Los Presupuestos y la obligación de ser valientes

Según se dice los Presupuestos Generales del Estado marcan el rumbo político del gobierno de turno. En este caso, sobre la hipótesis de que estamos ante un gobierno de carácter progresista más ambicioso de lo que lo fueron sus antecesores con el PSOE al frente pero, a la vista está, muy lejos de tener un carácter revolucionario como se advierte constantemente desde la caverna mediática.

La resolución de la crisis de 2008 de manera exitosa por parte de los gobiernos de Mariano Rajoy en el plano macroeconómico, mientras abandonaba a su suerte lo que se entiende por economía real -pequeñas empresas, autónomos, asalariados, etc.-, cabe en buena lógica dentro de lo que puede esperarse desde el punto de vista del concepto neoliberal.

Un sistema que toma como primera propuesta un frenético modelo de competitividad basado en la ley del más fuerte y la optimización de los beneficios a partir de la principal premisa del capitalismo: la generación y acaparamiento de riqueza sin límite.

Por el contrario, en la misma esfera capitalista, el concepto keynesiano de la economía se fundamentaba en la intervención directa del estado sobre la misma en aras de un reparto más equilibrado de la riqueza generada, escenificándolo en lo que se ha dado en llamar Estado del Bienestar.

Ni más ni menos que el modelo seguido en Europa occidental desde el final de la II Guerra Mundial, con sus defectos y virtudes, hasta prácticamente la década de los 80 del siglo pasado, que significo la mayor época de prosperidad social para la misma, en lo que se conoce como «Años dorados» o la «Edad de oro del capitalismo».

En lo ideológico se tradujo en un desplazamiento hacia la izquierda del eje del tablero político desde posiciones progresistas también por parte de liberales y democristianos y claramente socialdemócratas en la mayoría de partidos socialistas. Así como la democratización de los partidos comunistas, conforme iban declinando su dependencia de la órbita soviética.

Keynes vs Friedman

Las dificultades propiciadas por las sucesivas crisis del petróleo de los 70 facilitarían la irrupción de Margaret Tatcher y Ronald Reagan en la escena de dos de las principales potencias del momento como Reino Unido y los EE.UU. Junto a las mismas la arrolladora difusión del modelo neoliberal, la versión más radical del capitalismo, de la mano de numerosos economistas antagónicos a las teorías de Keynes, encabezados por la conocida figura de Milton Friedman.

El modelo alcanzaría su punto más álgido con la llegada del presente siglo hasta acabar propiciando en 2008 la mayor crisis financiera primero y sistémica después desde la Gran Depresión de 1929. Como ocurriera tras los Felices 20, la culminación de toda una borrachera de dispendios en materia económica, sin la práctica mediación de las autoridades de acuerdo a lo que el propio movimiento liberal denomina «laissez faire».

Además, el neoliberalismo trajo consigo no solo un nuevo desplazamiento, esta vez hacia la derecha, del citado eje y el reposicionamiento de los partidos de índole liberal sino el descrédito de los partidos socialistas democráticos que fueron desdibujándose en toda Europa ensimismados por las tesis liberales y por su fracaso en la persecución del voto de una parte del electorado conservador que en ningún caso les corresponde.

Lo que en definitiva daría lugar a la crisis generalizada de los partidos socialdemócratas europeos por la deserción de su electorado natural tras dejar de sentirse representado por los mismos. El caso más significativo el del Partido Socialista francés, el considerado partido político más poderoso de Europa y que Françoise Hollande acabaría llevando casi a al ostracismo en 2017.

El neoliberalismo no solo fue el máximo responsable de la crisis de 2008 o la razón del citado derrumbe de las formaciones de carácter progresistas si no que su exacerbación del individualismo y el descrédito de lo común favoreció tras el colapso económico la consolidación de movimientos de carácter ultra nacionalista, anti europeísta y de marcado carácter xenófobo que poco a poco se han ido haciendo fuerte a lo largo y ancho del continente.

Al margen de otras cuestiones de índole sociológico, la proliferación de la ultra derecha en Europa y en otras regiones del mundo, se han propiciado en un contexto similar a lo ocurrido en la década de los 30 del siglo pasado. Un contexto de depresión económica que ayudó a la consolidación de los movimientos fascistas con las trágicas consecuencias conocidas.

Ha tenido que ser una pandemia con millones de víctimas en todo el mundo y que está sesgando la vida de centenares de miles de personas, la que ha vuelto a poner en evidencia las fallas de tan catastrófico modelo económico por cuanto su consustancial desprecio a los servicios públicos.

