Neutro pálido: un sol de media tarde

Rara vez un poema acepta las explicaciones. Todo lo más las arruina de súbito, como un relámpago acometería su destrucción de lo oscuro. Esta advertencia nos recuerda que no hay doxa y que la reflexión sobre la poesía debe ir acompañada de la escucha personal. De lo contrario será letra muerta.

No se trata, por tanto, de explicar cuál es la poética de Marina Casado y ni siquiera es necesario decir que se trata, por más cierto que sea, de una de las mejores poetas de su generación. Pero hay que hablar de ella. Casi entre susurros, como si tuviésemos miedo de decir. Pienso en De las horas sin sol (Huerga & Fierro, 2019), su último libro, al que consagro estas pequeñas palabras.

Existe en esta poética, creo, un discurso casi antropológico a partir de la melancolía, cuyo medio de florecimiento es el de los mundos finales, un medio que deja una poderosa huella en la escritura y se ejerce mucho más allá de la naturaleza del objeto de investigación de la obra misma. Quiero decir que requiere de su propia escritora –no digamos ya del lector- un poder de evocación que pueda nutrirse de los mecanismos de la narrativa histórica, por llamarlo de alguna forma, así como de los de la literatura. A esta última la somete a la tentación permanente del rescate del pasado: «No reconozco los rincones de mi casa»[1]CASADO, Marina. 2019. De las horas sin sol. Madrid: Huerga & Fierro, p. 19.

Las horas sin sol, caída de la luz. Impensable melancolía.

Y son precisamente estos momentos crepusculares -pero epistemológicamente primeros- los que han dado a esta definición de poesía antropológica sus primeros instrumentos conceptuales: la noción de supervivencia de las cosas (asociada a la idea de transmisión o de memoria), asumiendo la solidez relativamente desencarnada que vendrá mañana, después, y sustituyéndola por la experiencia subjetiva y la identificación que preside la restitución de una fragilidad esencial, puesta siempre bajo el signo de la incertidumbre. La evidencia comienza con esto. Alguien nos habla de algo. Lo que hace que el estatus de habla sea completo es que tiene un significado. Contornos emocionales («pleamar de recuerdos»[2]PARÍS, Andrés. «Prólogo», Ibíd., p. 12 lo llama el poeta Andrés París, en su bellísimo prólogo). Perímetro metafísico.

Poética abierta hacia el espectro del pasado y la conciencia de no retorno. No hay lugar para la desesperanza total, lo que invierte el escalofrío de la angustia –«en medio de mi espanto derramado»[3]Ibíd., p. 27- con un deseo de rendir lo que, de por sí, parecería imposible de vencer –«es más honda tu voz que este vacío»[4]Ibíd., p. 62-. Esto que llamo contornos afectivos, desde una conciencia de la pérdida, y esta forma de deslizarse en los espacios cerrados del yo, es el basamento de De las horas sin sol. Una escritura afilada y doliente, convertida en una especie de neutro pálido que en el tiempo permanece siempre.

La descripción de la melancolía deja a un lado vacuos academicismos, que obligarían al lugar común, para hacer de toda ella una impresión poética. El tacto (una melancolía que puede palparse, tangible) y el oído (poemas como «Adagio») se combinan con la vista (el guiño al Cine de «Arde Mississippi» o el western) para establecer la proximidad del mundo. El sujeto en sí mismo no es nada más que la percepción, desapareciendo detrás de su comprensión del espacio y la materia en la que se mueve. De esta manera, se afirma indirectamente como sujeto: es el punto focal de la aprehensión y la dicción del vacío, pero también la constatación sin ambages de la supervivencia. Supervivencia como vida más allá de la vida, como vida más que la vida, por citar a Derrida[5]DERRIDA, Jacques. 2006. Aprender por fin a vivir. Madrid: Amorrortu, p. 50.

Aquí hay una poética que redescubre las impresiones, experimenta el paso del tiempo y reconecta sus hilos.

