Recordando a Stanley Kwan

Stanley Kwan | Vía: youtube (link)
Stanley Kwan | Vía: youtube (link)

En mi opinión, uno de los grandes blufs de la historia de la crítica cinematográfica lo constituye el entusiasmo generalizado por el cine oriental de las últimas décadas, que ha llevado a jalear genios allí donde solamente había o hay directores interesantes; y algunos, gracias. Ejemplos no faltan: Apichatpong Weerasethakul, Hirokazu Kore-eda, Naomi Kawase, Kiyoshi Kurosawa, Kim Ki-duk, Lee Chang-dong… Dentro de este contexto, el cine chino en particular se lleva la palma de los falsos o exagerados prestigios: Wong Kar-Wai, Tsai Ming-Liang, Edward Yang, Hou Hsiao-Hsien, Jia Zhang-ke, incluso ese buen director que es Zhang Yimou, hoy en día despreciado, pero que cuando todavía era un valor en alza en la bolsa de la crítica se calificó poco menos que como genial (ni tanto ni tan calvo). Así las cosas, no deja de resultar descorazonador que el hongkonés Stanley Kwan, que probablemente sea el mejor director oriental de los últimos treinta años y el mejor director mundial ¡menor de sesenta años!, sea el más olvidado por la mayor parte de la crítica y el más desconocido por espectadores y cinéfilos por igual, y no sólo en España; tan olvidado está, de hecho, que desde el año 2010 nadie le ha financiado un largometraje. Aunque, lógicamente, habrá otras, tan sólo conozco la defensa que de él hizo Jonathan Rosenbaum.

Escena de la película ‘Lan Yu’ | Vía: Rotten Tomatoes (Lan Yu)

Lo que más llama la atención de Kwan en estos tiempos tan desvaídos es que sea un verdadero cineasta; es decir, un director con un agudo sentido formal, en su naturaleza esencialmente cinematográfica y no fotográfica o esteticista, de modo que, aunque algunas de sus películas (no todas) aparenten cierto desaliño porque no se pliegan a la estética de la estampita ni a la servidumbre del trabajo tan bien ensamblado como inexpresivo, ocultan una minuciosa elaboración plástica, compositiva, rítmica, etc. Así, las mejores películas de Kwan, como las de los grandes clásicos, abundan en pistas e indicios visuales que, más allá de sus guiones de apariencia convencional, las dotan de una coherencia cinematográfica profunda, amén de multiplicar sus significados hasta extremos para nada rastreables en sus diálogos. Son ejemplos soberbios de películas que no ilustran un libreto preexistente, sino que se crean y expanden por la puesta en escena: bastaría con constatar cómo muchas veces los decorados, utilizados como nadie más que él sabe ha sabido hacerlo en los últimos tiempos, nos revelan lo esencial de los personajes y del film. [En lo que sigue ilustraremos este texto con imágenes provenientes de la que tal vez sea su mejor película: Lan Yu (2001)].

De la película ‘Lan Yu’ | Vía: Reverse Shot (link)

Tal vez por ello, Kwan no parece haberse interesado gran cosa, o al menos no siempre, por disfrazar sus películas con el ropaje de moda entre los aprendices de autor, la falsa trascendencia; es más, por las muestras de su obra que conozco, se ha conformado con transitar el género a la vez más despreciado y más glorioso de la historia del cine: el melodrama. Los melodramas de Kwan no desdeñan, de hecho, los lugares comunes del género (es más, a veces se construyen sobre ellos) ni se revisten de complicaciones para aparentar ser más profundos (las historias son de una simplicidad cristalina, salvo su decepcionante Yue kuai le, yue duo luo, traducida al inglés por Hold you Tight, 1998): buscan simplemente explorar los sentimientos y rendir cuentas de las contradicciones que constituyen al ser humano. Esto no significa que su perspectiva sea anticuada, todo lo contrario; y esto vale incluso para ese arriesgado desafío a la crítica highbrow que es esa crónica de los amores empecinados, ataviada de recreación historicista y telenovela, llamada Changhen ge (El perpetuo pesar, 2005). Y es que el enfoque de Kwan de las relaciones humanas es plenamente moderno: véase el tratamiento dado a la pareja homosexual de Lan Yu o al cuarteto protagonista de Dei ha ching, (conocida internacionalmente como Love unto Waste, 1986).

Como plenamente moderno es también su uso del tiempo o de las distintos estratos narrativos. Kwan tiene una facilidad pasmosa para recorrer con éxito décadas enteras (Changhen ge), lo mismo que para pasar del presente al pasado o de la realidad a la representación; y a veces los flash-backs (Ruan Ling-Yu, 1991) son simplemente flashes (Lan Yu).

En gran parte, ello se debe a un concepto magistral del montaje que siempre busca crear una sensación, una emoción, una fricción, con cada cambio de plano, así como a una narrativa que no permite a los personajes asentarse, manteniéndolos en estado de constante mudanza, cuando no alerta.

Tal vez la película más famosa de Kwan, aquella que le dio fama mundial (inédita en España…), sea la extraordinaria Ruan Ling-Yu (La actriz, también conocida como Center Stage); en parte, imagino, por su llamativa utilización de cuatro estratos narrativos: la vida ficcionalizada de la actriz que da título al film, Ruan Ling-Yu; las reconstrucciones en color de fragmentos de sus filmes; la reproducción de auténticas imágenes de ellos, evidentemente en blanco y negro; y las entrevistas, también en blanco y negro, a la actriz real que encarna a la actriz rememorada, en concreto, la musa del cine hongkonés Maggie Cheung. Sin embargo, aún es superior la magistral Lan Yu, mucho más sencilla en su estructuración, con sólo un estrato narrativo y tres tiempos relativamente convencionales (un conciso inicio, una breve conclusión y un largo flash-back que no se revela como tal hasta el final), pero mucho más cohesionada y perfecta en su elaboración formal, lo que la eleva entre el escaso puñado de grandes películas del siglo XXI.

Tal vez si la crítica internacional hubiera tratado a Stanley Kwan como se merece, su último largo no se remontaría a 2010. ¡Qué lástima!

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