Las olvidadas de las olvidadas

Sindicato exclusivamente femenino de Jerez de la Frontera Emancipación Femenina (1936).
Aparece en la revista número 2 de la revista de Mujeres Libres

El 20 de noviembre de 1975 murió un dictador. Fue él quien estuvo a la cabeza de las tropas que se sublevaron el 17 de julio de 1936 en el Estado español. Tuvieron que pasar tres años de una guerra cruenta que acabó aniquilando un gobierno legítimo (si es que alguno lo es), sí, pero también las ideas revolucionarias que pusieron en marcha miles de hombres y mujeres y de las que poco se habla. ¿Lo que vino después? El silencio. La represión. Escribir la historia de los vencedores y aplastar a los vencidos, pero también a las vencidas, más olvidadas aún. A las que cuesta el doble rescatar. Sin embargo, tras la muerte del dictador, tras ese 20 de noviembre, solo sobrevino más silencio.

Desde que soy pequeña recuerdo a mi madre contar historias de su familia. Historias que se parecían más a películas que a una realidad cercana, una realidad que me costaba concebir. Recuerdo a mi madre narrando con desgarro cómo metieron en la cárcel a su abuelo Fausto y a su abuela Catalina, cómo metieron en la cárcel a todos sus tíos; cómo su madre y su tía estuvieron vagando durante días por las calles sin saber a dónde ir, su tía y su madre (mi abuela Paca, mi mama), dos niñas de apenas 12 años, vagaban sin saber qué sería de ellas. Señaladas. Las hijas de los rojos. Señaladas. Tu padre es un canalla. Señaladas.

Recuerdo visitar en enero del año pasado el pequeño pueblo de Casas Viejas, en Cádiz, para conmemorar a la agrupación de mujeres que se formó en 1932 llamada Amor y Armonía. Una agrupación que duró pocos meses. María y Catalina Silva Cruz, su prima Catalina, Manolita Lago, Francisca Ortega y Ana Cabezas eran parte de la agrupación. Quedaban para debatir sobre sus lecturas. Leían a Soledad Gustavo, Anselmo Lorenzo, Teresa Claramunt, Federico Urales, Antonia Maymón, Federica Montseny, Mijail Bakunin… Anarquistas. Eran anarquistas que promovían el anarcosindicalismo y el ideal de la mujer emancipada. El 10 de enero de 1932, la CNT proclamó el Comunismo Libertario en el pueblo, pocos días después la Guardia de Asalto y la Guardia Civil cometieron uno de los hechos más trágicos de la II República: un total de 28 personas fueron asesinadas, entre ellas Josefa Franco y Manuela Lago. Su crimen: luchar contra la miseria y las grandes dificultades por las que pasaba la clase trabajadora.

Recuerdo cómo al homenajear a estas mujeres, al recordar los hechos, seguía existiendo el silencio alrededor, en el pueblo. Había vecinos y vecinas que nos miraban queriendo olvidar algo que jamás se olvida. Contaba el historiador Salustiano Gutiérrez como tras estos sucesos fueron las mujeres las que levantaron un pueblo sumido en la tragedia. Poco después vino la guerra.

María Ortega, Ana Cabeza y Manuela Lago. Integrantes del grupo Amor y Armonía (1932).

Escribía Fons Veritas, pseudónimo de alguna compañera,  en el primer número de la revista Mujeres Libres, de 1936:

                 Pero las normas que rigen esta vida en común son siempre coactivas, impuestas por el organismo que asume el Poder, ya esté representado por el estado-familia, el estado-ciudad, el estado-nación, etc. Este organismo reúne siempre un doble poder: económico y político, y dueño de esta fuerza suprema, ejerce la opresión tiránica inherente a su significación […] Uno de los hechos fundamentales que demuestra el divorcio secular entre la ley y la vida es el olvido permanente de la mujer en la legislación de todos los pueblos, de todas las épocas. Cuando se la ha tenido en cuenta ha sido para confinarla en la situación de inferioridad a que, desde los primeros siglos […] la redujeron.

Quizá una pena me invade al pensar que hoy, 14 de abril, se harán cientos de actos homenaje a las víctimas de la barbarie fascista que tuvo lugar en el Estado español, víctimas que serán calificadas todas como republicanas. Y muchas de ellas las fueron, claro, y merecen su reconocimiento. Sin embargo me entristece cómo han sido obviadas las miles de mujeres y hombres que fueron aniquilados por ser anarquistas, por llevar un mundo nuevo en sus corazones, sin estados, sin repúblicas ni monarquías, sin explotados ni explotadores. Mujeres y hombres que dieron su vida y su libertad por crear un mundo más justo y radicalmente humano.


Mujeres durante las celebraciones del 8 de Marzo en Derbesi, cantón de Cezire. / Kimmie Taylor

Sin embargo, y aunque les pese a muchos, esas ideas que ellas defendían y por las que dieron su vida, siguen vivas, y bien vivas… En muchos lugares del mundo, las ideas de emancipación total del género humano siguen en pie y transforman la sociedad día tras día. Son muchos los ejemplos, pequeños grupos y otros muchos más grandes, en el mundo del trabajo, en la ecología, en el feminismo, en tantos y tantos frentes de lucha, las anarquistas siguen peleando codo a codo por ese ideal revolucionario. Rojava, esa zona del norte del Siria de la que poco se habla en los grandes medios, es otro ejemplo de que nuestras ideas, adaptadas a un tiempo y un lugar que como siempre se nos antoja hostil, siguen teniendo la misma validez que hace cien años. De hecho, las mujeres de Rojava, que están poniendo en pie su proceso revolucionario, se miran, tanto tiempo después, en el espejo de la Revolución española que sirvió y sirve de inspiración para tantas personas que se quieren libres.

Precisamente por lo anterior, nuestra tarea, más que rememorar y rendir un homenaje aislado a nuestras compañeras, debe ser incorporar la memoria de su lucha a nuestra pelea actual, siendo solidarias y participando activamente en los procesos de movilización, algunos plenamente revolucionarios, que pretenden borrar de la faz de la tierra lo peor del ser humano: la desigualdad, la explotación, la destrucción de nuestro medio ambiente, el poder patriarcal, la alienación consumista, etc. Ahí es donde estamos, donde tenemos que estar. Porque ya sabemos que el mejor homenaje es continuar la lucha no es un lema vacío, sino justo lo que las nuestras quisieran.

Araceli Pulpillo

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