Permanecer en el camino de campo: un comentario sobre la Serenidad en «Der Feldweg», de Martin Heidegger

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Martin Heidegger | Vía: Pinterest (quotationof)

Der Feldweg (Camino de campo)[1]La versión que utilizamos es HEIDEGGER, Martin. 1983. “Der Feldweg”, en Aus der Erfahrung des Denkens (GA 13). Frankfurt a. M.: Vittorio Klostermann, pp. 87-90 (todas las traducciones son nuestras) es uno de los escritos más peculiares del pensador alemán Martin Heidegger, en tanto que, sin estar lejos de la filosofía o la poesía, resulta, sin embargo, un potente híbrido entre ambas y que no puede adherirse a género alguno.

Heidegger escribió esta suerte de diálogo esperanzador entre 1947 y 1948. Alemania había sido derrotada y entre noviembre de 1944 y febrero de 1946, el propio Heidegger había sido reclutado en el Volkssturm –el filósofo contaba ya con 55 años- donde pasaría varias semanas cavando trincheras en la región de Alsacia entre Alemania y Francia. Época que terminó con el lamentable despido de Heidegger de la Universidad de Friburgo por el Comité de Control Aliado, que había comenzado su proceso de desnazificación. Huelga recordar que Heidegger fue la gran -si no la única- víctima intelectual de la causa y que esta indecencia derivó luego, sumada a otras cuestiones personales, a su posterior hospitalización psiquiátrica para el tratamiento de la depresión.

Pero hubo también un breve período de tranquilidad en el centro de esta tormenta terrible. Tan pronto como fue Heidegger relevado del Volkssturm en diciembre (por sus recurrentes problemas de corazón, que no eran más que síntomas psicosomáticos de un trastorno de ansiedad severa), se fue en la bicicleta de su hijo desde la ciudad de Friburgo (dónde vivía y daba clases) hasta su ciudad natal de Messkirch (a unos ciento veinte kilómetros de distancia) para mantenerse alejado del ejército francés. Heidegger pasó aquellos próximos meses escribiendo en Messkirch y dando clases en el castillo cercano de Wildenstein (un sitio idílico, en lo alto de las colinas encima de Beuron, con una vista panorámica del valle del Danubio).

Heidegger encuentra, mediante este pequeño escrito, un cierto sentido en todos sus elementos. Pese a su brevedad, lo que aparece reflejado es el filósofo más romántico, el pensador “hölderliniano”, el caminante que habita poéticamente. Der Feldweg comienza evocando un recuerdo de niñez. El camino que empieza en el portón de jardín, y corre hacia Ehnried. Los tilos adquieren cualidad de guardianes silenciosos, que observan a quien se aleja. ¡Qué hermosa metáfora ese caminar poético! Hay una determinación vital en este escrito, que se caracteriza por cuanto insiste en la región ontológica: echar a andar con un mapa hermenéutico en el que se reconocen los hitos del ser gracias a una convicción fundamental: el sentido es la apertura que se recorre, sin otra brújula que esa.

Ese camino Heidegger lo recuerda como fuente de sentido y de sabiduría. Como todo niño, rememora vagamente su debilidad e ignorancia ante un mundo adulto remoto y sabio, cuando se topa con un roble a cuyo pie hay un banco de rústica carpintería, sobre el que solía haber, algún escrito de grandes pensadores. El ahora consagrado pensador se manifiesta como todavía inhábil para descifrar los mensajes de aquel escrito: «Cuando los enigmas se amontonaban sin salida alguna, ahí estaba el camino del campo»[2]Ibíd., p. 87. Este camino, al que Heidegger le otorga la cualidad de ser quien ayuda al guiar, con serenidad, en lo sinuoso, a través de la amplitud de la campiña.

Esta podría ser una de las bases principales del escrito: los enigmas que los adultos no podían o no querían resolver, el camino se los resolvía. La simbología del roble es igualmente interesante: tal y como nos recuerdan Chevalier y Gheerbrant[3]CHEVALIER, Jean y Alain Gheerbrant. 2012. Diccionario de los Símbolos. Barcelona: Herder, pp. 445-446, es el árbol que simboliza la vida y la valentía. El roble crece lento y constante, y es en ese crecimiento donde está fundamentado lo que perdura. Crecer es abrirse a la amplitud del cielo y al mismo tiempo, estar arraigado en la oscuridad de la tierra. Tierra que tiene, como dice el propio Heidegger en uno de sus poemas, un «sanftes Blühn» (o suave florecer, germinar).

Heidegger ve un camino de bosque que siempre está rodeado por el consejo alentador de lo mismo: lo sencillo conserva el enigma de lo perenne y de lo grande, sin intermediarios y, repentinamente, penetra en el hombre y requiere, sin embargo, una larga maduración. Claro está que, su consejo alentador habla solamente mientras haya hombres que, nacidos en su ámbito, puedan oírlo. El pensador trae un recuerdo sobre un mundo que parece anterior a todos estos paseos poéticos; uno que aparece casi como el Edén previo al descubrimiento –al torcimiento- de la sexualidad y del conocer. Como en aquel, la naturaleza se nos ofrece sin esfuerzo ni mediación. Alguien corta un árbol y parece que se alude a algún tipo de apropiación comunal, ya que de los restos del roble cortado los niños fabricaban en aquel tiempo barcos con remo y timón[4]Heidegger, Op. Cit., p. 88.

