiana, 1963), especialmente en sus dos primeros episodios, son pruebas fehacientes de su agudeza etnológica, absolutamente única, así como del pasmoso ritmo y movimiento que destilan sus imágenes cuando así lo requieren, cuyo único posible parangón ha de remontarse, a buen seguro, al más frenético slapstick silente.

Romeo and Juliet (Romeo y Julieta, 1954), en cambio, es memorable por su sentido preciosista, su solemnidad (a veces excesiva) y, sobre todo, por su concentración dramática, destacando el soberbio monólogo en plano secuencia de Julieta antes de tomar el bebedizo junto al fantasmal vestido de novia; y es, en conjunto y pese a algunas limitaciones, tal vez la mejor adaptación cinematográfica de esta obra, con permiso de Zeffirelli, al que se le adelantó en preciosismo, y sin permiso de Cukor, que ofreció una versión embalsamada de la obra.

Asombrosamente, La donna de la montagna (1944), partiendo de una estructura de melodrama convencional, avanza cuestiones rítmicas, espaciales, arquitectónicas e incluso psicológicas que un par de lustros después serían la marca de autor de Antonioni, nada menos…

Pero, si las anteriores son buenas películas, a veces excelentes, las mejores, cuatro joyas que le reservan un merecido lugar entre los grandes, aún deparan mayores placeres y sorpresas.

Con Zazà (1944), Castellani vuelve a ganar a Cukor por goleada, e igualmente a Dwan, que filmaron decepcionantes versiones en 1923 y 1938. Adscrita sin sonrojo al cine melodramático realizado en Italia bajo época fascista, Zazà sorprende por la elegancia que imprime al material folletinesco, gracias sobre todo a su contención, al uso de la magnífica iluminación y de los memorables decorados, así como a sus certeros detalles visuales (los guantes, las ruedas del tren…) y a sus pasmosos planos secuencia, entre los mejores realizados en una época donde directores del mundo entero gustaban de utilizarlos. Nada molestan sus convenciones plenamente melodramáticas, pues todo el entusiasmo y talento prodigados por Castellani en ella la hacen alcanzar unas cotas emocionales fuera de serie (inexistentes en las ligeras versiones de Dwan y Cukor), que incluso en el arrebatador final, con esa concentración ejemplar en una Isa Miranda transfigurada en Zazà, presagia, ¡y cómo! ese célebre plano que Jean Eustache extrajo a Françoise Lebrun en La manan et la putain (1973), sólo que más intenso todavía, mucho más complejo y de mayor categoría en su elaboración artística.

Continuará….

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