Reflexionando sobre 30 años de Política Agraria Común (PAC)

¿Has oido hablar sobre las ayudas de la PAC a los agricultores?
¿Has oido hablar sobre las ayudas de la PAC a los agricultores?
¿Has oido hablar sobre las ayudas de la PAC a los agricultores?

La que posiblemente es la única Política Común Europea, cumplió el pasado mes de marzo treinta años de aplicación. Evidentemente el entorno más cosmopolita no compartió en sus redes sociales imágenes impactantes o mensajes de apoyo a la agricultura o ganadería, sin embargo más de un agricultor o ganadero haciendo balance si reflexionó sobre cómo ha evolucionado, o cambiado, su actividad y explotación con motivo de la PAC.

Ha evolucionado mucho la Política Agraria Común desde aquellos años cincuenta sumergidos en una postguerra y Europa desestructurada, hasta los actuales tiempos ahogados en una crisis financiera, económica a la que se ha de sumar una crisis de gobernación absoluta. Tal vez sea la Política europea más flexible, y que ha cambiado de manera más ágil en función de la evolución del sector,…o tal vez, según se mire, el sector ha cambiado en función de la evolución de la política.

La PAC inicialmente tenía entre sus objetivos aumentar la productividad agrícola y garantizar la seguridad alimentaria, objetivos bien legítimos para una sociedad europea que cerraba las puertas de una Segunda Guerra Mundial bajo el ejemplo del proteccionismo agrícola de EEUU. El territorio europeo se encontraba con una agricultura paralizada y el abastecimiento no estaba garantizado y la PAC llegó ocupando más del 70% del presupuesto de la UE en la década de los años setenta.

Actualmente sus objetivos son otros, más encaminados al control de los precios, los niveles de producción y a la subvención del estilo de vida de la población agrario para salvaguardar el campo y el desarrollo rural. ¿Y por qué han cambiado estos objetivos?

Tanta insistencia y partida presupuestaria tuvo sus efectos en sus inicios, funcionó. La autosuficiencia europea alimentaria se logró en los años ochenta, incluso generando excedentes que tuvieron que ser o bien eliminados o bien subvencionados para su exportación. El coste presupuestario de estas medidas se convirtió en desproporcionado y además las distorsiones en los mercados internacionales de alimentos que provocaban fueron muy criticadas. Ni qué decir de las voces que criticaban el bloqueo al desarrollo de países en vías de desarrollo al impedir, con el subsidio de los productos europeos, que al comercializar los países extranjeros productos externos a la UE éstos fueran competitivos dentro de ella.

Su importancia en términos económicos y su impacto en los mercados agroalimentarios está y estuvo clara. Sin embargo, su relevancia social no tanto. Muchos se preguntan: ¿es injusto proteger la agricultura europea de la competencia internacional? O por otro lado, por qué a día de hoy el 38% del presupuesto comunitario se debe dedicar a un sector que apenas supone el 5% de la población empleada. A estos agravios habría que sumar la conciencia medioambiental inminente a la década de los años noventa, en la que la necesidad de conservar el medio ambiente y generar prácticas respetuosas con el territorio empezaba a sumarse a cada política. Y por supuesto, todos estos agravios habría que pasarlos por el filtro de la información sesgada, segmentada y sin conciencia territorial. La ignorancia es bastante peligrosa, la ignorancia de no contemplar los territorios de manera transversal y a la población y sus actividades como elementos cambiantes de un sistema complejo.

Pero todo tiene otra lectura, la doble lectura. ¿Y si la compensación a la renta de los productores se realiza porque el consumidor no está dispuesto a pagar otro precio por los productos que representan y protegen su territorio? ¿Y si no existe una conciencia real medioambiental que nos enseñe a ver el paisaje como una construcción de las actividades humanas agrarias sobre el territorio? Porque… el proteccionismo agrario que realizan los estados evidentemente está por encima de la decisión de compra del ciudadano, abogando —o imponiendo— el consumo responsable. Tal vez los incendios forestales, las pérdidas de vías pecuarias o la destrucción del patrimonio rural por abandono, no son solo asuntos de conservación. Tal vez el mantenimiento de las actividades y personas que las mantienen vivas tenga un sentido a parte de la propia ayuda a esos habitantes del medio rural. Que en cualquier caso no está de más, puesto que el principio de igualdad de todas las constituciones democráticas aboga por la necesidad de proteger a los más débiles que proceden de una inferioridad congénita. Aunque pensándolo bien, su debilidad no es congénita, sino adquirida a partir de la evolución de la industria, turismo, y otros sectores económicos más actuales.

Sin duda, la posición y la aplicación de la PAC  de la Unión Europea tiene muchos puntos de vista, e incluso desde un solo lado, como un caleidoscopio, muchas interpretaciones que. El debate está encima de la mesa, desde sus comienzos y en cada revisión. La estabilidad y el desequilibrio, de los agricultores europeos y de los mercados internacionales respectivamente. La conservación y la destrucción, de los paisajes europeos y de las economías en vías de desarrollo. La seguridad y el bloqueo, de la seguridad alimentaria y de los productos externos. A fin de cuentas, el eterno dilema del proteccionismo europeo.

Rosa María Jiménez Abad

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