Poco a poco, quien escribe desarrolla una imagen de sí misma como contemplativa, como depositaria de la memoria. Puedo escuchar a Rosa Chacel en su Teresa: «miro atrás porque no quiero perder nada. Perder es muerte o impiedad»[6]CHACEL, Rosa. 1980. Teresa. Barcelona: Bruguera, p. 22.

Ya nos había dicho Marina, en otra ocasión, que «la memoria es así / […] captando fogonazos / de historias encendidas / sobre el crepúsculo»[7]CASADO, Marina. 2016. Mi nombre de agua. Madrid: Ediciones de la Torre, p. 50. Cuando aparece la melancolía, lo hace también la sensación de que en el vacío todos los caminos son imposibles. De las horas sin sol es un lienzo imborrable de la melancolía, con un espacio desértico que diríase delimitado por una barrera infranqueable y que, de modo y manera unilateral, está sin un más allá, por lo tanto sin el adelantamiento del horizonte que sería necesario para sobrepasar dicha barrera.

La noción de lejanía melancólica es un retiro fuera del alcance del mundo y del yo: «hogar que se desenfoca en el presente»[8]CASADO, 2019, Op. Cit., p. 21. El melancólico que se agota en vano para volver a unirse al mundo es siempre un exilado de sí mismo. Incapaz de acercarse porque no es capaz de distanciarse, se somete al ser-distante del Mundo. Está exilado del ser y las cosas huyen. Separado del mundo y del otro, también de sí mismo. Sus palabras no llegan a nadie. No tienen respuesta, siempre que el vacío, en forma de nieve, por ejemplo, advenga con «una voz afilada que desenfunda soledades»[9]Ibíd., p. 34.

Esta experiencia se repite continuamente en el libro, porque se imagina como una forma central de economía cósmica: la clave de la naturaleza, el nodus vitae. El secreto del mundo reside en esta aspiración del ser a que todo continúe girando, pese a que, antes, «algo cambió»[10]Ibíd., p. 37. Esto es lo que el poema salva, al disolverse en una existencia superior,  percibiendo la disolución primera –el accidente- como «cuchillos en la niebla»[11]Ibíd., p. 60. La existencia superior –vivir después de todo, un poco siempre pese a todo– parece al final el modo más completo de conocer el mundo y a los demás. Al perderse en el objeto, el sujeto encuentra la felicidad, pero una felicidad constituida en gran parte por los objetos o seres que invierte, por las vidas que asimila. La contemplación del mundo es fusión con sus objetos, conocimiento directo e interior de su ser.

Y es que esta es una transcripción, a su manera, un develar la belleza toda del mundo, incluso cuando el mundo parece haber llegado a su fin.

Así leemos: «ahora que he despertado / no me cierres tus ojos, / sigue siendo aquel faro / […] que el mundo conoce con el nombre de esperanza»[12]Ibíd., p. 42. Como si tomar conciencia de un final le permitiese, a la vez, colocarse en la posición del poeta romántico que da voz al universo. Conservar su intimidad, en fin, y, sin embargo, no dejar de tender a lo sublime: «Y ahora ya no hay locos […] porque has sido el último […] La sentencia se cumple, al fin. Pero yo, yo todavía llevo en la sangre tu locura»[13]Ibíd., p. 56.

Es en este marco, digo, que Marina Casado afirma a menudo su conciencia de sí misma y del mundo. Lo mismo que la expresión de su melancolía. Las descripciones se desarrollan regularmente en tres etapas: en un primer acercamiento, se impone la cisura de lo real; luego, en unos pocos trazos, surgen las impresiones melancólicas y, al final, el interés crucial de cada poema reside en que lo que hace la fuerza del discurso poético es hacer resonar el sinsentido para concebir un límite a lo que funciona como un asentimiento: «el guiño triste y victorioso de la eternidad»[14]Ibíd., p. 59.

No busque nadie, empero, en esta obra magna algo que contradiga el célebre «No ideas but in things», motto de William Carlos Williams. No hay ideas salvo en las cosas. Lo sencillo está, por tanto, del lado de la poeta. También está en otro lado: el de ciertos seres con los que, precisamente, extiende la mayor cercanía así como una distancia ya infranqueable.

