Patio de mónadas

Texto colaborativo elaborado entre las componentes de la sección feminismos de esta casa. La ciencia ficción, como todo, será feminista o no será.

I

Primero llegó el que tiene la concha blanca, sin líneas ni manchas de ningún tipo. Unos meses después, apareció el de la concha con figuras geométricas. Al principio, me preguntaba constantemente cómo habían llegado al patio interno, desprovisto por completo de plantas, macetas o tierra. Pero allí estaban, caracoles surcando el cemento. Con el paso de las semanas, empecé a observar que solían pasar tiempo juntos, sea lo que sea que eso signifique en temporalidad de gasterópodo. Sin darme cuenta, empecé a obsesionarme con su presencia, lo que llevó inevitablemente a que, de forma casi inconsciente, les impusiera una historia de convivencia, que rápidamente se precipitó en una fabulación romántica. Cuando caí en cuenta que mi observación pretendidamente científica estaba totalmente atravesada por el lugar común, ya era demasiado tarde para volver a la inocente mirada desprovista de trama. Los caracoles, por descontado ajenos a todo esto, continuaban sencillamente viviendo, con unos impulsos, unos estímulos y unos sentidos que yo desconocía por completo. Tal vez mi inevitable tendencia a romantizar sus rutinas venía, precisamente, de mi absoluta imposibilidad para acceder a esa realidad. El relato del amor romántico en versión caracol, que había contaminado mi observación, funcionaba como un sustituto del verdadero conocimiento. 

Sin embargo, desde hace unos días los surcos que dibujan sus babas al caminar han comenzado a trazar mensajes en el suelo del patio. El color rojizo del terrazo a contraluz con la brillante mucosidad configuran un espectáculo tan magnífico como asqueroso. Asco arte, lo llama mi vecina del segundo. Sobre las cuatro de la tarde, cuando el sol cae en picado en estos meses de invierno, las siluetas han comenzado cobrar un especial significado. Se intuyen formas que comienzan a parecerme familiares. El lunes no comprendía lo que decían, solo veía palos y círculos. Hoy miércoles reconozco un pequeño dibujo y lo que parece una palabra.

Collage: Irene Bebop

II

La vecina ingeniosa que cada vez que salía a tender la ropa veía a los caracoles dejando su huella babosa en el  terrazo, la que bautizó los surcos como arte asco, no podía dejar de recordar la idea de mónada de Leibniz. Una entelequia perfecta en cuyo interior estaba el mundo entero. Su actividad favorita era percibir. Así sin esfuerzo alguno, sin necesidad de consciencia, tenía en sí misma representado el mundo externo. Esta actividad tan propia suya se producida con total naturalidad, iba de una percepción a otra, dinámica y pletórica. Su perfección residía, precisamente, en esa capacidad de autodeterminación y el hecho de que no necesitaba nada que no fuera sí misma, puesto que todo lo existente estaba ya, de algún modo, en ella.
La idea de esta substancia inmaterial no se le iba de la cabeza. No podía dejar de pensar en la existencia de infinidad de mónadas completamente diferenciadas. Todas ellas bien distintas, con el mundo entero en sus entrañas. Y precisamente por tenerlo todo dentro, no podían comunicarse con la realidad de fuera. Estaban atrapadas en sí mismas, aisladas. El destino había querido que Leibniz acabara afirmando que Dios había creado una armonía preestablecida, por la cual todas las mónadas reflejaban la totalidad de la realidad del mismo modo.
Ella, que se sentía como una mónada aquella tarde, trataba de entender el determinismo al que esa metafísica le llevaba. Pensaba en la imposibilidad de comunicación que de ella se derivaba, en que debía confiar en que todas las mónadas percibían la relación interior-exterior del mismo modo. Pensaba en la incoherencia de todo aquello. ¿Cómo iban todas y cada una de las mónadas a percibir el mundo del mismo modo si cada una de ellas era diferente? Además, ella no creía en Dios.
Salió de ese estado de sopor al que sus divagaciones la habían llevado y, con una sonrisa en los labios dijo: yo no soy una mónada, hablemos.Ese día comprobó que la metafísica de Leibniz hacía aguas por todas partes, pues sus percepciones sobre la realidad compartida eran bien distintas.

III

Sin embargo, la habitante del quinto, vive ajena a las divagaciones, al punto de unión entre los caracoles y las mónadas, a la necesidad del vínculo romántico y la autodeterminación del ser. Vive ajena porque su tiempo transcurre en bucle, atrapada en la memoria de la única escena de su vida que puede recordar. Por suerte es un momento hermoso.Una cama, una mañana calurosa, una amante juguetona, unas ciruelas fresquitas que coge dejando atrás el revuelo de la otra habitación, una nota que pega al frigorífico dando cuenta de su robo y de su deseo. El cuerpo de la vecina del quinto se eriza una y otra vez, a cada instante

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