Michael Wesely, el domador de imágenes

Si hay algún dios o dioses que nos observen, así debe de ser su mirar.

La Real Academia, en su octava acepción, define “exposición” como “acción de exponer a la luz una placa fotográfica o un papel sensible durante cierto tiempo para que se impresione”. Efectivamente, señala imprecisamente un “cierto tiempo” para que la luz deje su huella y obre el milagro. Fracciones de segundo suele ser más que suficiente. Michael Wesely, en una de las técnicas más sorprendentes con las que me he topado hasta la fecha, lo lleva hasta un extremo. Sus fotografías se realizan mediante exposiciones a la luz de más de dos años. Sí, lo han leído bien. Las cámaras de gran formato que usa para tal fin las ha trucado él mismo para hacer ésto posible. No me extiendo más en la técnica pues poco se sabe, salvo el uso de gruesos filtros de luz y aperturas de diafragma minúsculas, para ralentizar el tiempo hasta casi detenerlo o hacerlo infinito, según se mire.

La primera vez que las vi, me costó entender que las líneas oblicuas que se dibujaban en el cielo eran el constante ciclo solar dejando su impronta (aunque técnicamente sea la Tierra quien gira). Con la minuciosidad artesanal del antropólogo que con diminutos pinceles examina los estratos excavados, Michael Wesely nos disecciona el devenir de la ciudad, su propio Berlín en una época de constantes cambios y renovaciones. En Nueva York quisieron que lo repitiera aprovechando la remodelación del MOMA. Americanos.

Las transparencias sobre las que, capa a capa de luz, se va construyendo la imagen nos invitan a sumergirnos, a bucear, a perdernos en ellas, a buscar los detalles. Metamorfosis. Heráclito lo sabía, “panta rei”, todo fluye y nada permanece.

Humberto Pellicer

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