Heidegger es un excelente observador de cuanto le rodea, por eso el círculo de visión si algo es, es abierto cuya apertura no viene dada porque miremos dentro de ella, sino porque el mismo horizonte del que se habla, es, para empezar, lo abierto que nos rodea. Saber, nos dice Heidegger en sus Holzwege (Calveros de bosque), es haber visto, captar lo presente como tal[5]«Wissen heißt: gesehen haben, in dem weiten Sinne von sehen, der besagt: vernehmen des Anwesenden als eines solchen»: HEIDEGGER, Martin. 1977. “Der Ursprung des Kunstwerkes”, en Holzwege (GA 5). Frankfurt a. M.: Vittorio Klostermann, p. 46. Y esto ocurre cuando estamos a la espera de la esencia del pensamiento. Espera que, al desistir de la representación y lo representado, no se deja comprometer en ello. Por tanto, si bien carece de objeto, lo que sí tiene es compromiso con lo abierto, en la amplitud de lo lejano, al movernos libremente en las palabras.

Por tanto, ¿qué es estar a la espera de la esencia del hombre? Probablemente, estar a la espera en la Serenidad, pues ésta aún oculta su esencia. Al avanzar por el sendero, aparece el término «Heiterkeit» (Serenidad) y al referirse a ésta, se nos habla de la quietud, ya que el movimiento proviene de la misma. Siendo la Serenidad tanto el camino como el movimiento, dado que éste no procede sólo de la quietud sino que continúa, inmerso en ella, como camino de diálogo en que se constituye. Serenidad que es el soltarse del representar trascendental y así, prescindir del querer del horizonte. Luego colegimos que, en todo obrar y causar, se nota lo extraño que es cualquier carácter de voluntad para con la Serenidad, al no comprender lo que es natural a la voluntad, como lo es el querer operar también la misma realidad.

La serenidad y el regreso se interpelan. Así, aparece la primera como lo apropiado a la situación justo antes del regreso y después de reconocer que esta época ha perdido su relación crucial con lo sencillo: «disminuyen, con rapidez, aquellos que reconocen lo sencillo como su bien adquirido»[6]Heidegger, Der Feldweg, Op. Cit., p. 89. Decíamos antes que la palabra alemana que utiliza aquí es «Heiterkeit» y no «Gelassenheit», que es la utilizada posteriormente en su escrito homónimo de 1955. Preferiríamos, no obstante, dada la significación polisémica del original alemán, el término «dexamiento», incluso «desasimiento»[7]A este respecto, las ideas del filósofo Julio García Caparrós nos han sido muy esclarecedoras..

Quizás este camino de campo, este sendero no da la serenidad del desasimiento sino la de un mantenerse firme, la de no perder pie. Empero, el significado de esta serenidad apunta en la dirección del dexamiento. La serenidad de la que habla Heidegger pone diques a la melancolía, pues ésta podría hacer que se perdiese la dirección del sendero y nos dedicásemos a la simple añoranza. De esa forma, lo que Heidegger viene a decirnos en Der Feldweg es, ni más ni menos, que esa serenidad -la que, por otra parte, nos lleva a lo eterno- no puede adquirirse. En sus propias palabras: «No la obtiene quien no la posea»[8]Heidegger, Ibid., p. 90. Es el campesino quien está realmente capacitado para la serenidad a la que se refiere el pensador alemán. Sólo tratar con ese entorno es lo que habilita para su obtención. Esto es, sólo será posible alcanzarla cuando hayamos logrado el susodicho dexamiento.

Sobre este sendero y lo que de él extrae el pensador, recae toda la fuerza con la que rechazar la noción de «cálculo» y su aniquilación de lo constante, de la lentitud necesaria para los enigmas y su apertura. Nos adensamos en la profundidad, tanto como nos adentramos, y solo así, a través de ese medir, será quizás posible re-abrir la región para acceder a la serenidad. Nos decimos adiós al mundo desde el mundo, al menos a ese que la civilización tecnológica ha deslavazado, y donde la naturaleza no tiene razón de ser, sino es precisamente con la tecnología elaborando todas las cosas de nuevo.

Pero bosque adentro, por fortuna, hay senderos (como ese Feldweg al que alude Heidegger) que nunca acaban. Allí, donde la vida que algunos pugnan por vivir hormiguea todavía en sus silencios vivos.

Título: Camino de Campo
  • Autor/es: Martin Heidegger
  • Editorial: Herder
  • Nº de páginas: 56
  • Encuadernación: Rústica con solapas

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Referencias   [ + ]

1. La versión que utilizamos es HEIDEGGER, Martin. 1983. “Der Feldweg”, en Aus der Erfahrung des Denkens (GA 13). Frankfurt a. M.: Vittorio Klostermann, pp. 87-90 (todas las traducciones son nuestras)
2. Ibíd., p. 87
3. CHEVALIER, Jean y Alain Gheerbrant. 2012. Diccionario de los Símbolos. Barcelona: Herder, pp. 445-446
4. Heidegger, Op. Cit., p. 88
5. «Wissen heißt: gesehen haben, in dem weiten Sinne von sehen, der besagt: vernehmen des Anwesenden als eines solchen»: HEIDEGGER, Martin. 1977. “Der Ursprung des Kunstwerkes”, en Holzwege (GA 5). Frankfurt a. M.: Vittorio Klostermann, p. 46
6. Heidegger, Der Feldweg, Op. Cit., p. 89
7. A este respecto, las ideas del filósofo Julio García Caparrós nos han sido muy esclarecedoras.
8. Heidegger, Ibid., p. 90
Daniel Arana

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