Pornografía, juventud y educación

Vía: Jim Benton (link)
Vía: Jim Benton (link)

En el segundo capítulo del volumen Love in the age of the internet. Attachment in the digital era, editado por Linda Cundy en 2015, John Beveridge escribe: «La vida sencilla de los años sesenta no era perfecta, pero al menos no veíamos pornografía»[1]Beveridge, J. (2015). A tangled web: internet pornography, sexual addition, and the erosion of attachment. En L. Cundy (ed.), Love in the age of the internet. Attachment in the digital era (págs. 31-52). Londres: Carnac, pág. 35.. Con esta frase, este psicoanalista experto en adicciones parece dar a entender que el consumo de pornografía sería algo así como el grado cero de cultura, la abominación de todo lo que en el ser humano es capaz de crear valor, una realidad insalvable desde cualquier punto de vista. Cualitativamente, parece que esté hablando de un límite antropológico cuya negatividad no sería superada por ninguna de las oscuras dimensiones que la vida cotidiana tuvo en la década de los sesenta, en la que él creció. Un diagnóstico tan radical —y que debemos entender desde el punto de vista de su psicología del apego— contrasta brutalmente con un hecho que Beveridge refiere en la misma página, a saber: que la industria del porno es cada vez más rentable y poderosa. «En estos tiempos procelosos», escribe, «las tres industrias escapistas que parecen a prueba de la recesión son las tecnologías de la comunicación, los videojuegos y la pornografía»[2]Beveridge, op. cit., pág. 33.. (A éstas cabría añadir, según Roberto Saviano, las drogas, en la cima de la rentabilidad ilegal y verdadera acumulación originaria del capitalismo global.[3]Saviano, R. (2013). CeroCeroCero. Cómo la cocaina gobierna el mundo. Traducción de Mario Costa García. Barcelona: Anagrama.)

Si tuviéramos que definir lo específico de la industria pornográfica, diríamos que se orienta por entero a sostener a la población en sus prácticas masturbatorias. El problema según Beveridge (y toda la literatura incluida en su texto) es que, con la disponibilidad continuada que internet ofrece a estos contenidos, la masturbación toma más fácilmente formas adictivas que pueden afectar las bases químicas del cerebro y los modos de sentir felicidad. Beveridge cita a Doidge (2007) cuando escribe que «los hombres que miran porno frente a sus ordenadores […] han sido seducidos a tomar parte en sesiones de condicionamiento que cumplen todos los requisitos para alterar los mapas de sus cerebros. Puesto que las neuronas que se activan juntas quedan conectadas, estos hombres adquieren horas y horas de práctica en conectar estas imágenes a los centros placenteros del cerebro, y lo hacen con la atención necesaria para activar un cambio plástico en él»[4]Beveridge, op. cit., págs. 39-40.. «La dopamina», añade Beveridge, «sube el umbral del placer, el nivel hedónico del cerebro que opera como un termostato, y entonces los placeres ordinarios de la vida no significan tanto como significaban antes»[5]Beveridge, op. cit., pág. 39.. El individuo tiende con ello a disociar la experiencia masturbatoria del resto de su vida a la vez que le entrega a ésta, por contraste, cada vez más espacio, tiempo y energía. «Separados de sus relaciones de apego, de sus valores, creencias, moralidad y espiritualidad, es común que los adictos al sexo tengan un sentimiento de desintegración»[6]Beveridge, op. cit., pág. 41..

El circuito cerrado de la adicción masturbatoria frente a la pantalla del ordenador sería lo que Beveridge consideraría un grado cero de humanidad y de cultura. Por contraste con cualquier época anterior, el neoliberalismo y su modelo civilizatorio estarían promoviendo (por activa o por pasiva) este grado cero de cultura entre los miembros de la especie humana. No debería sorprendernos, pues son muchas las voces que han advertido que el ocio barato es hoy en día uno de los dispositivos de estabilización social más efectivos, tal vez el fundamental. Sin embargo, la afinidad electiva entre la pornografía y nuestra civilización se justificaría desde otro punto de vista. Y es que la adicción a la pornografía —como cualquier otra adicción— nace como un mecanismo continuado de protección frente a la angustia. En este caso, la masturbación se usa para forzar o imponer un cambio de humor cuando la angustia asoma. «Todas las adicciones son realmente adicciones a aquello que la fantasía del acto siempre promete pero casi nunca provee», escribe Beveridge en la página 47. La angustia es el motor de una masturbación que se vuelve adictiva cuando, por la completa disponibilidad de la excitación que facilitan los contenidos de internet, la práctica masturbatoria se convierte en el recurso automático con el que el individuo se enfrenta a la angustia —o al menos la posterga o disimula, en tanto que la masturbación no cambia en nada las condiciones que generaron ese sentimiento en primer lugar.

