EL origen del mundo, de Gustave Courbet

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El lienzo que hoy nos ocupa precisa de poca descripción: a grandes rasgos, estamos ante un desnudo femenino muy realista del que lo único que vemos es la parte del tronco de abajo arriba con la zona más genital ocupando el centro de la escena. Un despatarre ginecológico, vaya. Un simpático fafarique del siglo XIX.

Si aportamos el dato de que Courbet pintó y expuso la obra allá por 1866 podemos imaginar el pollo que se montó  entre el público de París, que, digan lo que digan, nunca fue tan sofisticado como han afirmado siempre las revistas de la moda. Redundando en el cuadro que nos entretiene y deleita este domingo, cuando no ha estado en manos privadas tampoco es que haya sido muy exhibido (se conoce que no era plan de ir por ahí enseñándolo). El Estado galo recuperó el lienzo allá por 1981 pero no lo quiso compartir con los contribuyentes hasta quince años después, tras la muerte de François Miterrand, aquel faraón polígamo, follador y socialsátrapa, látigo de antinucleares y numen de los agricultores que bandolerizaban nuestros camiones de berzas en el Pertús; el mismo que cuando no estaba levantando arcos de la concordia o pirámides de cristal, cuando no había ecologistas que cargarse, pues se metía cachondo en sus harenes como un rey persa entregado a la lascivia. Mitterrand, lo supimos después, fue un gran coleccionista de mujeres y de lo que tienen las mujeres; seguramente quería el cuadro para su colección. Miterrand, el sumerio. François, el Terrible.

¿Por qué el sexo es motivo de escándalo? Nos pasa que toda obra presentada ante un público conservador provoca una indignación igualmente proporcional al peso de las verdades que desplaza. Y sucede también que a estas alturas del siglo XIX (2016 es una prórroga del XX, el cual a su vez fue una elongación perifrástica del previo) queda muy difuso, entre tantas etiquetas, dirimir qué es conservador y qué no lo es. Hablando claro y pronto: todo aquel que vea algo sucio, simpatiza con el reaccionariado, independientemente de su color político (lo de los colores políticos es mentira: los obreros siempre aspiran a ser burgueses menos cuando tiran la toalla existencial porque lo ven todo muy negro, que entonces sólo desean protección, amparo y caudillismo). Porque el cuadro, en su provocación, no busca poner verriondo al espectador ni ruborizar a la espectatriz. Las obras pictóricas están compuestas de sí mismas y de sus títulos, conformando entre ambas caligrafías el argumento de su historia, por mucho que Picasso, otro gran aficionado a las vaginas galas (¿pero qué pasa en Francia?), despreciase o delegase en las amistades la labor del etiquetado mientras él seguía dale que dale con las meretrices franco-catalanas en compañía de su amigo Casagemas, inerecto perenne, que no se le levantaba y por eso se suicidó. El conservadurismo no es necesariamente sexual o político. El peor de todos los conservadurismos es el antropológico, máxime si va contra la mujer.

El origen del mundo tiene un tema tan bello y profundo que no se puede potorrizar ni reducir a ñocos, ni siquiera en estos tiempos en los que las universitarias enseñan las tetas que no tienen en las capillas de la Fácul (o sea) y se identifican así con aquellas Juanas de Arco que antañazo le plantaban cara a los grises que luego las aporreaban con sus falos de goma. Estas anécdotas simpáticas son las que enfatizan el grado de contradicción españológico, que te sale de repente una marabunta de jóvenes piafando puño en alto (previo voto a favor haciendo los cinco lobitos) que ellos son metaizquiérdicos y los demás fascistones, pero luego resulta que han sido todos pupilos de Jorge Vestrynge ( ¿recuerdan de dónde venía Vestrynge antes de ingresar en la Corporación Dermoestética del mamut Iribarne? Yo sí, cosas de la edad). La actualidad está repleta de señoras con cargos que tienen pinta de usar poco el bidé y demasiado mal lo que se moja en el bidé, hasta el punto de que acaban utilizándolo para pensar o para justificarse. Lo tenemos internacionalizado en ese movimiento ucraniano llamado Femen, muy loable para algunos, pero que no tendría ni la décima parte de repercusión si las glándulas mamarias de las manifestatrices resbalasen medio palmo más o si ellas mismas no estuviesen potablemente buenorras, algunas incluso cojonudas. Además, que el que preside Femen es un hombre, por si no lo sabían: una especie de Berlusconi inverso, que es el que dispone el despacho de carne pintada.

La perenne cosificación del cuerpo de la mujer perpetrada por el machismo desde el Homo Iudeochristianensis y garantizada después por el feminismo ácrata de las justicieras pornomeonas del asfalto ha redundado en que muchos de los lectores que todavía hoy se enfrentan al Origen del mundo de Courbet estén observando pero no viendo, mirando pero no asimilando, salivando pero no digiriendo la mágica y mistérica belleza que hay en toda mujer y que aquí se nos ofrece.

Este lienzo es un eco que retrotrae a la arcaica espelunca. Estamos ante una Venus decimonónica tan exquisita como las de hace cuarenta milenios. En la Península Ibérica todavía hay cuevas paleolíticas cuajadas de pinturas rupestres en las que, para salir de ellas, los iniciados tenían que atravesar un paso angosto con forma de vulva como un bebé cuando viene al mundo: giro de cráneo, primero un hombro, luego otro, empujón y fuera. El origen del mundo, ya digo, no es sólo la salida de la madre, sino que lo fue durante la mayor parte de nuestra Historia la salida de una cueva. También en aquellas grutas se representaba con reverencia la feminidad: véase el Camarín de las Vulvas, en la cueva de Tito Bustillo.

