Las Horas de Woolf

Vía: Miramax

«La señora Dalloway dijo que las flores las compraría ella.» Así empieza Mrs. Dalloway, novela escrita por Virginia Woolf y publicada en 1925, obra que vertebra la adaptación cinematográfica de Las horas, novela de Michael Cunningham.

Posiblemente por esa razón las flores se encuentren presentes en el entorno de las tres protagonistas durante todo el filme, guardando un significado simbólico que las mantiene conectadas a pesar de vivir en tiempos distintos. De hecho, no solo las conecta entre sí, si no que también lo hace con el espíritu de la novela de Woolf. Virginia (Nicole Kidman) es la creadora; Laura (Julianne Moore) la lectora; Clarissa (Meryl Streep) la representación de su personaje principal. 

En la primera secuencia de cada protagonista- a excepción de Virginia , pues somos testigos primero de su suicidio sumergiéndose en el río Ouse a través de un de flashforward – las encontramos en la cama, acostadas, de lado. Se trata de un lugar de descanso, pero no solo de eso. Es un paréntesis dentro de sus existencias. Es un instante de desconexión del mundo, de desvinculación con el mismo. El día está apunto de comenzar y con él sus vidas. «La vida de una mujer en un solo día… y en ese día, toda su vida». 

Tal y como hace la Señora Dalloway en la novela, Clarissa decide que será ella misma quien compre las flores. Pero a diferencia de la primera, no se abre paso entre las calles del Londres victoriano, sino de la Nueva York contemporánea. Clarissa está preparando una fiesta, y no es una fiesta cualquiera. Es una fiesta para celebrar la trayectoria profesional de su querido amigo de la juventud Richard Brown (Ed Harris), que ha recibido un premio por su labor como escritor.

Sin embargo, Richard no está especialmente entusiasmado. Lo cierto es que él  ya no quiere estar. Enfermo de SIDA, vive sus últimos días en su apartamento, en soledad, a excepción de las visitas de Clarissa, que aquella mañana le lleva flores. 

«Señora Dalloway, siempre organizando fiestas para disimular el vacío», se jacta con cariño e implacable honestidad, reproduciendo uno de los diálogos de la novela. Así es. Clarissa está ante el abismo del vacío por la inevitable pérdida, no solo de Richard, sino también de todo lo asociado con él. De todo lo que ya no está y no estará. Su juventud, su relación, lo que fue y ya no es. Aquello que un día estuvo lleno de vida, está apunto de morir. 

Sujetándose al pasado que se marcha para siempre, Clarissa también se desvincula de su presente, y por tanto de su propia vida, que es lo que sucede mientras tanto. Evita decir «sí» a lo es. A su alrededor. Incluso a su actual pareja, Sally.

Cuando Kitty (Toni Colette), la amiga de Laura, una ama de casa en los suburbios de principios de los años cincuenta le pregunta de qué va el libro que está leyendo, ella le contesta: “Es una anfitriona muy segura de sí misma que va a dar una fiesta. Al aparentar tanta seguridad en sí misma todo el mundo piensa que está bien. Pero no lo está.” En ese momento, Kitty, de pie, impecablemente vestida, sonriente y junto a un jarrón de rosas amarillas no puede aguantar más tiempo su sonrisa. 

Le confiesa a Laura que está enferma y que tiene que ingresar en el hospital. Laura se queda conmocionada ante la noticia y la abraza para consolarla. De pronto se encuentran dándose un beso en los labios. Se hace el silencio. Kitty recupera la compostura y parece levantar de nuevo el muro infranqueable de las apariencias, haciendo como si aquello nunca hubiera ocurrido. De esta forma se le niega de nuevo a Laura la posibilidad de ser, como hace todo su entorno. Quizás Laura se sienta atraída por las mujeres o quizás sea una forma romper con una vida en la que se ve sumergida sin nisiquiera estar.