«Cuando se ha dicho todo, cuanto resta por decir es el desastre, ruina de habla, desfallecimiento por la escritura, rumor que murmura: cuanto resta sin resto»[15]BLANCHOT, Maurice. 1980. L’écriture du désastre. Paris: Gallimard, p. 58. Así de enigmático se mostraba Blanchot. De las horas sin sol es el libro del murmullo cuando sólo queda el desastre y, aun así, hay que decirlo. Debe ser dicho.

Como si una voz nos ofreciese palabras: aquí tenéis el tiempo, aquí lo que ha ocurrido y lo que debe hacerse con tal cosa. La idea de existir surge a borbotones y lo hace, además, a partir de la idea de que podría haber estado exenta de cualquier accidente existencial. Hay una negación de la que se dará testimonio en el resto del texto. Un accidente, el acontecimiento de la idea misma y la salida de ella a borbotones, pese o quizás gracias a la permanencia en la memoria, en el recuerdo. Esta albertiana memoria de la melancolía -al gaditano, no por nada, le dedicó Marina Casado su extraordinaria tesis doctoral[16]Vid. CASADO, Marina. 2017. La nostalgia inseparable de Rafael Alberti. Oscuridad y exilio íntimo en su obra. Madrid: Ediciones de la Torre, pp. 301-, como un lento, melancólico amanecer, al que siempre le sigue una vida que avanza, plena, no cerrada al sol por ningún muro.

Pero ese lento transcurrir de las horas hasta la vida verdadera es todo lo que no se puede pronunciar: dicha idea de vida se encontró lisiada, arrastrada, causada por un accidente. Y luego la idea se extrajo del verdadero accidente, el acontecimiento de la verdad. Un manantial melancólico que se entiende entonces como un aquí está el tiempo y esto es lo que trae consigo. Lo que acaba de ocurrir es una inversión, el estado de dos ideas opuestas: «he visto la hora en las cuencas vacías de los ángeles»[17]CASADO, 2019, Op. Cit., p. 25 está seguido, necesariamente, de «caminar siempre unos pasos más allá del destino final»[18]Ibíd., p. 36.

La escritura de Marina Casado está hilada por una intimidad que supera la atención al mundo y reconcilia antinomias, profundizando las contradicciones mismas de la existencia hasta una lucidez donde todo es trascendido por un alentar más amplio. De las horas sin sol es el enunciado de aquella lágrima que el poema revela y magnifica. Con su propia sensibilidad y lucidez, nos pide igualmente que midamos la dificultad de estar en este mundo. Nos invita a volver a este destino común.

Porque hay un sol que no regresa pero, pese a todo, la vida permanece.

Título: De las horas sin sol
  • Autor/es: Marina Casado
  • Editorial: Huerga & Fierro
  • Nº de páginas: 68
  • Encuadernación: Rústica

Referencias   [ + ]

1. CASADO, Marina. 2019. De las horas sin sol. Madrid: Huerga & Fierro, p. 19
2. PARÍS, Andrés. «Prólogo», Ibíd., p. 12
3. Ibíd., p. 27
4. Ibíd., p. 62
5. DERRIDA, Jacques. 2006. Aprender por fin a vivir. Madrid: Amorrortu, p. 50
6. CHACEL, Rosa. 1980. Teresa. Barcelona: Bruguera, p. 22
7. CASADO, Marina. 2016. Mi nombre de agua. Madrid: Ediciones de la Torre, p. 50
8. CASADO, 2019, Op. Cit., p. 21
9. Ibíd., p. 34
10. Ibíd., p. 37
11. Ibíd., p. 60
12. Ibíd., p. 42
13. Ibíd., p. 56
14. Ibíd., p. 59
15. BLANCHOT, Maurice. 1980. L’écriture du désastre. Paris: Gallimard, p. 58
16. Vid. CASADO, Marina. 2017. La nostalgia inseparable de Rafael Alberti. Oscuridad y exilio íntimo en su obra. Madrid: Ediciones de la Torre, pp. 301
17. CASADO, 2019, Op. Cit., p. 25
18. Ibíd., p. 36
Daniel Arana

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