Camarín de las Vulvas, en la cueva de Tito Bustillo
Camarín de las Vulvas, en la cueva de Tito Bustillo

Luego llegó el Neolítico juntando piedras y levantando templos de largo pasillo y sala al fondo con simbología solsticial que reproducían el útero materno y lo relacionaban con los astros. Y en medio de tanto mogollón rupestre y megalítico, las famosas Venus, estatuillas rígidas, estáticas, de senos abultados y caderas prominentes, de las que hemos recuperado 500 paleolíticas y más de 30.000 neolíticas. Las Venus no fueron un fenómeno aislado. Han aparecido desde los Pirineos hasta la latitud de Voronez. El culto a la Diosa, la reverencia a la feminidad, el respeto atávico a la mujer tiene 3.000 kilómetros de largo y miles de años de ancho.

Venus, de Willendorf
Venus, de Willendorf

¿Cómo no reverenciar a la hembra desde los orígenes de la Humanidad? La mujer se rige por el calendario lunar y, misteriosamente, sangra cada vez que transcurre un ciclo del satélite. La menstruación es esa herida sagrada que, cuando no cumple con vínculo astronómico, da lugar a un fenómeno misterioso: la tripa empieza a hincharse y después sale un ser vivo. ¿Cómo no ver a la divinidad en semejante fenómeno? Ese tremendo acto en el que de un cuerpo humano surgía otro vivo debía ser toda una epifanía en aquellas cuevas prehistóricas. ¿Quién no se maravilla incluso hoy ante semejante milagro?

Nuestros más lejanos antepasados sabían que todo lo femenino es el equilibrio que necesitaba su mundo: el Mundo. Sin embargo, en cierto estrato de la Historia hay un cambio. Las diosas protectoras, benevolentes, que daban a luz, se convierten en otra cosa. Todo hacia el Tercer Milenio antes de nuestra Era. Algo debió ocurrir. ¿Qué fue? En la zona de Mesopotamia, allí donde nace la escritura, donde se levantan las primeras ciudades, donde se erigieron los más sofisticados templos, con zonas subterráneas y laberínticas adornados con enormes cráneos de uro; en ubicaciones como Çatalhöyük y Göbleki Tepe… aparecen súbitamente los clanes patriarcales y las esculturas femeninas se vuelven monstruosas e incluso acéfalas: han atacado a la Diosa. Las razones de ese declive están en el Creciente Fértil, en el mismo lugar donde se gestarán todas las historias que aparecerán en la Biblia (Abraham era de Ur); en el mismo territorio que hoy están arrasando unos y otros. Las mujeres se transformarán allí en demonios.

Adan y Eva, de Lucas Cranach el Viejo
Adan y Eva, de Lucas Cranach el Viejo

En el judaísmo a la mujer se la considera un ser secundario y en el cristianismo igual, solo que el segundo recoge una veta del primero bastante preocupante: el Testamento de los Doce Patriarcas, un texto que tiene un ataque de las mujeres absolutamente demoledor. En cuanto al Islam, lo mismo y más, dado que incluso le niega a nuestras compañeras personalidad jurídica y permite (incluso recomienda) su maltrato físico, cosa que la Alianza de Civilizaciones pasa por alto deliberadamente (sería mejor una alianza de civilizados pero, claro, para eso hay que dejar de humillar vagabundas antes de ir al fútbol a hacer el simio).

A lo largo de los últimos dos mil años sólo hay dos instantes en los que a la mujer se le otorga una cierta oportunidad en occidente. El primero es con Jesús de Nazaret, que aparece rodeado, sostenido y mantenido por mujeres en una sociedad en la que el vínculo de la mujer con su marido era tal que ni siquiera podía salir del hogar. Jesús sólo tiene palabras positivas hacia ella. En su crucifixión, frente a él, sólo hay mujeres (y Juan). En la Resurrección, los testigos son una o más mujeres. Lamentablemente, a partir de San Pablo sus seguidores se encargarán de encubrir y tergiversar todo ese comportamiento. El segundo momento clave viene de los Balcanes, gran zona de culto a la Diosa, donde los bogomilos recogerán en el siglo X esa esencia arcaica de respeto y luego se la transmitirán a los cátaros del Languedoc igualando a los dos sexos en todo. Pero los cátaros ya sabemos cómo acabaron.

El hecho de que la mujer no acceda hoy día a un primer plano de lo sagrado, de lo divino, de lo religioso, ¿a qué se debe? ¿Por qué alguien que da la vida ha quedado tan apartada de ella? ¿Por qué se la ha relegado a un lugar de la cama, al de abajo concretamente? Algo debió ocurrir en ese Tercer Milenio que nos trajo el cambio de paradigma, la beligerancia del hombre y la sumisión femenina. En mi opinión tenemos una deuda pendiente que saldar. Pasado el reloj del Neolítico algo muy importante se fastidió en la Humanidad. Algo que nos ha llevado a que un cuadro bellísimo pueda escandalizar y ser excusa para que los espectadores se le pongan delante tejiendo cuchicheos maliciosos. ¿Por qué muchos, ante la inmensa y conmovedora belleza del Origen del mundo, todavía se obcecan en ver únicamente la sordidez de un coño?

Francisco Gijón

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