La última enmienda

  Vi cómo la música del violín con la que aquel hombre humilde iluminaba la calle se transformaba en polvo gris al rozar su propio aura. Vi cómo no lograba arrancar ni una sonrisa, ni un destello de sus ojos, ni un leve balanceo de su cuerpo rígido. Vi que las notas se derretían confusas a sus pies en una papilla  de color indefinido, que formaba un charco triste que se extendía hasta la esquina, que trepaba por los escalones y alcanzaba el jardincillo delantero de la mansión. Vi que se regaban los rosales con ella tiñendo de melancolía las rosas blancas y amarillas. Vi que una mujer las acariciaba y comenzaba a bailar con lágrimas en los ojos.

  Vi que nadie más, ni siquiera ellos, veían todo eso.

  Y tuve ganas de enjugar las lágrimas de la mujer y acompañarla escaleras abajo y hacer que doblara la esquina para encontrar al artífice de aquella música que la hacía vibrar. Y tuve ganas de acallar al hombre y acompañarle hasta el jardín para que sonriera y mitigara la nostalgia de las rosas.

  Y tuve ganas de poder hacerlo. Y vi que no podía.

  Y tuve ganas de saber quién era yo para ver y desear todo aquello. Y vi que ambos me conocían y que, de alguna manera,  yo mismo había propiciado que aquella esquina fuera infranqueable, aquella escalera tan empinada, aquel jardín inviolable, aquella música dolorosa, aquel amor imposible.

  Y tuve ganas de haber sido diferente, de enmendarme. Y vi que mi voz ya no sonaba en el mundo, que mi voluntad ya no importaba, pero que mis huellas no eran fáciles de borrar.

  Y tuve ganas de gritar para que me perdonaran,  y vi que ya era tarde

  Y tuve ganas de volver, de no haberme ido. Y vi que un llanto brotaba del fondo de mi espíritu.

  Y entonces se abrió una grieta en el tiempo que me llamaba a redimirme. Y arranqué de mí hasta la más ínfima hilacha de celos. Y vi que ellos abrieron los ojos, que doblaron la esquina, que saltaron escalones, que se volvieron a encontrar, que la música sonó alegre y las rosas resplandecieron.

  Y la grieta se cerró sobre mí y dejé de ver, por fin, lo ciego que había estado.

Foto: Eva García

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