Neoliberales

Ronald Reagan y Margaret Tatcher (Wikimedia Commons)
De izda. a dcha. Mises, Hayek y Friedman (Wikimedia Commons)

La irrupción de los diferentes modelos de fascismo en la Europa de entreguerras con su fuerte carácter militarista, las tensiones ideológicas surgidas entre éstos y los movimientos socialistas y comunistas, las secuelas de la Gran Depresión tras los Felices 20, las particularidades de cada caso como el del atraso secular de España o la Alemania confinada por las abusivas sanciones del Tratado de Versalles y la incapacidad de la política tradicional para dar respuesta a todo ello, acabaron colapsando de un modo u otro la convivencia y en el caso de España dando pie a una guerra civil que se acabaría convirtiendo en la antesala de lo que sería el mayor conflicto bélico de la historia: la 2ª. Guerra Mundial.

Al margen de España donde la victoria del fascismo se afianzó hasta la muerte del general Franco en su versión nacional-católica, Portugal con el Estado Novo de Salazar, Grecia con su guerra civil y represión posterior hasta llegar a la Dictadura de los Coroneles o al de los países más allá del Telón de Acero y alguna que otra excepción, la llamada Europa Occidental se entregó a un proyecto de futuro que impidiera que las circunstancias que habían dado lugar a los estragos de la guerra volvieran a propiciarse. Para ello partió de dos principios básicos: la democracia y el estado del bienestar como principales paradigmas. Así buena parte del continente europeo atravesó durante poco más de dos décadas una de las etapas más equilibradas y fructíferas de toda su historia hasta que las sucesivas crisis del petróleo de los 70 pusieron en evidencia ciertas fallas del sistema a las que, una vez más, la clase política no supo dar la debida respuesta.

El neoliberalismo, la rama más extrema e integrista del capitalismo, encontró en aquellos años una brecha por donde asomar las teorías de algunos economistas de la escuela austriaca como Von Hayek o Von Mises con poca influencia hasta ese momento. Fueron los Chicago Boys, los discípulos más aventajados de Milton Friedman el economista más influente de la doctrina neoliberal de las últimas décadas, quienes fueron reclamados por Augusto Pinochet tras su brutal golpe de estado de 1973 en Chile. Arropados por la dictadura aquel grupo de estudiantes chilenos, becados en la universidad de Chicago, pudieron poner en práctica las teorías de Friedman y sus antecesores. Sus principios básicos: la desregulación generalizada de todo lo referido en materia económica, la reducción de la participación del estado en la industria y la economía en beneficio de la iniciativa privada, la sensible disminución de la presión fiscal y en consecuencia de la recaudación y la inversión pública así como una reforma laboral que minusvalore las rentas del trabajo.

El denominado Laissez faire –dejar hacer-, resume de manera certera la filosofía neoliberal al entender la economía como un ecosistema natural, tal como la propia naturaleza, capaz de auto-regularse por sí mismo. Pero lamentablemente el concepto olvida dos de las debilidades más comunes de los seres humanos: la avaricia y la codicia, que las convierte en dos elementos absolutamente distorsionadores para la causa. Alumbrado el fenómeno en Chile y poco después en el Reino Unido por Margaret Tatcher y en Estados Unidos por Ronald Reagan -los dos principales valedores y propagadores del modelo a escala planetaria-, la posterior caída del Muro de Berlín, el fin de la Guerra Fría y tras ello una perversa manera de entender la Globalización propiciaron con la llegada del nuevo milenio la apoteosis de la fórmula neoliberal en todo el mundo. Y sin la oposición de los otrora poderosos partidos socialdemócratas europeos, contagiados por el dispendio y reconvertidos al socio-liberalismo la versión más light de la doctrina socialista, la vorágine consumista propiciada mediante sucesivas burbujas financieras y colosales burbujas inmobiliarias acabo explosionando y dando lugar a la mayor crisis económica mundial desde la década de los 30 del pasado siglo.

Ronald Reagan y Margaret Tatcher (Wikimedia Commons)

Sin ningún género de dudas el neoliberalismo representa el máximo exponente del modelo capitalista en cuanto a su extraordinaria capacidad para generar riqueza. Pero del mismo modo da lugar a extraordinarios desequilibrios sociales e incluso es capaz de poner en jaque la propia vida en el planeta al priorizar los intereses empresariales y del capital por encima de los recursos naturales a través de la alteración del medio natural sin rubor alguno y sin medir las consecuencias.

