Lo que no se puede decir, de lo que se debe hablar: el poema de la muerte en César Simón

La poesía es siempre una voz humana que busca aprisionar lo que se escapa.

Las voces se quejan y lloran, temen por la distancia del mundo que hace poco creían para sí. Todo el suelo se tambalea y como diría Pascal, el poste al que pensábamos atarnos, «huye en eterna huida y nada se detiene a esperarnos»[1]PASCAL, Blaise. 2012. Pensamientos. Ed. Alicia Villar Ezcurra. Madrid: Gredos, p. 89.

Ante la muerte, hay quienes temen haber sido abandonados: «Eloí, Eloí, lemá sabactaní?». Otros conocen su inminencia, con atribulada impavidez, sin cortesías.

El Jardín (1997)[2]SIMÓN, César. 2016. «El Jardín», en Poesía Completa. Ed. Vicente Gallego. Valencia: Pre-Textos, pp. 333-369, la última obra de Simón que se publica en vida de éste, lleva consigo el lenguaje con el que se piensa la muerte. Porque lo que es lenguaje en esa estancia llena de nieblas, es también impostergable y su respuesta, la final palabra, unívoca.

No hay muertes innúmeras de un mismo ser, sino que el centro mismo de todo se funda en esa carne reclamada. Ese habitar en la frontera que es aguardar la muerte sabida: «Tal vez el grillo sabe / que hay una historia última, / que hay un silencio último / más allá del silencio de la noche»[3]Ibíd., p. 341.

El tono mistérico nos deja saber que Simón se distingue por su capacidad de escuchar la voz que está oculta, dentro de sí mismo. Aunque el poeta no sepa. Es decir, que esté, en parte, incapacitado para crear un lenguaje de la muerte que describa con precisión el universo sensible.

Mirar al mundo, para terminar descubriendo en las cosas –la noche- y en lo animal –el grillo- lo que, por otra parte, es impronunciable y por eso, también silencio. Hemos recibido la muerte como recibimos el mundo y la hemos traducido a través de su ritmo primitivo e íntimo: el silencio.

Porque no se puede hablar de la muerte, pero no debemos dejar de pensar en ella, Derrida nos recuerda que gozar y llorar la muerte que acecha es lo mismo y sobrevivir significa continuar viviendo, pero también vivir después de la muerte[4]DERRIDA, Jacques. 2006. Aprender por fin a vivir. Madrid: Amorrortu, p. 24.

El hecho es que se nos requiere desde más allá de los límites de lo real presente, con lo que la suposición de una propia facticidad del «hecho-muerte» constituiría el contenido de toda existencia singular.

Esta suposición del ser arrojado a la existencia del nacimiento tiene como correlación una asunción necesaria y simétrica del ser para la muerte. Por lo tanto, lo que hay que asumir es la finitud de la existencia, de forma continua y no definitiva, mediante una conciencia repentina de la naturaleza efímera de la existencia. Porque ni el nacimiento ni la muerte de un existente son en sentido estricto «acontecimientos», a excepción de los otros, ya que nunca son experimentados como tales por él. El nacimiento no es más un evento pasado que la muerte es el evento futuro de la muerte, pero, como señala Heidegger, «das faktische Dasein existiert gebürtig, und gebürtig stirbt es auch schon im Sinne des Seins zum Tode»[5]HEIDEGGER, Martin. 1977. Gesamtausgabe 1. Abt. Bd. 2: Sein und Zeit. Frankfurt am Main: Vittorio Klostermann, p. 495 (El Dasein fáctico existe nativamente, y nativamente muere también, en el sentido de estar vuelto hacia la muerte).

Dicho de otra manera, el Dasein, la existencia, nace mientras muere. Uno tiene todavía tiempo. Lo que ocurre al pensar la muerte es que tomamos consciencia de que, aunque no de una manera explícita, el nacimiento al igual que la muerte tienen un mismo destino, la finitud.

