No es cuestión de liarla parda

Democracia. Pixabay

En una escena de Ad Astra, la magnífica película de James Gray, vemos una persecución en suelo lunar en medio de una guerra por sus recursos. Todo un alegato a nuestra historia tan repleta de tragedias causadas por la estulticia humana. No espero que semejantes delirios sacudan ahora la sociedad española pero que algún que otro cachiporrazo en Cataluña se escape entre las fuerzas del orden y los que siempre se apuntan al jaleo aunque no sepan de qué va la cosa tampoco sería de extrañar. Eso sin obviar que algunos otros a fuerza de rebuscar en Google formen un estropicio en alguna parte y la cosa acabe yendo a mayores.

Como ya he dicho en alguna ocasión no me he querido prodigar en este guirigay que se ha formado con la cuestión catalana entre otras cosas porque, tal como explique aquí en su momento, desde el primer día tuve la sensación que de lo que trató en un principio fue poco más allá de una maniobra electoral que todas las partes pretendieron explotar a su manera pero que se le acabó yendo de las manos a todas y cada una de las mismas. Y de qué forma.

El nacionalismo tanto incluyente como excluyente, llevado a sus peores consecuencias ha propiciado enormes tragedias a lo largo de la historia de la humanidad. La parte de fe y por tanto de irracionalidad que contiene ese «sentimiento fervoroso de pertenencia a una nación y de identificación con su realidad y con su historia», tal como define la RAE y del que solo basta echar un vistazo en las tan manidas redes sociales, acaba en ocasiones convertido en vehemencia y de ahí a un paso en violencia.

Me decía un buen amigo, compañero asiduo de tertulia, cómo era posible que personas a las que se le atribuye cierta respetabilidad por su cualificación pueden dar notoriedad a un relato en cualquier materia sensible donde la falacia hace de su capa un sayo. Quizá se trate de un fenómeno digno de estudio de la sociología y quién sabe si de la psicología pero no es menos cierto que el devenir de nuestra historia reciente nos muestra como tales rasgos de fanatismo han inculcado a las masas de un modo capaz de conducir a sociedades enteras al peor de los desastres.

Peor aun cuando se trata de una manifiesta minoría, amplia pero al fin y al cabo minoría, de un pueblo como el catalán que ha unido su historia durante siglos al del resto de España. Tanto y más los del otro lado cuando arremeten una y otra vez contra la cultura catalana obviando los parabienes que merece la misma por cuanto sus encomiables virtudes que en muchos aspectos han favorecido al desarrollo del conjunto de la nación española.

Esta maldita crisis, finiquitada para unos pocos con amplios beneficios, irresoluta, crónica y sufrida para el resto y apocada a otra que parece cada vez más inminente, ha supuesto un caldo de cultivo inmejorable para con la ayuda de una clase política insensible, manipuladora y harto decepcionante, abrir la caja de pandora de la efervescencia nacionalista. Del patrioterismo más rancio, de un alarde de idiotez en grado sumo dejando a un lado los verdaderos problemas de la gente.

Todo pueblo tiene derecho a elegir su destino y así se conformaron las naciones a lo largo de los siglos. Renegar de ello es renegar de la propia historia pero no es menos cierto que en estos tiempos que corren, en sociedades tan avanzadas como la nuestra el criterio de oportunidad en casos como el que nos ocupa debe quedar supeditado al de la prioridad. Y hoy la prioridad tanto del pueblo catalán como del español en su conjunto es la del empleo, la de los salarios dignos, la de una educación al alcance de todos, la de garantizar unos servicios públicos eficaces, la de afrontar con seguridad el futuro de las pensiones y otras tantas cosas por encima de la conmoción de las pasiones que provee el nacionalismo.

Tiempo habrá, una vez resueltas o en camino de ello dichas propuestas para embarcarse en otras aventuras, respetables como no, pero aventuras al fin y a la postre. Qué duda cabe que el ambiente actual y menos aún la clase política dirigente parece poco propicio tanto para una cosa como para la otra. Con más motivo más vale cabría pedir que, de una vez por todas, se ponga ésta última a trabajar para el pueblo con independencia del país que se trate.

Última hora.

Ayer el Supremo dictó por fin sentencia en el juicio del Proces. Nunca he puesto en duda que estos tipos tuvieran que ser víctimas de una condena. En particular por la probada malversación de fondos públicos en una actividad que no era legal y porque saltarse las leyes, nos gusten o no, nunca puede ser moneda de cambio desde la política en un país democrático. Pero, francamente, a primera vista resulta ciertamente chocante que la sentencia en todo momento reconozca que no hubo una violencia organizada y que entienda por ella igualmente la resistencia de una gente que acudía a votar en un referéndum que no tenía ninguna validez. Es más que, conscientes de esto último, lo único que pretendieran los ahora sentenciados era llamar la atención del gobierno de España para exigir del mismo un referéndum a la escocesa. Que por eso te caigan 13 años de cárcel, a simple vista parece excesivo. Pero en cualquier caso, al margen de decisiones judiciales, lo que deberíamos tener claro es que esta sentencia ni cualquiera otra que pudiera darse ni puede ni debe ser la respuesta ni la solución a lo que es un verdadero problema político. Aunque, una vez más, tengo sería sospechas que un país como este donde la mecha del nacionalismo se prendió de forma tan malintencionada a lo largo y ancho del mismo, con una clase dirigente como la actual y con una permanente campaña electoral, sea capaz de afrontar en la forma debida el problema.

Felipe Pozueco

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