Nuevo Orden o cómo hacer una soberana estupidez disfrazada de cine.

Todo aquel que me conozca un poco sabrá que una de las cosas que menos soporto en el mundo es a un director queriendo educar. Ahora mismo hay una plaga de directores así, considerados grandes intelectuales, que cada vez que realizan una película creen haber descubierto la receta del arroz con leche. Este verano sin ir más lejos tuve que sufrir a uno de los supuestos «titanes» de Hollywood asfixiándome, pero sobre todo aburriéndome, con una serie de retahílas posmodernas que acaban en nada. Esto también cansa: directores que crean un lenguaje que satura para no contar nada.

Da la casualidad que muchos de estos directores también creen haber realizado una película con mensaje (pedagógico, por supuesto, porque siempre son mucho más inteligentes que su público, al que consideran menos que a un rebaño de ovejas), aunque les salga otra, con un mensaje completamente distinto. El titán de Hollywood vende unos mensajes que le encantan a la extrema derecha estadounidense.

Esto mismo ha sucedido en México con el director que nos ocupa.

«He hecho Nuevo Orden para hundir al espectador», llega a decir Michel Franco en una de sus entrevistas. No, querido, no… No nos has hundido, peor aún, ni siquiera llegas a ofendernos. Pasolini decía aquello de que «escandalizar es un deber, pero ser escandalizado un placer». Parece que no entiendes la frase, y eso que vas disfrazado de director intelectual con alma de pedagogo.

La película transcurre en una boda de la clase alta en la que, de repente, las clases bajas (con pintura verde) comienzan a atacar y a crear una revolución, sin molestarse en entrar en cuestiones ideológicas. Los revolucionarios, todos ellos con rasgos indígenas, no hablan, sino que emiten sonidos guturales, dando a entender que son criaturas sin entendimiento y con tendencia a las más bajas pasiones y violencias contra los white mexican. Esta «castaña», porque no se puede definir de otra forma, es la película.

En ningún momento ha intentado entender cómo se gesta una revolución, sino que ha presentado a los revolucionarios como personas lastradas por el rencor social, sin ningún tipo de trasfondo psicológico y emocional. Partir del cliché puede ser muy interesante para poder darle la vuelta, pero aquí no se da el caso. Durante los ochenta minutos que dura pensaba que iba a suceder algún giro, pero no. Es puro maniqueísmo donde al final los buenos son muy buenos y los malos muy malos. Estoy harto del «buenismo» y del «malismo», no puedo soportar más estas visiones tan primarias.

Ahora, vamos a leer lo que el director piensa que ha hecho:

«Lo que ha sucedido últimamente es la confirmación de algo que ya era evidente cuando empecé a pensar en la película hace siete años, preocupado ante el auge de la extrema derecha y la xenofobia y ante la crisis de los refugiados: que los gobiernos están menos interesados en soluciones que en instaurar formas autoritarias de reprimir las posibles respuestas sociales que esos problemas generen. Y eso es evidente también en mi país, cada vez más azotado por la pobreza sistémica y por la creciente cesión de poder al ejército».

Michel Franco está desgranando perfectamente lo que significa el abuso de poder y la corrupción… Eso al menos es lo que cree él, porque otra vez no está contando nada. Su película es un gran hueco, está vacía, llena de violencia gratuita, y con una increíble carga xenófoba. Si por algo Pasolini era un grande era porque no tenía miedo, y a Michel le sale el clasismo por todas partes.

Hay un momento en la obra de teatro Hermanas de Pascal Rambert en el que el personaje de Irene Escolar dice algo así como «no soporto a esos directores que para criticar la violencia hacen películas ultraviolentas». Esto es un magnífico touché para el director que nos ocupa.

Michel Franco dice que «si las desigualdades sociales siguen aumentando llegarán a ser insostenibles y, a menos que las prevengamos desde el civismo, estamos abocados al desastre». ¿Qué me estás contando? Tu película dice que para qué vamos a promover derechos sociales, si los pobres lo único que quieren es vivir como los ricos. Vuelvo a repetir, ¿qué me estás contando? En ningún momento habla de derechos sociales, es puro populismo, clasismo y elitismo. Para eso prefiero dedicar mi tiempo a ver el Deluxe, que ahí sí que no me engañan con el tipo de contenido que me van a ofrecer.

En el póster encontramos una crítica que dice «es el trabajo más político y escalofriantemente provocativo de Michel Franco hasta la fecha». Antes de acuñar el término político, hay que entender cuáles son las bases del mismo, porque por aquí no está la sombra ni de Piscator ni de Brecht. El teatro político surgió con la intención de que la población acudiera a votar y a dar una imagen clarificadora de las ideas de izquierda. Se buscaba un teatro que tomara como base la clase social a la que se oponía, tomando una ideología sin caer en la neutralidad. Eso es crear una obra política, no el maniqueísmo de Michel Franco.

No deja de ser esto la película de un director que cree que puede hacer Los caníbales de Liliana Cavani, o Saló de Pasolini. No deja de ser la tomadura de pelo de un director que se considera muy por encima de sus espectadores. Es una lástima lo bien que está a nivel técnico, pero el mensaje es tan zafio que al final no hay nada.

Vivimos tiempos convulsos, y visiones así es lo último que necesitamos. Esta película solamente se merece un gran silencio.

Título original: Nuevo Orden Año: 2020. Duración: 88 minutos. País: México. Dirección: Michel Franco. Guión: Michel Franco. Fotografía: Yves Cape . Música: Dmitri Shostakovich. Reparto: Naian González Norvind, Diego Boneta, Mónica del Carmen, Darío Yazbek Bernal, Fernando Cuautle, Eligio Meléndez, Lisa Owen, Patricia Bernal, Enrique Singer, Gustavo Sánchez Parra, Javier Sepulveda, Sebastian Silveti, Roberto Medina, Analy Castro, Eduardo Victoria, Claudia Lobo, Sophie Gómez. Productora: Teorema, Les Films d’Ici.

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