Puesto que el neoliberalismo, con toda su precarización e inseguridad, es un régimen de angustia objetiva, no debería extrañarnos que también sea un régimen de adicción. En ambos casos, sus efectos se ceban sobre las generaciones más jóvenes. Henry Giroux ha hablado, por ejemplo, de una guerra en marcha contra la juventud. Los jóvenes han sido lanzados a la intemperie de la angustia y la adicción en un régimen claramente neo-darwinista donde se requieren capacidades físicas, intelectuales, económicas y morales sobresalientes para mantener una vida digna… y ni siquiera entonces es suficiente. La brecha generacional del neoliberalismo cristaliza en una juventud angustiada, precarizada económicamente, y adicta.

Muchos jóvenes, con o sin estudios universitarios (cargados o no con sus respectivas deudas), han sido incapaces de hallar puestos de entrada al mercado laboral. Una generación entera ha sido consignada al paro por una sociedad a la que esto no parece importarle. Da igual si pierden interés en los placeres ordinarios de la vida; el trabajo, el estudio e incluso los goces del deporte pueden parecer fastidiosos, aburridos e ingratos cuando alguien ha virado de forma prematura al sexo. ¿Qué efecto tiene el consumo habitual de pornografía sobre jóvenes cuyas personalidades se forman y cristalizan alrededor de las experiencias que tienen durante el proceso de crecimiento? ¿Y qué sucede con los apetitos de los adolescentes que pueden disfrutar de ilimitados escenarios de fantasía que harían enrojecer a todo un emperador romano?[7]Beveridge, op. cit., págs. 36-37.

Vía: ¿Por qué casi todos los superordenadores del mundo usan Linux? (link)

La pornografía sería una de las falsas tablas de salvación que el neoliberalismo ofrece a la angustia y la frustración. Así, se amontonan las evidencias de un nuevo tipo de adicto al sexo entre jóvenes y adolescentes, cuyo perfil nada tiene que ver con el de décadas anteriores. Dado el fácil acceso a material pornográfico, se trata de una forma de adicción que se consolida rápidamente y que estaría «perturbando el normal desarrollo neuroquímico, sexual y social de la juventud»[8]Riemersma y Sytsma (2013), pág. 307, citado por Beveridge, op. cit., pág. 48.. Tradicionalmente, detrás de las adicciones al sexo solía haber un trauma o cierto tipo de abuso sexual. Hoy, en cambio, el acceso prematuro a la pornografía conformaría la experiencia traumática en sí. Aunque es pronto para asegurarlo, Beveridge surgiere que síntomas tales como el desorden del déficit de atención e hiperactividad, la depresión, el desorden obsesivo-compulsivo, la falta de deseo sexual y la ansiedad social entre los jóvenes podrían ser efectos del consumo habitual de pornografía.

Pero no se trata sólo de trastornos psíquicos como los recién mencionados. Crímenes ya juzgados, como el que cometieron los miembros de La manada en las fiestas de San Fermín de 2016, indican que la relación de la juventud con la pornografía no queda necesariamente restringida al espacio, privado y restringido, de la habitación mal iluminada por la pantalla titilante del ordenador. Hay quienes toman su contenido como un modelo para su propio comportamiento sexual y social. Quieren llevarlo a la realidad; no se conforman con la fantasía. Y entonces los efectos cambian, se recrudecen y las víctimas se multiplican, puesto que una de las características de la pornografía es que «siempre ha tenido que ver con el control y la degradación de la mujer»[9]Benveridge, op. cit., pág. 35.. Casos judiciales abiertos, como el de Torpe, sugieren que el abuso de las mujeres sería característico del contenido pornográfico tanto como de las relaciones cotidianas que se dan en su industria. Al parecer, las fronteras entre la pornografía, la prostitución y la trata de blancas también serían bastante porosas.