Acaso la expresión del misterio en la poética de Simón esté relacionada con eso que es impronunciable: «es… lo inimaginable, / algo que llama ahora»[6]Simón, Op. Cit., pp. 341-342, nos dice Simón. Asumir algo no significa, ni por un momento, dotarle de significación. A contrario sensu, quizás, lo asumimos, tal es el caso del «hecho-muerte», porque no lo entendemos. Asumir no es comprender algo, sino tomarlo. Tomar el tiempo como finito. Y desde ese punto, el futuro auténtico, a partir del cual se engendra el tiempo auténtico, es la anticipación de la muerte. Es tomar algo que irrumpe el tiempo. Saber, empero, que queda tiempo hasta que se interrumpa.

Este fatal misterio nos acerca también a Jankélévitch y a su consideración de la muerte como un hecho que, a diferencia de cualquier otro hecho en el imperio, es inconmensurable y además, inconmensurable con otros fenómenos naturales[7]JANKÉLÉVITCH, Vladimir. 1977. La Mort. Paris: Champs-Flammarion, p. 7.. Algo que no es incompatible, a nuestro juicio, con la idea heideggeriana. Esa banalidad que, hasta cierto punto, supone la muerte, es verdaderamente extraordinaria en el sentido en que rompe la continuidad o el orden de la vida, aunque siempre sepamos que, al nacer, empezamos a morir.

Tal es la paradoja y el asombro en que se toma a cada hombre. Simón es el poeta que escribía por el mero asombro de estar vivo. Asombro que proviene del contraste paradójico entre la banalidad, la universalidad o la verdad de la muerte y su novedad, su dolorosa sorpresa, su crueldad cuando golpea. En este momento, aprendemos y experimentamos lo que ya sabemos y todos saben desde tiempos inmemoriales: que todos los hombres son mortales. Aprendemos por fin a vivir. «Enfin», utiliza Derrida en el original: de una vez por todas y también de cara a un final cercano. No sabe el humano qué es la muerte pero sí sabe que va a morir y es este saber el que le constituye como ser de pensamiento y de lenguaje: sabemos que vamos a morir y pensamos en ello.

«La muerte tiene lugar; es efectiva y se realiza»[8]Ibíd., p. 16. Esa toma de conciencia sirve para desbaratar todas las convenciones, ficciones, ritos y representaciones. Nos hace sentir presentes, en tanto somos conscientes de la irreversibilidad de una desaparición total, desvela la realidad de lo ilusorio o de lo que nos sucedería en el modo abstracto de una eventualidad: ahora canta un pájaro.

Esta experiencia de lo indecible no puede dejar de alterar profundamente al sujeto que la vive. Jankélévitch, de nuevo: «El mortal sabía bien que moriría algún día, tarde o temprano, en una fecha indefinida y sin mayor precisión, al menos lo más tarde posible y, quién sabe, si tal vez nunca. ¡Pero no en este momento!»[9]JANKÉLÉVITCH, Vladimir. 1983. Le Je-ne-sais-quoi et le Presque-rien. Tomo II. Paris: Seuil, p. 27.

Escribe Simón en otro poema: «Que todo se vaya»[10]Simón, Op. Cit., p. 338. Algo que se acoge con «pasmo»[11]Ibíd., p. 339, como un silencio, pues la experiencia de lo efectivo de la muerte nos es comunicada por el poeta y nos asigna la posición ética de aceptar estar en medio de la vida nuestra –tenemos esa particular y siniestra ventaja- y la muerte. No podemos morir por el otro, pero debemos asumir por él y con él lo que no asumimos por nosotros mismos: tener la muerte en nuestras mentes.

¿Por qué, entonces, la idea de un jardín, del jardín? No se trata de un jardín como «lección de cosas y de moral», que diría el Rousseau de La Nouvelle Héloïse.

El de César Simón no es tanto un jardín de composición utópica y ficción literaria en la recreación de la naturaleza como artefacto, sino más bien un espacio cultivado que se cierra en un idilio realista, a caballo entre la realidad geográfica y la percepción poética.

Estos dos espacios paisajísticos comparten el rasgo común de ser no sólo habitados por el hombre, sino también viajados por él. Este itinerario iniciático permitirá al poeta acceder, de alguna manera, a la «otra vida» y el poema deviene entonces una suerte de baile ritual que, en lugar de marcar el final de, por ejemplo, la vendimia, marca el final de la existencia como tal. Este baile que toma forma de elegía, de viaje romántico, este –futuro- inicio de descanso, de mística contemplación, poblada de sentimientos acres y mirada perdida. El jardín como un espacio delimitado de antes-de-la-muerte: «Sólo el edén espera»[12]Ibíd., p. 359. Una isla concebida en términos de pradera regada, abierta y esmaltada con flores, pájaros y silencio.