Los hechos y sus consecuencias

La reducción del gasto en la sanidad pública en aras de la industria privada y ésta en su lógica de la maximización de los beneficios aun en juego una necesidad tan básica para los ciudadanos como es la salud, ha resultado proclive ante una tragedia como ninguna otra en el mismo plano desde la gripe española de hace 100 años.

La cumbre del Consejo Europeo del pasado mes de Julio, a duras penas, ha intentado revertir la situación cambiando sorpresivamente el criterio de buena parte de los mismos responsables que en 2008 apostaron por dar una vuelta de tuerca al sistema encumbrando aún más al gran capital a costa de dilapidar a las clases medias y trabajadoras.

Probablemente, el temor a una revuelta social si se repetían las mismas tesituras que hace una década condenando todavía más a la precariedad a los trabajadores, a un nuevo correctivo a las pequeñas empresas o expulsando de sus hogares a los mayores damnificados por la crisis ha propiciado un sensible cambio de rumbo en la política europea.

España, un país especialmente depauperado por la crisis de 2008 víctima del lastre de una economía basada durante décadas en la especulación inmobiliaria y la masificación de un modelo de turismo por lo general de baja calidad, en un contexto histórico de bajos salarios y escasa progresividad fiscal, está sufriendo con especial crudeza las consecuencias de la actual crisis sanitaria.

Para colmo, España se ha caracterizado durante mucho tiempo por una política de gasto absolutamente desdibujada ya que mientras por una parte sectores tan fundamentales para el desarrollo como la ciencia, la educación, la manufactura o la sanidad eran penalizados con una baja inversión, por el contrario el gasto en macro infraestructuras ha resultado innecesario y desproporcionado.

Líneas de AVE y autopistas infrautilizadas algunas de ellas a ninguna parte, Palacios de Congresos inutilizados e inutilizables o aeropuertos imposibles y absolutamente deficitarios, a buen seguro en cada caso con la única intención de satisfacer el ego del político de turno. Cuando no propicies a escabrosas tramas corruptas.

Sobre todo en un país que cada vez se gobierna más a golpe de relato, a expensas de sus asesores de imagen y de continuos sondeos electorales.

Por tanto, España necesita un gobierno y unos presupuestos con el suficiente arresto, aun en medio de una pandemia de las magnitudes actuales. Acorde a lo que debería suponerse del mismo y evitando de paso errores sensibles que puedan costarle sobresaltos en el parlamento como la reciente derrota a su propuesta de R.D. acerca de los tan debatidos remanentes de los ayuntamientos.

Otro disparate más de la época de Cristóbal Montoro que impide que las administraciones locales puedan hacer uso de su superávit en beneficio de sus vecinos. Una ley que prometió derogar en su momento Pedro Sánchez y en vez de hacerlo de manera decidida ha preferido un absurdo cambalache –quizá para seguir riéndoles las gracias a los halcones de la austeridad europea-, incapaz de satisfacer ni siquiera a sus propios afines.

De manera todavía más insensata, presentando a su aprobación una norma que se sabía de antemano que no iba a salir adelante. Una absurda manera de facilitar munición a una oposición atribulada precisamente ahora, cuando los tribunales vuelven a ponerla contra las cuerdas con las sombras de su pasado reciente. Sea por ingenuidad o estrategia, en ambos casos que venga alguien que lo entienda.

La aptitud

Más allá de semejantes meteduras de pata, el actual gobierno de coalición debe actuar con valentía, sin medias tintas y afrontando a través de los presupuestos, en primer lugar, las consecuencias de la pandemia pero encaminándolos del mismo modo a corregir todas esas debilidades de la economía española que vienen lastrando a la misma y en especial al grueso de los ciudadanos desde la profundidad de los tiempos.

Con quien negocie al respecto, francamente, debería importarnos poco siempre y cuando prevalezca lo que cabría imaginar de un gobierno al que se le presupone fuertes convicciones socialdemócratas. Pero, a fuerza también de ser sincero, resulta difícil creer que pueda llegar a acuerdos importantes con formaciones que hasta hace solo cuatro días le llamaban anti-español, pro etarra y bolivariano.

El electorado ha dado al PSOE, a Unidas Podemos y a todos los grupos progresistas del arco parlamentario una oportunidad histórica –quizá la última-, para reformar un país apocado en numerosos aspectos y alejado de sus homólogos europeos en cuestiones básicas que por razones, más allá de lo que permiten estas líneas, se han ido demorado durante cuarenta años de democracia.

En definitiva y en lo inmediato solo se trata de proponer alternativas que son una realidad desde hace décadas en nuestro entorno más cercano encaminadas a mejorar la vida de los ciudadanos. Se trata, de una vez por todas, de mirar hacia adelante a pesar de las embestidas y soltar de una vez las rémoras del pasado.

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