Nosotros

Michael Gaida | Vía Pixabay
Michael Gaida | Vía Pixabay

Hace tiempo que ya no voy al cine. Tampoco es que nosotros fuéramos mucho. Éramos más de esas pelis antiguas, bicolores (como tú decías), en las que el bueno siempre acababa mal. Tú siempre te quedabas dormido, pero eso no era excusa para sacar tu discurso moralista y doble intencionado, que resultaba tan interesante para mí como los créditos iniciales.

Nosotros aún así no es que fuéramos muy aficionados a la conversación. Concurrían más los largos silencios, pero a veces se nos escapaban las palabras.

Nosotros no éramos de decir mentiras. Ni éramos nada. Solo el tiempo de cigarrillos y cenizas, del chocolate y el café humeante que no se toma hasta que se deja enfriar.

Yo odiaba tener las manos frías y tú que siempre las protegiera entre tus manos calientes. Yo era de versos y tu estantería de prosas. Tú preferías la montaña y yo pasear por el mar.

Nosotros no éramos de esperar, aunque esperamos demasiado. Éramos el calor y la carne y el sexo sucio.

A ti te gustaba mirarme y a mí mirar hacia otro lado. Yo quise crecer y tu te quedaste atrás, con tus cuentos.

Nosotros no éramos nada, pero tampoco éramos nada sin nosotros. Éramos de perdernos en el parque, de tumbarnos en la hierba, de buscarnos a nosotros mismos.

Nosotros éramos de contar los días que pasaban, como si supiéramos que un día tenían que terminar.

Nosotros no éramos de contar mentiras, pero sí verdades a medias.

A ti te gustaba levantarte temprano y verme dormir. A mí me gustaba soñar con los ojos cerrados y tú te preguntabas si lo que vivíamos no era un sueño.

Los días lluviosos eran los mejores. Preparabas tu famosa tarta de queso por temor a que cocinara yo. En aquellos ratos la cocina se convertía en un music hall y la música sonaba de mi mano, porque tú no me dejabas hacer otra cosa.

A mí me encantaba cantar y tú, no sé si sin remedio, te limitabas a escucharme.

Me gustaba arrancar los meses del calendario y ver cuánto quedaba para la primavera. A ti lo único que te gustaba de la primavera era que todavía no había llegado el verano.

Nosotros éramos de contar historias, pero nunca la nuestra.

Nosotros no éramos nadie. Pero, sin quererlo, fuimos nosotros.

Michael Gaida | Vía Pixabay
Alba Aragón Álvarez

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