Las consecuencias del amor (Paolo Sorrentino, 2004)


“Proyecto para el futuro: no subestimar las consecuencias del amor.”

Antonio Pisapia, Jep Gambardella, Giulio Andreotti, Titta di Girolamo. Los detractores del cine de Sorrentino podrán utilizar muchos argumentos contra él, pero si impera la razonabilidad en su argumentario, creo que no se podrá negar que su cine construye una galería de personajes masculinos que ofrecen al espectador un nítido retrato de los mismos, sus motivaciones, sus dudas, su miedo al futuro, sus fracasos y sus míseros éxitos. Añado incluso, que esos personajes masculinos son los restos desechados de la tribu de los machos-alfa, testosterónicos representantes de la órbita latina, seductores arrastrados por una corriente donde lo hortera y lo vulgar puede compenetrarse con lo más elevado y diletante. Sorrentino, con sus películas italianas, ha sabido situar sus historias en la realidad social del país, una potencia económica socavada en lo moral y en lo político, cuyas redes de infección se propagan hasta afectar a ciudadanos normales que se ven desamparados, precisamente, porque el Estado no existe. Titta di Girolamo es el ejemplo del hombre vulgar llevado al límite, del hombre anulado y anulable que sufre las consecuencias de los poderes en la sombra. Titta di Girolamo es la Italia del ciudadano corriente que ha tenido que acostumbrarse a convivir con el crimen, la corrupción, el engaño, el fraude, las trampas.

Titta es una esfinge, un hombre que ha decidido dejarse arrastrar por una corriente que le impone unos rituales metódicos, casi matemáticos, a periodos regulares de tiempo; del mismo modo que se deja llevar por una cinta mecánica tirando de un pesado maletín repleto de dinero cuyo origen es mejor no conocer o se somete a una dosis semanal de heroína, el mismo día y a la misma hora, para sobrevivir al ocaso ceniciento en el que se ve obligado a vivir. Unos golpes en la puerta de su habitación de hotel en el que habita desde hace casi una década, una maleta en el exterior, el aseo hasta vestirse como elegante hombre de negocios triunfador, un descenso al garaje donde retira la funda que protege del polvo y la suciedad un coche de alta gama con el que se desplaza por la ciudad de Ginebra hasta las profundidades de uno de los bancos, cuya cara externa, esconde las lavanderías internas que mantienen engrasado el mecanismo del crimen internacional. Recibido por ordenanzas, mandos intermedios, directores, todas las puertas se abren al paso de Titta como emisario de poderes que es mejor ignorar. Terminado el recuento de los cientos de fajos de dólares, Titta regresa a su hotel donde permanece en estado de hibernación. La habitación es una especie de cámara frigorífica donde mantener estable la temperatura corporal del cadáver para que no entre en estado de putrefacción. Titta es un desterrado, un exiliado olvidado, un cuerpo que permanece en un purgatorio a la espera del valor suficiente para quitarse la vida, todo lo que le rodea es gris y apático, como su rostro inexpresivo, su porte tranquilo pero derrotado. Un hombre de rituales que llena sus días repitiendo programadamente sus ocupaciones.

