¡Qué se joda el espectador medio!

 

Marzo del 2008.

THE WIRE emitía su genial último episodio. Su audiencia pírrica no parecía importar a los ejecutivos de su cadena madre.

Parece que fue ayer.

The Wire nos cuenta la intrahistoria de Baltimore. Una ciudad violenta si tienes la suficiente mala suerte de nacer pobre o adicto. Pero también podía ser una ciudad mágica, del tipo de magia hecha por gente que sabe que es afortunada por tener un poco, gente que quizá quiera más. Antes había buenos empleos para la gente sencilla en Baltimore, gente de ascendencia campesina. Empleos fabricando acero, coches, barcos, paraguas e impermeables. La gente podía comprarse pequeñas casas y, más o menos, sin dejarse llevar mucho, eran felices de poder comer bien y beber cerveza por la noche. Esos trabajos ya no existen y tenemos todavía que encontrar un nuevo camino. Ya no parece haber sitio en el mundo para la gente sencilla.

HBO parecía la mejor, la única, estuve un tiempo pensando en diseñarme una camiseta con su “logo” y debajo la frase (apócrifa) de David Simon:

¡Qué se joda el espectador medio!

Al final no lo hice.

HBO donde ganaba y gana mucho dinero es con las retransmisiones deportivas. La mayoría de sus abonados es lo que piden y consumen.

Con ese montón de dólares en el bolsillo se les ocurrió que no les vendría mal algo de prestigio.

En ese momento aparecieron en escena escritores como David Chase (Los Soprano), David Milch (Deadwood) y David Simon (TheWire). Los tres David.

Los Soprano se llevaba todos los premios, Deadwood no la entendía nadie, y The Wire era demasiado “socialista” para los EEUU.

La mejor serie de todos los tiempos, “TheWire”, no llegaba al millón de espectadores ninguna semana (por entonces solo se emitía un capítulo cada siete días, la costumbre “millenial” de los maratones “seriéfilos” ni se concebía). Solo algunos críticos alababan la serie grabada en Baltimore. A la mayoría no les gustaba verse reflejados.

Luego llegaron AMC con The Walking Dead y Breaking Bad, SHOWTIME con Californication, etc…

Parecía que el pastel se repartía entre unos pocos…

Pero en el capitalismo siempre aparece alguien que desenfunda más rápido.

Reed Hastings ideó primero un sistema de mensajería para alquilar DVD que te llevaba la película a casa, con este método liquidó a un gigante como Blockbuster, y en 2007 quiso emular el éxito de YouTube y estrenó el Streaming de pago.

Solo distribuía contenido de otros hasta que en 2010 pagó lo que parecía una locura (100 millones de dólares) por los derechos de House of Cards y fichó a David Fincher como máximo responsable de la primera temporada.

Ahora también producía su propio contenido. El futuro ya estaba aquí.

En 2018 Netflix tiene un presupuesto de 8000 millones de dólares para alimentar su interminable catálogo. Y además de cantidad también quiere calidad. En esta última edición de los Emmy consiguió la nada desdeñable cantidad de 112 nominaciones; más que ninguna otra cadena o servicio online.

Hemos entrado de lleno en el reino de los algoritmos, saben las series que nos gustan, en qué momento nos conectamos para verlas, en qué momento damos al “pause” para ir al baño.

Un gran hermano global que todo lo ve.

No nos quieren esclavizar, ni tiranizar, solo quieren el “fucking Money”.

Jeff Bezos, ese gran filántropo, no se quería quedar descolgado y, respaldado por el flujo continuo de “cash” que le proporciona su enorme bazar basado en el trabajo semi-esclavo de sus empleados, se lanzó también a producir su propio contenido. Gracias a Amazon tenemos Transparent, que no es poco.

Era cuestión de tiempo que los grandes estudios de Hollywood se subieran al carro.

Disney, Fox y Comcast crean, con su enorme catálogo,Hulu, e inmediatamente se lanzan a producir.

El cuento de la criada (su gran producción hasta el momento) consiguió el Emmy a la mejor serie en 2017. Primer gran premio al zurrón.

¿Google será la siguiente? De momento YouTube y sus 1000 millones de usuarios parece que son suficiente negocio. Pero ya han estrenado a través de YouTube Premium series estimables como la nostálgica Cobra Kai.

¿Cuál será el siguiente paso?

Parece que el cine de prestigio es el siguiente nicho a explotar.

ROMA, la última película de Alfonso Cuarón ganadora en Venecia es una producción de Netflix y la estrenará en Noviembre solo para sus abonados.

Parece una gran noticia que una compañía multimillonaria se lance a producir buen cine (el mismísimo Scorsese sera el siguiente “peso pesado” en estrenar en la plataforma), pero esa exclusividad nos suena a desembarco de “transatlántico” capitalista dispuesto a hacerse con todo el mercado arrasando con todo lo que tenga enfrente.

De momento lo más gozoso que nos ha dejado esta nueva oleada de plataformas de streaming es un buen puñado de planos-secuencia de la serie Daredevil.

Qué más se puede pedir.

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