La última charada de Mankiewicz: un comentario a La Huella (1972)

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¿Qué sucede en la mente de un marido cuando invita al amante de su esposa a su casa? ¿Una conversación profunda sobre la crisis bancaria actual? ¿Una fiesta para los tres en el sur de Francia? Tal vez nada, y es que resulta inexplicable…o tal vez, sólo tal vez, es que planea matarlo.

El que sea por vez primera espectador de Sleuth (La Huella, 1972), no consciente de lo que está por venir, naturalmente se preguntará por qué los dos hombres se reúnen. El primer personaje en aparecer, lo hace en un elegante coche deportivo. Se trata de Milo Tindle, un hombre elegante, en sus treinta y algo (Michael Caine). Llama a la puerta de la mansión y al hallar ausente a su propietario y, suponemos, anfitrión, sigue el sonido de una voz de hombre a través del laberinto de setos del jardín.

Una extraordinaria toma desde el aire nos revela, enseguida, a un segundo hombre, claramente mayor que el primero, en el centro del laberinto, y que escucha una voz en un magnetófono portátil. Algo más tarde, él mismo se graba y descubrimos que se trataba de su voz. Está describiendo un crimen y su solución, a cargo de un excéntrico detective ficticio, creado por el hombre que graba, el escritor Andrew Wyke (Laurence Olivier), no menos excéntrico y presuntuoso.

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Lamentablemente, ya no se hacen películas así.

Basada en una obra de teatro del gran Anthony Shaffer, sus más de dos horas suponen un absoluto tour de force para su pareja de actores, Michael Caine y Laurence Olivier. Mankiewicz, el gran maestro de la charada y del vaudeville, volvió a hacerlo. El más personal director de toda la historia de Hollywood, que profundizó como nadie en el detalle interior de sus personajes, mostrando la realidad de sus gestos y acciones, desmontando lo aparente y dando vida a una patente frialdad.

Todos sus temas y obsesiones vuelven a darse cita en Sleuth (1972): la mentira, la trampa, el orgullo, el éxito, el dinero, el ocaso de la cultura. Emociones que trascienden el marco del plano para ofrecer al espectador un mosaico de propósitos que, inevitablemente, surgen del lado oculto de cada personaje. El joven peluquero Milo —conquistador y mujeriego— y el conservador escritor, excéntrico y adinerado que, en su conjunto y dentro de la historia, representan a la sociedad que les acoge en el relato pero, también y con más fuerza, a la sociedad y el tiempo en el que Mankiewicz creó la historia.

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La trampa y la mentira se conjugan en idéntica sintonía y la vida se transforma en una monumental comparsa, que ofrece desde falsas identidades hasta bromas visuales, muy al estilo Mankiewicz: placas de concesión personal a Olivier, fotos de Agatha Christie, Vivien Leigh y Leslie Howard; la supuesta pintura de Marguerite, esposa de Wyke y amante de Milo, donde la cámara se recrea, es en realidad de Joanne Woodward. Y no olvidemos que las versiones de Cole Porter que aparecen en un momento determinado de la película, cuya procedencia ha sido investigada por más de un cinéfilo, podrían haber sido grabadas para la película, expresamente, y contarían con ¡el propio Michael Caine! (sic) en la voz principal[1]Vid. http://www.soundtrackcollector.com/forum/displayquestion.php?topicid=7598.

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Olivier cambia abruptamente a diversos acentos —alemán, oriental, americano— y aparece, incluso, un tercer personaje en la película, el Inspector Doppler. Lo que, en otra circunstancia, hubiera sido sobreactuación, aquí es magisterio actoral en estado puro. Caine, por su parte, que jamás en la vida real intenta ocultar sus orígenes Cockney, encaja perfectamente en el papel de hombre común, que libremente usa su jerga nativa («nick», «git», «nob» y «bird» para las señoras). Es lo contrario de la supuesta riqueza y sofisticación del personaje de Olivier.