Di Girolamo sería el joven Werther que decidió no suicidarse cuando recibió un revés amoroso por falta de decisión. “Lo peor que le puede pasar a un hombre que pasa mucho tiempo solo es no tener imaginación”, y la imaginación de Girolamo ha desaparecido desde que un error empresarial provocó una pérdida millonaria en las cuentas de la mafia. Entre rebelarse y morir, o convertirse en una pieza necesaria, pero sustituible, del entramado de lavado de dinero, se decidió por esta opción que le condenaba al olvido. Desde entonces se convirtió en un miembro más de la secta de los insomnes, en un caminante sin rumbo, en un hombre extraño abandonado por su propia familia y capaz de mostrarse desagradable ante quienes acuden a visitarlo en su retiro forzado. Lo que Titta no es capaz de prever es el efecto del roce de una blusa de mujer, el enorme peso de una mirada repetida a diario por unos ojos en cuya transparencia se adivina todo el deseo de la historia de la humanidad; es incapaz de calcular las consecuencias del chispazo eléctrico que produce la insinuación de contemplar el contorno de un seno femenino desde la butaca de una cafetería en la que solo se admite ocupar, a diario, y a la misma hora, el mismo lugar. El perfecto aburrimiento diseñado por Titta para morir en vida se trunca cuando algo parecido al amor se cruza en su camino. Lo metódico, lo calculado, lo monótono, cede paso a la improvisación, un ligero soplo de sonrisa y de brillo en los ojos se apunta en la mirada del personaje interpretado por Toni Servillo, una esperanza contenida en algo parecido a un futuro diferente imaginado con Sofía (Olivia Magnani, nieta de “la Magnani”), incluso sin poder abandonar la aséptica Suiza, una puerta se abre si las cartas se juegan con riesgo, audacia e, incluso, irreflexión. Una apuesta a todo o nada, en definitiva poco hay que perder ya, pero la mente de Titta ha recuperado el poder de imaginar y, abandonar, levemente, el reino de los insomnes.

“Nunca se debería perder la confianza en el hombre, el día en que eso ocurra será el día del fracaso”, es lo que dice Titta a los banqueros cuando se niega a que los billetes sean contados por máquinas, aunque en el fondo él hace tiempo que sólo mantiene la confianza en una esperanza del pasado. La contenida narración, morosa y reiterativa en su parte inicial, descifrando los códigos de comportamiento del protagonista, va acelerándose progresivamente hasta mutar la naturaleza inicial de la película en un thriller romántico, teñido de cine negro criminal, que cobra significado existencial en su última parte, donde, de nuevo, la calma, la quietud, el dejar que el destino cumpla con sus previsiones, vuelve a dar un reposo al espectador, dejándose llevar por el último suspiro y el último recuerdo que perdura de la vida anterior de Girolamo, el recuerdo de un amigo con el que sueña y del que espera continúe pensando que entre ambos persiste una amistad inquebrantable pese a la distancia y la incomunicación.

Si en “L,uomo di piú” Sorrentino anunciaba, de manera irregular, incluso hasta deslavazada, las ideas de su estilo posterior, con momentos memorables, en“Las consecuencias del amor” detalla todo el catálogo que genera adeptos y repulsas sin término medio. Su estilización de las formas, el etéreo movimiento de los cuerpos por los espacios más incompatibles con la propia personalidad de los personajes, la importancia del rostro en la transmisión de ideas y emociones, algo en lo que influye de manera notoria la simbiosis perfecta del dúo Sorrentino-Servillo, intentado, pero no tan homogéneamente conseguido, con Michael Caine o Jude Law en el cine “anglosajón” del director, su aparente morosidad en lo estético pero que, al mismo tiempo, proporciona un sentido al fondo de sus historias, componen una señal de reconocimiento, un toque que diferencia su cine del de otro creador. Ni mejor ni peor, pero las señas identitarias de un estilo son difíciles de reconocer en el cine contemporáneo, escasos directores pueden presumir de poder ser identificados por el tratamiento de la imagen y la manera de contar. Que el resultado convenza ya es puro subjetivismo sobre lo que se espera de la forma y el fondo de una película, en mi caso descubrir hace más de diez años a este director fue una de las mejores consecuencias de mi amor por el cine, y Titta di Girolamo es uno de los últimos héroes románticos definido con precisión de tiralíneas por este arte.

LAS CONSECUENCIAS DEL AMOR. Italia. 2004. Título original: Le conseguenze dell’amore. Dirección y Guión: Paolo Sorrentino. Música: Pasquale Catalano. Fotografía: Luca Bigazzi. Reparto: Toni Servillo, Olivia Magnani, Adriano Giannini, Antonio Ballerio, Gianna Paola Scaffidi y Nino D’Agata. Montaje: Giogiò Franchini. Producción: Domenico Procacci, Nicola Giuliano, Francesca Cima y Angelo Curti. Duración 100 min.

Miguel Martín Maestro

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