Al albor de la crisis global de 2008, corolario de la orgía neoliberal de las dos décadas anteriores, Sarkozy, Obama y Ángela Merkel proclamaron a los cuatro vientos la necesidad de refundar el capitalismo. Sin embargo, una década después de aquello, aquella declaración de intenciones parece haberse convertido en una broma macabra ya que los vicios adquiridos entonces por las élites no hacen más que reafirmarse una y otra vez en el modelo político, económico y social. Y el caso de España como alumna aventajada de aquella fiesta, embriagada por la burbuja financiera y la mayor burbuja inmobiliaria de la historia moderna desde que Aznar convirtiera el país en un solar y Zapatero cabalgara a lomos de la misma, es una evidencia más de ello.

Según los últimos datos publicados por la CNMV, este mismo mes de Octubre, las remuneraciones de los presidentes y consejeros delegados de las empresas que cotizan en la bolsa española han aumentado un 43 % en el periodo 2013-2017, situándose la media de ésta en 1.56 millones de euros en 2017 -3.11 mill. por persona si se trata de las del Ibex 35-, con un incremento de los beneficios empresariales en el mismo periodo del 39.3 %, según la Agencia Tributaria. Si hablamos del caso exclusivo de los presidentes del Ibex 35, la media se eleva hasta los 4.94 mill. hasta llegar en algún caso a los 10.46 millones de euros de remuneración anual.

Sin embargo según la Encuesta Anual de Estructura Salarial y la Encuesta Anual de Coste Laboral publicadas por el INE, los salarios de los españoles de a pie solo aumentaron el 2 % y el 0.67 % respectivamente en el mismo periodo de tiempo 2013-2017. Y si seguimos indagando en los datos estos todavía resultan más esclarecedores. Por ejemplo, aunque el salario medio en España sea de 23.156,34 euros brutos (datos de 2016, el último ejercicio disponible), en el que se contemplan las citadas remuneraciones de los ejecutivos de las grandes empresas que aunque pocos en relación a la mayoría la diferencia es tan notable que aumenta la media, casi la mitad de los trabajadores españoles no llegan a los 1.000 € mensuales (datos facilitados por Gestha, el sindicato de los técnicos del Ministerio de Hacienda).

Pablo Casado y Albert Rivera (Wikimedia Commons)

Por eso, resulta todavía más escandaloso que la élite empresarial española y los abanderados neoliberales del Partido Popular y Ciudadanos, estén poniendo el grito en el cielo por la propuesta del gobierno de aumentar el salario mínimo hasta los 900 €, cuando además ello solo afecta al 3.5 % de los afiliados al régimen general de la Seguridad Social –aproximadamente unas 550.000 personas- y aun así seguiría quedando muy lejos de los de los países de nuestro entorno como es el caso de Francia donde el SMI se sitúa en 1.498,5 € o en Alemania 1.498,0 €, o de los 1.998,6 € de Luxemburgo, el más alto de la U.E. de los que contempla dicha prerrogativa. Es cierto que los elementos básicos tienen precios más altos en esos países que en España pero en ningún caso en la misma proporción que la diferencia ente salarios y que refleja tan claramente Eurostat colocando a España en el Índice de calidad de vida de la U.E. en la cola de los países de similar desarrollo.

Es obvio que el conjunto de las sociedades contemporáneas han de dar un decidido salto adelante si no quieren caer de nuevo en las garras del fascismo como ocurriera en tiempos pasados, con imprevisibles consecuencias ante las nuevas formas que pueda presentar éste y que empiezan a hacerse notar con fuerza en toda Europa y de manera sensible ya en España. Pero si la política activa no es capaz de asumir sus responsabilidades no es menos cierto que el que parece imparable aumento de la desigualdad y los desequilibrios sociales es el principal caldo de cultivo para ello y que cualquier suceso aleatorio –el generalizado e histórico recurso al racismo y la xenofobia como hace ahora de la inmigración el principal chivo expiatorio-, puede hacernos retroceder a otro de los momentos más oscuros de nuestra historia.

Felipe Pozueco

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