En su introducción al libro cuya lectura ha despertado esta reflexión, la editora Linda Cundy menciona que

ha llegado la hora de considerar la posibilidad de que estemos perdiendo el contacto con algo vital y esencial en nuestro bienestar, para que así podamos mantenerlo a salvo junto con el desarrollo de nuestras vidas digitales, asegurándonos que la tecnología fortalece lo que nos importa —lo que nos hace humanos— en vez de socavarlo[10]Cundy, L. (2015). Introduction: Looking back and looking forward. En L. Cundy (ed.), Love in the age of the internet. Attachment in the digital era (págs. xiii-xx). Londres: Carnac, pág. xiv..

Como hemos visto, el consumo adictivo de pornografía, favorecido por el desarrollo de las nuevas tecnologías, sería una de esas cosas que —para Beveridge— atentaría contra nuestra humanidad, contra nuestra capacidad de mantener relaciones y estructuras de apego. De ahí que sea, también, un grado cero de cultura. Frente a todas las tragedias personales que genera, quisiera preguntarme qué puede hacer un profesional de la educación respecto a esta realidad. Es obvio que los centros educativos deberían dar una educación sexual de calidad, que en modo alguno se limite al uso de métodos anticonceptivos, como ha sucedido durante años. Los jóvenes necesitan espacios para dialogar sin miedo y con rigor sobre el placer del sexo, sobre la masturbación, sobre la violencia y el abuso sexual, sobre los contenidos pornográficos que hay en internet, sobre la industria del sexo, la adicción, etc. No hay ninguna razón para que estas conversaciones no se planteen en el interior de los centros educativos (excepto la irresponsabilidad y la mojigatería adultas, claro), dado que hay profesionales bien formados para ello. A un nivel general, sin embargo, creo que la educación debería hacer algo más. Debería ser capaz de ofrecer justamente lo que la sociedad en su conjunto parece obcecada en negar a los jóvenes: una alternativa lo suficientemente interesante y valiosa como para que pueda conectar con energía y confianza con los destinos del mundo. No se trata de llenar las mañanas y las tardes de deberes, exámenes y tareas que no dejen tiempo para nada más. Se trata de asegurarnos que la juventud tiene experiencias genuinas de interacción con su propio entorno, en las que puede adquirir y poner en práctica las herramientas conceptuales, materiales (también digitales) más poderosas. Estas experiencias —colectivas, transformadoras— no pueden ser la excepción sino la norma. Sólo así tendremos derecho a esperar que la riqueza de estas experiencias escolares ilumine a los jóvenes incluso en sus momentos de mayor oscuridad. Que esas experiencias, y no las otras, sean sus verdaderos modelos de humanidad y cultura.

Referencias   [ + ]

1. Beveridge, J. (2015). A tangled web: internet pornography, sexual addition, and the erosion of attachment. En L. Cundy (ed.), Love in the age of the internet. Attachment in the digital era (págs. 31-52). Londres: Carnac, pág. 35.
2. Beveridge, op. cit., pág. 33.
3. Saviano, R. (2013). CeroCeroCero. Cómo la cocaina gobierna el mundo. Traducción de Mario Costa García. Barcelona: Anagrama.
4. Beveridge, op. cit., págs. 39-40.
5. Beveridge, op. cit., pág. 39.
6. Beveridge, op. cit., pág. 41.
7. Beveridge, op. cit., págs. 36-37.
8. Riemersma y Sytsma (2013), pág. 307, citado por Beveridge, op. cit., pág. 48.
9. Benveridge, op. cit., pág. 35.
10. Cundy, L. (2015). Introduction: Looking back and looking forward. En L. Cundy (ed.), Love in the age of the internet. Attachment in the digital era (págs. xiii-xx). Londres: Carnac, pág. xiv.
Luis S. Villacañas de Castro

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