La Mort en ce jardin. La muerte porque es lo desconocido. Su futuro, nos dirá Lévinas, «contrasta con toda anticipación y proyección»[13]LÉVINAS, Emmanuel. 1983. Le temps et l’autre. Paris: PUF, p. 71 . En este jardín, Simón se pregunta por el pájaro que canta: «Llama ¿a quién?, / ¿a ti, que ya estás muerto?»[14]Simón, Op. Cit., p. 361. La ansiedad ante la muerte que desconocemos, pero también esta conciencia de sabernos mortales, es precisamente lo que nos define como humanos y nos diferencia de todos los demás animales.

Esta conciencia convierte al humano en un animal excepcional, un animal desnaturalizado (« ¿a ti, que ya estás muerto? »). Nos define la anticipación de nuestro destino como condenados a muerte. Y si es ansiedad y no miedo es por la ausencia, precisamente, de un objeto específico. Todo miedo tiene miedo de algo, tiene una transitoriedad que lo relaciona con un objeto específico, de modo que la supresión de este objeto lo hace desaparecer. Este no es el caso de la ansiedad, que no está relacionada a priori con ningún objeto, y por lo tanto es indefinible. Estamos ansiosos por «nada» y además de «nada», es decir, esta «nada» que es el «objeto» de la ansiedad, porque se trata de un «objeto» no identificable. Algo que, en palabras de Simón, ni siquiera «consta en el tiempo»[15]Ibíd., p. 361.

No sabemos hacia dónde va el mundo, nuestro mundo.

Las dos caras del jardín. Lo que antaño fue pradera reservada para los niños, símbolo inexcusable de vitalidad, hoy es una suerte de invocado santuario para las últimas horas. Hemos asegurado la elegía en torno a un lugar, con el poema como pasaporte performativo al que se confía quien va a morir, para, quizás, la vida futura. Este espacio ya no es de paso sino que prevalece como templo de inmortalización de logros y acceso definitivo a un estado cercano al de los seres divinos.

Todo está ahí: «lo que no es, / lo que no existe, / lo que no es todo, / lo que no es nada»[16]Ibíd., p. 342.

Eso que no es, es un misterio. Y lo que es misterio es también aquello de lo que no se habla. Lo mistérico –la vigilia de la carne hasta que deje de ser- se dice con escasez de palabras, tal vez susurros.

Pero, sobre todo, en silencio.

Referencias   [ + ]

1. PASCAL, Blaise. 2012. Pensamientos. Ed. Alicia Villar Ezcurra. Madrid: Gredos, p. 89
2. SIMÓN, César. 2016. «El Jardín», en Poesía Completa. Ed. Vicente Gallego. Valencia: Pre-Textos, pp. 333-369
3. Ibíd., p. 341
4. DERRIDA, Jacques. 2006. Aprender por fin a vivir. Madrid: Amorrortu, p. 24
5. HEIDEGGER, Martin. 1977. Gesamtausgabe 1. Abt. Bd. 2: Sein und Zeit. Frankfurt am Main: Vittorio Klostermann, p. 495
6. Simón, Op. Cit., pp. 341-342
7. JANKÉLÉVITCH, Vladimir. 1977. La Mort. Paris: Champs-Flammarion, p. 7.
8. Ibíd., p. 16
9. JANKÉLÉVITCH, Vladimir. 1983. Le Je-ne-sais-quoi et le Presque-rien. Tomo II. Paris: Seuil, p. 27
10. Simón, Op. Cit., p. 338
11. Ibíd., p. 339
12. Ibíd., p. 359
13. LÉVINAS, Emmanuel. 1983. Le temps et l’autre. Paris: PUF, p. 71
14. Simón, Op. Cit., p. 361
15. Ibíd., p. 361
16. Ibíd., p. 342
Daniel Arana

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