Mis amigas feministas

Vía: Pinterest
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«Soy mujer. Y un entrañable calor me abriga cuando el mundo me golpea. Es el calor de las otras mujeres, de aquellas que hicieron de la vida este rincón sensible, luchador, de piel suave y tierno corazón guerrero»  – Alejandra Pizarnik –

Hay días, tardes y noches en las que necesito derrumbarme. Y aprendí a quien acudir para acurrucarme en su seno y sentir la magia de esa entrega. Ellas, a las que me dirijo, son mis amigas feministas.

¿Cuántas veces has tenido un día de esos que son horribles producto de ataques machistas de los que se consideran como algo normal y encima has tenido que escuchar ante tu respuesta ay, hija… que exagerada/radical/histérica eres? ¿No te habría gustado aniquilarles con la mirada pero a la vez te cuestionabas si llevaban razón a pesar de que dentro de ti sabías que tu malestar era real?

Ante este tipo de situaciones, hay una solución que nunca falla: llama a tu(s) amiga(s) feminista(s), queda con ella(s) en tu casa, en un parque, en un bar y prendedle fuego al mundo en compañía, tomando el análisis del asunto desde la raíz.

En la raíz está la clave. Y todavía seguimos escuchando que es que las feministas sois muy radicales .

¿Cómo no íbamos a serlo?  ¿Cómo dejar de lado la raíz de la opresión para andarnos por las ramas?

Me encanta leer sobre feminismo radical y fantasear con haber formado parte de ese movimiento de mujeres en los 70 en el que pusieron sobre la mesa el despliegue de lo que conlleva el lema lo personal es político.

Me emociono al imaginar aquellos primeros grupos de autoconciencia feminista en los que se tomaba la raíz misma de la opresión para crear redes entre mujeres y salir a las calles a manifestarse contra el orden establecido. Las feministas radicales fueron quienes desenterraron aquellos problemas que estaban enraizados y dieron cabida a la certeza de que nuestras experiencias personales son resultado de relaciones políticas de poder.

Mis amigas feministas y yo también somos radicales porque solo así podemos ser. Con ellas puedo reinterpretar políticamente mi propia vida para cerciorarme de que era cierto, que no cargo con el dramatismo ni la exageración por bandera sino que mi dolor existe y lo expreso por necesidad. Somos radicales para recordarnos que nos une la experiencia vital común y que ésta está sujeta a un sistema de dominación en base al género.

La otra noche, mis amigas feministas y yo activamos el dispositivo y acordamos nuestro encuentro en el lugar que se ha convertido en testigo de nuestras conversaciones luminosas. Allí nos escuchamos de principio a fin, narrando las diferentes formas en las que sentimos la opresión cotidiana ante la mirada estupefacta del resto de los mortales que parecen no enterarse de nada. En ese despertar de la conciencia, vamos construyendo la alquimia del encuentro para recordar al día siguiente que existimos y que podemos lanzarnos mensajes de apoyo y guiños telepáticos cada vez que nos necesitamos. Y que, como ellas y como yo, hay millones de mujeres que también son tachadas de irreverentes por expresar su disconformidad. Y que todas somos una, y que una somos todas.

Me agarro de la mano de mis amigas feministas para transitar por mis dudas y cuestionamientos. No se me ocurre hacerlo de otra forma más justa y saludable porque cuatro filtros previenen mejor que dos y, aunque la decisión final está en mis manos, he comprobado que compartir con ellas lo que más me remueve es de profunda y reveladora ayuda.

Desde que las conocí, me declaro defensora del derecho al goce de tener amigas feministas para hacer manada de perras multicolor y aullar en noches de luna llena o en días de resplandeciente sol. También creo en la necesidad de revisar juntas la realidad en la que nos movemos, expresar nuestra disconformidad en espacios de seguridad y en las alianzas para establecer comandos de autoapoyo, autodefensa y autoconciencia feminista.

Intuyo que solo así podremos cubrirnos las espaldas ante la amenaza estructural del mundo en el que vivimos.

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