Laura se encuentra ausente emocionalmente en su propia vida. No da con la forma de ser en ella. Tal vez el inesperado beso fuera una escapatoria, otra identidad.  Una elegida. Es también un detonante. La ruptura con lo que debería ser es para Laura el derrumbe de “su” mundo, que ya se sostiene sobre unos pocos naipes. Aquel día tomará la decisión de terminar con su vida, pero no eligiendo la muerte, sino la vida, como confesaría muchos años a posteriori.

Distinto es el destino de Virginia, que tampoco se halla. En una de sus fases depresivas su hermana le pregunta : “¿Es que no haces caso a los médicos?” a lo que Virginia contesta: “No si son un atajo de despreciables victorianos”. Hasta los locos quieren que les consulten, como señala después.

Virginia es una mujer de especial inteligencia y sensibilidad, sin duda adelantada a su tiempo, que además carga con el estigma de la enfermedad mental – padecía lo que hoy conocemos como trastorno bipolar, detonado por distintos acontecimientos traumáticos vividos en su infancia y su adolescencia.

Cuando su hermana y sus sobrinos van a visitarla a su casa de campo, encuentran un pequeño pájaro moribundo. Pero ya no podrá salvarse pese a los deseos de la más pequeña.

“¿Es una chica?” le pregunta.  “Sí, las hembras son más grandes y menos vistosas.” Responde Virginia.

Virginia Woolf era una mujer de enorme talento y también era plenamente consciente de las escasas oportunidades que las personas de su género tenían para desarrollarlo debido al orden patriarcal de la época. Aun así, ella era una privilegiada en el segundo aspecto. Pertenecía a una familia que se movía entre círculos intelectuales selectos y aquello era una ventaja de cara a poder cultivar su don. No por ello dejaba de enfrentarse al hándicap del genio incomprendido, fuera de ciertos sectores más vanguardistas, agravado por el hecho de ser mujer. La ideología patriarcal se extendía al ámbito intelectual, y ella volaba entre ideas mucho más avanzadas. Seguramente se sintió ajena al mundo en muchas ocasiones, como si no perteneciera a él. Y así la vemos, en otro propio, mientras decora la tumba del pájaro hembra con rosas amarillas.

Si hay luz en la vida de Virginia más allá de la escritura – que ya vemos que a veces se le vuelve en contra, incapaz de acallar su monólogo interno- probablemente se encuentra en el amor de Leonard Woolf (Stephen Dillane). Un amor real y recíproco, de quien se ve de verdad. Esto se nos muestra en la escena de la estación de tren, por medio de una conversación llena de dolor, pero también de amor y generosidad por parte de Leonard, que la sabe ver mucho más allá de su tormento mental, que fuera de juicios y con admiración hacia su persona, lo que más ansía es su felicidad.

“No se puede encontrar la paz evitando la vida”, le dice Virginia a Leonard. Quizás decida que el personaje de la novela que escribe se rija bajo esa premisa, como termina haciendo la Clarissa contemporánea, que finalmente elige la vida, dando una oportunidad a lo que es, y a encontrar  felicidad en ello.

Virginia Woolf plasmó la subjetividad femenina en sus obras, punto de vista narrativo que se traslada con éxito a Las Horas. El guion, la interpretación de las actrices y una banda sonora sobrecogedora, elegante y hermosa hacen que el filme tenga una intensidad emocional latente, que nos abre la puerta al mundo interior de tres mujeres que atraviesan una crisis existencial. Sin embargo, el tema de la película no es solo la depresión, sino también la libertad. El ser y el no ser. 

Título: Las Horas. Duración: 1h 54 min. País: Estados Unidos. Año: 2002. Dirección: Stephen Daldry. Guion: David Hare. Música: Phillip Glass. Fotografía: Seamus McGarvey. Reparto: Nicole Kidman, Meryl Streep, Julianne Moore, Ed Harris, Stephen Dillane. Productora: Miramax.

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