La elegante dirección de fotografía de Oswald Morris queda inmediatamente patente tras el plano desde el aire que sigue a Caine a través del laberinto del jardín. Y no menos fascinante es esa cámara inmóvil que continuamente vuelve a las fotos y pinturas en la pared, las figuras automatizadas y el Premio Edgar de la Mystery Writers of America. Tal vez porque las imágenes son estáticas, los objetos parecen asumir una vida propias, silenciosos observadores del lugar, del drama. En definitiva, de ese inmenso teatro vital que acontece.

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Por otro lado, la extraordinaria música de John Addison, que durante los créditos suena como un Kabalevsky cómico, y después se convierte en un tintineo de clavicordio, cuasi barroco, en la línea de las hoy tristemente envejecidas películas de Miss Marple —interpretada por Margaret Rutherford— diez años antes. Una melodía de paso en el teclado sugiere el famoso Put Your Little Foot Right Out, de Larry Spiers. La música hace un giro siniestro o al menos, más moderno en, al menos, dos ocasiones, cuando Caine, cerca del final de la película, revela la verdad detrás de su turno en la función.

La trama detectivesca es una bien simple: un viejo escritor aristócratra, infelizmente casado (aunque el espectador nunca tierne constancia de esto al ciento por ciento), cuyo detective ficticio, Singen Lord Merridew, es mundialmente famoso, invita al amante de su esposa, Milo-que lucha por sacar adelante dos humildes salones de peluquería en Londres- una tarde en su finca inglesa. La casa de Wyke resulta estar llena de juegos, juguetes y autómatas, uno en particular, Jolly Jack Tarr, el marinero Jovial, como Wyke le llama, que resulta de lo más inquietante.

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Ambos, astutos personajes, presentan un conflicto que gira en torno a la tensa relación que se produce entre ellos por una mujer. Pero esta es sólo una mera excusa, un artificio tramposo, donde lo que cobra sólido protagonismo en este vaivén que se convierte en una alegoría del clásico juego del gato y el ratón, son las clases sociales y la batalla dialéctica. Y es que, en esta atmósfera grotesca, el más cínico divertimento está asegurado hasta el final: un duelo refinado donde los epigramas sociológicos decoran el despecho amoroso, un visión -bruñida en pura lucidez- en torno al juego con todas sus vertientes.

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Bien la del lenguaje (en sus juegos de palabras, adivinanzas, alusiones, registros diversos según la extracción social, los interrogantes, los ingeniosos diálogos), los trucos (encarnados en los muñecos burlones mecánicos, la ruleta que marca el destino, la diana que esconde una caja fuerte, el disfraz, el arma trucada y el arma de fuego real) y el divertimento en general (juegos de mesa, billares, juguetes musicales, instrumentos).

Más allá de las actuaciones de Olivier y Caine, podría decirse que la mansión del escritor, por otra parte, es el tercer personaje real de esta charada existencialista. Los exteriores y fachada, rodados en una de las mejores casas de la Inglaterra medieval, Athelhampton House, fue construida en 1485 en el lugar que ocupaba el palacio del rey Athelstan y que rodea el río Piddle. La casa, propiedad de, puede visitarse libremente, y a ella se accede, desde el este de Puddletown, por la carretera A35 Dorchester-Bournemouth, condado de Dorset.

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Tal y como se observa en los créditos en pantalla, los interiores para la película fueron rodados en los Pinewood Studios, en Iver Heath. El propietario de la mansión antedicha, el miembro del Parlamento Sr. Robert Cook, M.P., autorizó que se rodase allí, y permitiendo, además, que el jardín-laberinto fuese construido especialmente para la película.

Sleuth fue nominada a 4 Oscars y a 3 Globos de oro, y tuvo que competir con El Padrino, que se estrenaba ese mismo año, siendo ésta, a nuestro juicio, notablemente inferior al film de Mankiewicz. Ustedes elijan, la polémica está servida, y la charada eterna del mundo sigue su curso.

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Referencias   [ + ]

1. Vid. http://www.soundtrackcollector.com/forum/displayquestion.php?topicid=7598
Daniel Arana

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