Memoria de Lisboa: En la ciudad blanca, de Alain Tanner

«La memoria y el olvido
tienen un mismo origen»

Dans la Ville Blanche (En la ciudad blanca, 1983) es lo más parecido a poner en imágenes un largo poema. Algo que también Wim Wenders, Werner Herzog o Rohmer han hecho con sumo gusto, también el mejor Antonioni. El director suizo Alain Tanner es, aparte de todo esto, una rara avis en la Historia del Cine. Ha conseguido traer a las pantallas un sinfín de historias que hacen del humano mucho más que un mero comparsa en deslavazados guiones —algo a lo que, por otra parte, el actual acaecer cinematográfico nos tiene sobradamente acostumbrados—.

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La historia del marinero Paul —espléndido, como acostumbra, Bruno Ganz— es la de cualquier trabajador alienado. De él conocemos su dedicación laboral presente (marinero) y bastan las primeras imágenes para asistir a su indudable caos personal. Paul sólo quiere huir: «mi barco puede funcionar sin mí». Su descanso de ese pequeño infierno de sala donde trabaja ocho horas al día consistiría en volver a la soledad de una cabaña pequeña. Pero cuando la bella Lisboa, bañada por el sol del verano, aparece en el horizonte (están parados en los muelles portugueses) Paul coge su bolsa, su radio, su cámara súper 8 y abandona la nave sin mirar atrás.

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La sensación de tiempo suspendido -más propio de la memoria que de la realidad- con la que se inicia el film de Tanner, nos acompañará durante todo el resto del metraje. El mar en calma, la tranquilidad de una vida que empieza a ser vivida, que pugna por ello. Paul pasará las primeras horas en tierra firme, caminando alrededor de la ciudad vieja —una Lisboa cuya blanca luz jamás ha sido captada de igual manera en el Cine— y lo hará explorando sus callejuelas empinadas y laberínticas y montando en el conocido tranvía. Todo lo que ve lo captura con su cámara. El cine dentro del cine tiene aquí un referente de valor incalculable.

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Se hospedará en un bar al que entra por azar, y pronto nos enteramos de que Paul no necesita un descanso de su vida como marinero, sino de la vida en general. Simplemente quiere existir, flotar, mecerse en la paz que trae carecer de obligaciones. Dans la Ville Blanche nos habla también de la desaparición de las responsabilidades que atenazan al humano, que lo atoran en su día a día. De repente, ya no hay nada inmediato que deba ser atendido. La ciudad (un territorio nuevo, inexplorado) parece darle la bienvenida con los brazos abiertos: sus calles empapadas de historia, su comida, sus mujeres. ¿Puede durar este estado onírico?

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Aunque no nos es dicho, algo en el rostro de Paul, en sus expresiones y su gestualidad, nos advierte de que es un hombre atormentado en busca de consuelo. Esa es la función de los sueños. Por cierto que la diferencia entre realidad y ensoñación cada vez se vuelve más borrosa. Paul va grabando, decíamos, una serie de cintas que resultan ser el único punto de conexión entre él y su mujer suiza. Paul le habla a través de esas grabaciones dispersas, e incluso será capaz de iniciar una relación con Rosa, la trabajadora de su pensión. Sin embargo, no es capaz de olvidar a su primer amor.

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Con su ritmo lento y su actitud introspectiva, pero segura, encontramos a un Tanner que toma con firmeza el pulso de la historia y deja que las imágenes fluyan, con la consiguiente destreza. Así como Paul se pierde por Lisboa, Tanner deja al espectador que haga exactamente lo mismo. Los diálogos son escasos y la trama casi ausente, probablemente muchas escenas sean fruto de la improvisación. Sólo Paul y Lisboa son protagonistas. Nada más se requiere para redondear esta obra maestra inclasificable.

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Tanto la envolvente música de Jean-Luc Barbier como la fotografía de Acácio de Almeida acompañan a Paul en su fascinadora descripción de alguien viciado, herido por la humanidad. Así, Dans la Ville Blanche supone un hito en el cine de Alain Tanner. Revivido el éxito de público que le había faltado desde Jonas qui aura 25 ans en l’an 2000 (Jonás, que cumplirá los 25 en el año 2000, 1975), la película marca además una ruptura estética en su obra. Si bien la fuga y el deseo de soledad eran temas tannerianos, estos se desarrollaban siempre sobre un basamento proveniente de cierto izquierdismo político, hecho de conversación y fantasías lúdicas, y dando así forma a un paraíso de palabras y bromas donde los personajes parecían vivir. Esta vez Tanner fue mucho más allá.

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Nada de lo antedicho se halla en la película que comentamos hoy, que impresiona por su silencio, su poesía despojada y su melancolía en blanco y gris. El cineasta suizo recuerda también su juventud en la marina mercante para imaginar este retrato de un hombre que lo abandona todo, para fundirse en cuerpo y alma en Lisboa. ¿Qué es real y qué una ensoñación lisboeta? Sirva como ejemplo el impagable diálogo entre Rosa y Paul, nada más llegar este a la pensión, cuando le llama la atención un reloj que funciona al revés. La camarera le responde algo que no puede pasarnos desapercibido: «No, el reloj va bien, es el mundo el que funciona al revés».

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Y será bajo el signo de este deterioro, de un cierto caos existencial, que el personaje de Paul vive su soledad urbana, registrando con su cámara los fragmentos de real que envía a su esposa, y que, por supuesto, circulan al azar. Con Dans la Ville Blanche (1983), Tanner se reafirma como un gran cineasta del territorio en el que el mapa del personaje y la topografía de la ciudad terminan por convertirse poco a poco en uno solo. Porque quizás el sueño loco del marino sea simplemente devenir Lisboa. Con su paz, también con su quietud de horas que no parecen sucederse. Paul es el testimonio de que ciertas cosas están tan arraigadas en nuestra naturaleza que, aunque a veces podamos permitirnos soñar un poco más, la realidad termina por surgir: siempre estarán ahí cuando despertemos.

Quizás sea esa realidad aquello de lo que conviene huir.

Daniel Arana

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