Mosén Millán o un Réquiem en el exilio, de Ramón J. Sender

La oración que se reza en esta liturgia es larga, pausada, esconde maldiciones e injusticias antiguas. Aglutina épocas y heridas abiertas que, si uno conoce su propia Historia, es incapaz de ignorar o negar. Ramón J. Sender escribió esta novela corta en el destierro, en el año 1953, en el Albuquerque de Nuevo México –y no en el extremeño, al que habría que añadir una “r”-. Su argumento se traza a partir de un narrador o deuteragonista, Mosén Millán, que mientras espera a sus fieles para orar en memoria de Paco, el del molino, recuerda la vida de éste y su trayectoria hasta el trágico día de su muerte. Quizás, sin temor ya, debiéramos hablar de asesinato. Nos trasladamos a la España sangrada por sus propios hijos, a una crónica de “campesinos de manos rudas y corazón caliente”[1]SENDER, Ramón J. 1996. Réquiem por un campesino español. Barcelona: Planeta, p. 59. Al fin y al cabo, todos descendemos de ellos y de esa tierra a la que tanto hemos de agradecer.

En ella resulta esencial el escenario y sus diferentes espacios, ya que conforman parte de la identidad de los personajes y sus procederes. Nos situamos en un pueblo aragonés, aunque también podríamos hacerlo simbólicamente en esa piel de toro que los romanos llamaron Hispania. En él se distinguen zonas bien definidas por fronteras inventadas que, para traspasarlas, no será suficiente con el arrojo o la curiosidad, sino que cada uno ha de saber a qué sitio pertenece y no mezclarse entre sí. Por un lado, la iglesia y su sacristía oliendo a incienso, siguiendo rituales tan ancestrales como aquellos que adoraban el politeísmo y otorgando bendiciones, no a diestro y siniestro, sino a quienes con sus favores así lo merecieran. Por otro, el carasol o ese lugar de encuentro donde se alcahuetea, a la vez que se cose o se fuma, el centro neurálgico de reunión y noticias. Suele coincidir con una placita o resolana donde se está caliente en invierno y fresco en verano. También ese lavadero donde las muchachas se van a frotar camisas y sábanas con jabón, tendiéndolas en la hierba, mientras esperan la llegada de los mozalbetes para compartir esa alegría primitiva cuando ellos se desnudan y se tiran al agua.

Así como las casas particulares, el ayuntamiento, el casino y las cuevas. Estas últimas, a las afueras y donde ya no hay población, constituyen la pobreza absoluta, abiertas en las rocas y exhalando estertores de miseria y enfermedad. Paco, el del molino, se obsesionó con ellas y sus gentes cuando, de niño y junto a Mosén Millán, asistió a un moribundo que no tenía ni un lecho donde aguardar su fin. La imagen del cuerpo sobre las tablas, las moscas revoloteando y “una estaca clavada en el muro, con una chaqueta vieja”[2]Ibíd., p. 35 será una constante en la lucha del joven, trascendiendo incluso hasta la etapa adulta, al ser elegido concejal. “Y se oía la escoba seca contra las piedras”[3]Ibíd., p. 7 en los años de República, como un presagio de infortunio, de intransigencia y reacción ante lo nuevo, frente a lo establecido desde hacía tanto. Como un eco, retumbará en las paredes y en los adentros de cada cual una frase común: “el que no está con nosotros está en contra”[4]Ibíd., p. 87.

Y ojalá este y tantos otros libros nos hubieran servido para no volver a cometer los mismos errores, para no intentar dividir –otra vez- lo nuestro y convertirlo en lo tuyo y en lo mío.

Sin embargo, siguen existiendo Paco, don Gumersindo y don Valeriano, el zapatero y la Jerónima. ¿Será acaso plausible ese inconsciente colectivo que ya advirtió Jung y que nos mueve hacia esos instintos y arquetipos universales? ¿Esos tótems, tabúes y formas aborígenes dictaminan nuestras decisiones, encadenándonos a una raíz tan profunda como mutiladora? Si no es así, ¿por qué aquellos que alzan la voz y opinan de forma distinta siempre acaban siendo castigados, de una u otra forma? Las tradiciones incuestionables, las supersticiones que nos dominan, la adoración de dioses o líderes diversos… ¿no son un claro ejemplo de constancia a lo largo de la Historia de la humanidad?, ¿no continúan atándonos a diferentes tipos de esclavitud?

Y si algo hace constar el autor en esta novela es, precisamente, la libertad de decisión. A pesar de las adversidades y de las múltiples circunstancias que pueden condicionarnos, todos seríamos libres, si supiéramos dónde se esconde Paco, de delatarlo o callar. ¿Es cuestión de ser una buena o una mala persona?, ¿de lealtad?, ¿de miedo?, ¿de supervivencia?, ¿de protección hacia quienes podrían verse implicados en tan difícil asunto? El eje aquí no es una bandera, ni una ideología, sino la vida de un semejante, de un ser humano inocente. ¿Callaríamos, a riesgo de morir también?, ¿soportaríamos la culpa si confesáramos su escondite? Imposible responder con sinceridad ante un panorama bien distinto.

Réquiem por un campesino español ha sido considerada una de las cien mejores novelas en español del siglo XX por el periódico El Mundo. No es lineal, pues en apenas una hora abarca los veintiséis años del protagonista, saltando del pasado al presente. Y, al contrario de lo que podría esperarse, no describe la vida campesina como un entorno bucólico, ni se detiene en detalles idílicos y placenteros. Quizás, porque habla de una guerra y en ellas todo se dibuja con sobriedad y laconismo.

Ojalá a ninguno nos llegara la muerte antes que la vejez; como a Paco, dejando mujer, un hijo a punto de nacer y todas sus ganas de cambiar el mundo.

Título: Réquiem por un campesino español
  • Autor/es: Ramón J. Sender
  • Editorial: Austral
  • Nº de páginas: 160
  • Encuadernación: Tapa blanda

Referencias   [ + ]

1. SENDER, Ramón J. 1996. Réquiem por un campesino español. Barcelona: Planeta, p. 59
2. Ibíd., p. 35
3. Ibíd., p. 7
4. Ibíd., p. 87
María Rodríguez Velasco

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