Lo que Lucrecio me enseñó

El otro día, releyendo antiguos trabajos de la universidad, encontré uno que despertó mi interés y atención. Fue una tarea propuesta en clase de latín. Consistía en seleccionar una obra literaria de entre un listado propuesto por el profesor. Posteriormente debíamos elegir un fragmento o capítulo de esa obra y elaborar un texto libre. Algo, al parecer tan sencillo a simple vista, me costó horrores. No sabía por dónde empezar…

Cuando conseguí finalizar el dichoso texto, lo dejé aparcado unos cuantos días. Después lo retomé para su revisión y entrega al profesor. Curiosamente nunca llegué a saber la calificación que mereció. Pero he de confesar que no me importó… El objetivo estaba cumplido y la sensación era superlativa.

Ahora… quiero compartirlo.

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La elección de una obra literaria para su revisión crítica y personal está condicionada por dos factores. En primer lugar por el momento en el que uno se encuentra: inquietudes, problemas, alegrías… En segundo lugar por un esfuerzo mental que surge de manera natural, bajo mi punto de vista, por darle una coherencia a esa decisión espontánea, es decir, intentar sacarle un provecho a la lectura y a su posterior revisión.

Mi elección, puedo asegurar, sigue este patrón de comportamiento. Lo cual me congratula y satisface ya que descubro que el hacer por hacer no es tarea que tenga cabida en las ansias de aprendizaje y conocimiento. De lo contrario, si esto ocurre, no será más que un vano esfuerzo perdido en la historia personal que cada uno llevamos escribiendo hace ya un tiempo.

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Cuando di un vistazo a la hoja que contenía los distintos autores y las distintas obras, me detuve como atraído por un magnetismo no metálico en la frase “Filosofía y Naturaleza”. Ya no recordaba lo que con anterioridad había leído, y lo que es peor a mi juicio, no me interesaba lo que pudiese venir con posterioridad. De obligado cumplimiento era el protocolo de acabar con todo el listado no fuese que por obcecación perdiese una buena oportunidad.

Como ya mencioné, lo primero que me influyó fue mi momento. Vivo en la confrontación continua de los acontecimientos diarios: trabajo, estudio, amor, futuro, familia, dinero… Un sinfín de caminos traídos a mi tarea neuronal, que no sé si es mucha o poca pero es la mía, con la finalidad de hacerlos converger en una especie de autopista de la vida. En un primer momento dudé… ¿Qué tiene que ver esto con el pensamiento y el medio que me rodea?

Conforme terminé de hacerme esa pregunta, en ella misma hallé la respuesta. Razonando todo lo que pude, me di cuenta que mi historia está llena de fracasos y éxitos íntimamente relacionados por un continuo de comprensión e incomprensión del por qué pienso lo que pienso, hago lo que hago y sobre todo,  del cómo me integro. Ahí encontré la razón de mi elección inmediata…

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De la naturaleza de las cosas, Tito Lucrecio Caro.

Esta obra es un tratado de ciencia epicúrea escrita por Lucrecio en Época Clásica Romana (ca.96 – ca.55 a.C), más concretamente de la física epicúrea. Intentando comprender lo que esto quería decir, me acerqué tímidamente a esta filosofía. Bajo su techo encontré la felicidad, la carencia de temor a la religión y a quien la gobierna, y la moderada forma de vivir del Ser. Todo mezclado en un continente palpable, observable y demostrable. Me tintineaba en la cabeza algo así que leí no hace mucho, “Una fe que piensa y una razón que cree”. Inmediatamente como si de un viaje a través de las estrellas se tratara y de forma anacrónica, combiné espacios y tiempos diferentes. Intuía una especie de simbiosis en el pensamiento.

Una vez adquiridos algunos conocimientos sobre su autor, esbocé una imagen mental. Tito Lucrecio Caro estaba en el lugar equivocado, en el momento equivocado y sobre todo pensaba de forma… ¿equivocada o diferente? Creo que era un hombre atormentado por la incomprensión, en continua lucha con la sociedad que compartía e incapaz de encajar en ella. Sin embargo de mente brillante, capaz de elaborar un poema didáctico y filosófico de tal envergadura que asombró al mismísimo Cicerón. Trató de integrar lenguaje y pensamiento de tal manera que dotó al latín de una riqueza sintáctica y semántica sin precedentes. Pero Lucrecio el epicúreo estaba inmerso en un océano estoico.

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Sobre la parte que elegí leer, el “Libro Sexto”, Lucrecio elogia a Atenas y a Epicuro. Posteriormente hace una descripción espectacular de los fenómenos atmosféricos y terrestres que podría pasar por redactada en momentos actuales, un adelantado. Todo esto lo combina de forma que el texto queda cargado de una especie de leve misticismo difuminado en una soberbia observación realista del medio en el que vive y de los fenómenos que ocurren.

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Para finalizar hace una descripción de la peste de Atenas. Dibuja una imagen dantesca y tenebrosa, la muerte en su máximo esplendor. Pero una muerte carente de misterio que se comporta de forma natural. Une mente, alma y cuerpo de tal forma que el Ser Humano adquiere una nueva dimensión. Da al Hombre y a la Mujer la responsabilidad de sus actos arrebatándosela a los dioses, los cuales tiene mejores cosas que hacer que andar jugando a castigar a los mortales. Religión, naturaleza y pensamiento adquieren un nuevo orden.

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No podía terminar mi reflexión sin hacer una analogía. Durante toda la lectura aparecían frente a mí situaciones contemporáneas. Me rondaba por la cabeza la vida de Lucrecio, ese hombre fuera de lugar. Pero fuera de lugar… ¿por qué?

En mi opinión se está fuera de lugar cuando se es incapaz de integrar pensamiento y sociedad, mucho más si hablamos de nuestro momento. Vivimos en un galimatías que nubla y difumina nuestras posibles elecciones. Una especie de collage de ideas, religiones, ciencias, políticas, sociedades, economías, posiciones… Para cuando tenemos la sensación de haber creado un orden a nuestro alrededor, ya han sido creadas nuevas tendencias que dan al traste con parte de nuestro trabajo, obligándonos a reconstruir de nuevo nuestro sistema. Pero “esto” es el contexto en el que nos ha tocado vivir, obligándonos a pensar y razonar en grandes dosis para que no nos pase lo que a nuestro igual Tito Lucrecio Caro, el cual sucumbió ante los fantasmas de la vida pese a ser un hombre brillante.

Si queremos tener la oportunidad de completar nuestra historia personal tendremos que ser ágiles. Así, al final del camino donde convergen todas nuestras elecciones, podremos estar orgullosos de haber luchado con dignidad, honor y valentía por un Mundo mejor.

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