Misery

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Mucho se ha hablado de Stephen King. De su empecinamiento en el terror y los fenómenos sobrenaturales, de su sospechoso ritmo frenético de publicación, de sus problemas con las drogas, del accidente que casi lo mató, de su triste problema ocular degenerativo. Se le ha querido y denostado a partes iguales, pero sobre todo se le ha tomado poco en serio. Declaraciones como «Soy a la literatura lo que McDonald’s a la gastronomía» tampoco ayudaron, cierto es.

Pero King es, ante todo, un creador de personajes, y para saberlo hay que leer sus novelas, especialmente las de su época dorada, los 80 y los 90. Su capacidad para adentrar al lector en la mente de sus personajes con apenas cuatro pinceladas es desbordante, y hace que sus páginas se conviertan en un torbellino por el que es fácil caer y sorprenderse al mirar el reloj al volver a la realidad.

Misery es uno de estos casos, y resulta especial porque, al tener sólo dos personajes principales, esta entrada en su psique no se produce con cuatro detalles, sino con tal infinidad de momentos, sutilezas, pensamientos y revelaciones que cuando acabas el libro has conocido a dos personas. Y conocer a alguien es tan difícil…

La historia es tan tétrica como cabría esperar del Rey del Terror: Paul Sheldon, un escritor conocido por una saga romántica protagonizada por una heroína cortesana llamada Misery, tiene un accidente de coche en la nieve y queda inconsciente y gravemente herido. Cuando despierta, se encuentra acostado en una cama que no es la suya ni la de un hospital. Una enorme mujer se le presenta: es Annie Wilkes, enfermera diplomada a la que el maravilloso azar ha permitido encontrarlo y llevarlo a su casa, ya que el temporal de nieve ha dejado inutilizados temporalmente tanto los teléfonos como las carreteras que llevan a la ciudad. Y, qué hermosa casualidad, es su fan número 1.

El quid de la cuestión llega cuando ella empieza a leer la nueva entrega protagonizada por Misery, que acaba de llegar a las librerías. Qué emocionada está. Lo que Annie no sabe es que hay una desagradable sorpresa en esta nueva historia. Lo que Paul no sabe es que Annie está loca, es peligrosa y va a obligarle a escribir algo que la satisfaga.

Stephen King

En Misery King habla de la locura de los desequilibrados, sí, y la convierte en el eje central de un thriller psicológico que te mantiene pegado a las páginas y sensible a cualquier ruido en la casa, pero también de la locura de los que supuestamente están cuerdos. De una sociedad que consume sagas literarias como la de la heroína Misery (no es que quienes leen novelas románticas estén locos, pero sí puede haber algo de eso en quienes prefieren que alguien haga algo en lo que no cree sólo para satisfacer sus ansias facilonas de consumo rápido). De un escritor que podría bucear en las profundidades de su alma para encontrar su propia genialidad, pero se agarra, quizá por codicia, quizá simplemente por inercia, por rutina, a la banalidad de una historia que no le importa lo más mínimo, pero le proporciona el reconocimiento de fans a las que, precisamente por no amar lo que hace, desprecia.

Como rezaba la frase del cartel de su aclamada versión cinematográfica, con una Kathy Bates que dio el do de pecho con una interpretación que, aunque no le hubieran dado el Óscar (que se lo dieron), habría quedado para los anales de la Historia, «Paul Sheldon vivía para escribir. Ahora tendrá que escribir si quiere seguir vivo». Así es, Sheldon va a tener que escribir. Asustado, lleno de dolor por sus piernas rotas, totalmente a merced de los cambios de humor de Annie. Sus pensamientos vuelan en todas las direcciones. Repasa su vida, sus errores, sus aciertos, su vocación. «Fuiste Sherezade para ti mismo», se dice, recordando los momentos, desde su infancia, en que se sintió escritor, en que disfrutó siéndolo, y en cómo la deriva de esa vocación ha degenerado su existencia hasta llevarlo a esa cama extraña y amenazadora. La máquina de escribir lo mira desde el improvisado estudio (dotado de una mesa plegable, una silla de ruedas y un pack de folios) que Annie ha creado para que vuelva a embelesarla con su historia de amor cursi y absurda. La máquina de escribir se ríe de él. ¿Qué eres capaz de hacer? Pues quizá más de lo que te crees, Máquina de Escribir. Más de lo que se cree ella, de lo que se cree Annie y de lo que cree el propio Paul.

Y así, entre la sumisión y la rebeldía, Sheldon escribirá, dotando a su nueva historia de toda la mala leche que no ha gastado en las otras, de la turbulencia de la que carecía su anterior Yo de escritor acomodado, y creando de este modo su mejor novela. Buceará en las profundidades de su ser, de su nuevo ser atrapado, pero que en realidad se está liberando de las ataduras que lo mantenían fijado a una existencia artística penosa. Quizá Sheldon se convierta, a pesar de su terrible situación, o gracias a ella, en un genio. Quizá lo sea Stephen King, invitándonos a entrar no sólo en la tétrica casa de Annie, sino en las contradicciones y las creencias limitantes de un hombre que puede ser cualquiera de nosotros, encerrados, secuestrados, sin darnos cuenta de que nuestra Annie Wilkes somos nosotros mismos.

Título: Misery
  • Autor/es: Stephen King
  • Editorial: De Bolsillo
  • Nº de páginas: 376
  • Encuadernación: Tapa blanda
Asun López

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